viernes, 20 septiembre 2019
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Temporada de rebajas, liquidaciones y Descartes

DOMINICALES

El joven conductor había iniciado su carrera animando programas más o menos estúpidos en un canal de cable dedicado a la música ligera. Por eso sorprendió verlo aparecer luego como conductor de un curioso programa político, cuyo fin último -parece hoy en perspectiva- era en realidad sepultar a la política. No otra cosa puede predicarse de un ámbito donde se clausura el diálogo, imperan el grito destemplado, la histeria, la descalificación y -en definitiva- el deseo de que el otro desaparezca.

Millonario.
El Otro -como suele hacerlo en su terquedad- finalmente no desapareció, y olfateando el cambio de aire y la posible debacle, el joven conductor se encaminó ahora a destinos más livianos y menos cenagosos. La política es mudable, no así los grandes temas de la humanidad como la vanidad, el narcisismo y la búsqueda del éxito fácil, que tanta cabida tienen en la TV.
Pero quiso el destino cruel -que persigue tanto a los héroes griegos como a los enanos mediáticos- que en su nuevo destino laboral se le volviera a colar la política, de la que intentaba huir como de la peste. No va que en su programejo -un concurso de preguntas y respuestas destinado a transformar en «millonario» al ganador- se le vino a presentar una científica de las tantas y tantos que padecen el desfinanciamiento crónico del Estado nacional. Y hete aquí que la mujer de ciencias -quien, con su inteligencia y formación, no tuvo dificultades en sortear el pueril certamen- en realidad no buscaba la fortuna personal, sino poder financiar a su proyecto colectivo de investigación.
Así fue como se puso en el centro de la escena la cuestión de la ciencia y técnica argentina. Nos enteramos así que, pese a las promesas electorales, lejos de aumentar el presupuesto en este sector tan sensible, la actual administración lo ha reducido a niveles pigmeos, y que ni siquiera se ocupa de poner en funciones a directores del área que están designados hace años. Todo esto ante la mirada impasible del degradado ministro, sobreviviente de la gestión anterior, que a no dudarlo pasará a la historia de la ciencia argentina como un auténtico cretino.

Responsable.
La súbita fama de esta bióloga molecular le valió un premio inesperado: una invitación para una audiencia con el presidente de la Nación, tan luego el principal responsable del paupérrimo estado de la ciencia en el país. Aunque últimamente las palabras «presidente» y «responsable» no se llevan muy bien.
Y haciendo gala de una inteligencia y una practicidad que ya querríamos en nuestros políticos, la joven aceptó la invitación y la aprovechó para presentarle al susodicho un listado de las demandas insatisfechas de su sector.
Habrá que ver qué suerte tiene, sobre todo cuando sus quince minutos de fama se hayan agotado. Como se sabe, el actual mandamás -pese a su formación en ingeniería- no se caracteriza por un espíritu muy científico que digamos, como lo demuestra su continua letanía de que su programa de gobierno es el único que puede salvar al país, y que él mismo es el único que puede acometer esa tarea. La duda cartesiana parece no ser su fuerte.

Denigrante.
La semana también nos deparó la renuncia pública a su cargo en el Conicet de una de las científicas argentinas más prestigiosas, quien también aprovechó la oportunidad para denunciar el destrato que sufre la ciencia de parte del actual gobierno nacional, el cual por cierto no se limita a la cuestión presupuestaria.
En realidad, vista en perspectiva, la actitud del oficialismo hacia la ciencia se parece bastante a una campaña de desprestigio. Y no sólo por los «trolls» que se dedicaron minuciosamente a ridiculizar temas de tesis de investigadores argentinos -contando con la ignorancia generalizada sobre estos asuntos tan específicos- sino desde la palabra de los más encumbrados funcionarios.
Un jefe de gabinete que propone abolir el pensamiento crítico, base de cualquier construcción científica. Una vicepresidente proponiendo que la historia no se ocupe del pasado que condena, sino más bien del futuro (algo así como pedirle a un astrónomo que se dedique a estudiar los hormigueros). Para no hablar del ministro «del campo», un integrante de lo que Sarmiento llamaba «la aristocracia con olor a bosta de vaca», quien sostuvo muy orondo que era una pavada andar construyendo y vendiendo satélites, con lo contentos que estamos vendiendo granos y demás productos primarios propios de la economía medieval.
La máxima aquí parece no ser «pienso, luego existo», sino más bien «pienso, luego desisto».

PETRONIO