Te odio, luego soy

DOMINICALES

Tres brasileños célebres no podrán votar hoy en el segundo turno de las elecciones presidenciales de su país. Marisa Monte, Arnaldo Antunes y Carlinhos Brown, músicos conocidos colectivamente como “Tribalistas”, estarán tocando en el Forum de Barcelona, ante un público que los adora, y que esperó más de quince años la oportunidad de verlos en vivo y en directo.

Parábola.
La de esta singular agrupación es una trayectoria sin precedentes. Tras una larga historia de colaboraciones eventuales, en 2002 lanzaron un primer disco como trío, donde se combinaban la elegante melodiosidad de Monte, el creativo trabajo percusivo de Brown, y la poesía y estética vanguardistas de Antunes, dueño además de una notable voz de barítono.
El resultado, un disco breve lleno de clásicos instantáneos, que reivindicaba la fuerza de la comunidad y el amor como guía, vendió más de dos millones de copias en todo el mundo. Curioso logro, ya que el trío jamás se presentó en vivo para apoyar el lanzamiento, y de hecho, continuaron inmediatamente con sus proyectos artísticos personales sin siquiera insinuar la posibilidad de un retorno. Como decía una de sus canciones, el tribalismo es un antimovimiento, destinado a desintegrarse en forma inminente.
Quince años después, en 2017, y en forma totalmente sorpresiva, una noche de invierno los internautas se sorprendieron con un podcast en el que los Tribalistas no sólo aparecían tocando nuevamente juntos, sino también anunciando el lanzamiento de un segundo disco.

Trabalhismo.
Lo que no puede dejar de llamar la atención es la oportunidad histórica de ambos lanzamientos. El primer disco coincidía con los albores del primer gobierno del Partido de los Trabajadores, que al cabo de tres mandatos presidenciales habría de cambiar totalmente la cara de Brasil, rescatando de la pobreza a 25 millones de personas. El segundo disco vino a aparecer justamente al final de ese ciclo progresista, cuando ya había triunfado el golpe de los corruptos parlamentarios, y ya no estaba en el poder el PT, sino uno de los presidentes más despreciados y despreciables de la historia nacional, Michel “Fora” Temer.
No menos llamativo es que este segundo disco, salido tres lustros y toda una revolución después, se parece muchísimo al primero en términos musicales. No así, claro, en cuanto a las letras, donde se filtra un contenido más político, como cuando “Diáspora” denuncia la crisis humanitaria de los refugiados, o como “Luchar y vencer”, que hace el panegírico de la lucha de los estudiantes secundarios brasileños que tomaron escuelas para protestar por sus derechos.
Pero la sorpresa se transforma en espanto al comprobar que este retorno de los Tribalistas, que encapsulan todo lo mejor de la cultura brasileña, fue recibido -sobre todo en foros de internet- por un coro de detractores, que directamente proclamaban su “odio” a la banda.

Odio.
¿Cómo se puede odiar a tres músicos decididamente simpáticos y talentosos, cuyo mensaje artístico es, precisamente, el amor?
Cuesta responder esa pregunta, entre otras cosas, porque el odio nos da pudor, y por ende nos cuesta asumirlo; ni hablar de analizarlo. Trabajo éste que ya se nos hace imprescindible, rodeados como estamos por las más frecuentes y desconcertantes manifestaciones de este abominable sentimiento.
Una explicación posible -y de hecho ha sido estudiada a partir de los grupos de “odiadores” (haters) en internet- tendría que ver con el odio como recurso para la afirmación de la propia identidad. Lo que odio me define. Además, la manifestación abierta del odio tiene el efecto inmediato de aparentar un carácter que probablemente no se posea en realidad.
Piénsese en el fascista declarado que aparece como favorito en las elecciones de Brasil: este ex militar mediocre, que pululó por décadas en el Congreso nacional sin destacarse para nada, se hizo conocido precisamente por manifestar su desprecio por los izquierdistas, los homosexuales, las mujeres, los negros, los indios. Si hasta el día del golpe contra Dilma Rousseff, le dedicó su voto al coronel Brilhante Ustra, precisamente quien tuvo el abyecto rol de torturador de la joven Dilma cuando ésta fue aprisionada por la dictadura.
¿Puede extrañar, en este contexto, que la campaña electoral brasileña se haya visto enlutada por tantos asesinatos a faca limpia? ¿O que en Brasil -como en Argentina- el único destino imaginables para los opositores políticos sea la cárcel o el destierro?
Hay claramente un sector de nuestra dirigencia que ha legitimado el odio como motor social. Curiosamente, son los mismos que hablan de superar grietas, y de “estar juntos”.

PETRONIO