Testimonio estelar para la desmesura

SEÑOR DIRECTOR:
Me dejó pensativo la noticia sobre el dibujo de tres estrellas amarillas en el pavimento de la ciudad, para recordar a otras tantas víctimas de siniestros acaecidos en la vía pública.
¿Por qué estrellas? ¿Por qué amarillas? Debe haber existido una deliberación al respecto y se habrán aducido motivos que fueron considerados propios para el caso. Se trataba de agregar una nueva advertencia, en forma de un recordatorio permanente. Pudo haberse elegido cualquier figura geométrica, pero no cualquier color. El rojo tiene una inmediata relación con sangre, pero con toda la sangre que circula por los cuerpos y la que se derrama por hechos accidentales o deliberados. Tampoco parece haberse estimado viable el blanco, que se emparienta con la pureza, la nobleza, la buena intención y los actos fundacionales de las relaciones humanas: todo lo que propicia la vida. El negro remite a la tragedia, a los finales dolorosos, a las decepciones profundas, a la culpa y el bochorno.
El amarillo provoca reacciones diversas según la experiencia. Muchos lo rechazan por relacionarlo con la debilidad y la enfermedad. Sin embargo, se ha visto en años recientes que este color, que gozaba de tan poco aprecio en pinturería como el rosado, reapareció agresivo, triunfante y con apariencia nada ingrata en la pintura de paredes, frentes y otros lugares visibles. Es un color que atrae y que parece invitar a preguntarse por qué. Ya se sabe: esta pregunta puede señalar el comienzo de la ciencia, puesto que inicia un cuestionamiento, lo que implica una ruptura dramática con la actitud inicial de tomar todo como “natural” o remitirlo a la zona del misterio y, en el caso de los creyentes, a decisiones de un creador que no han de ser indagadas ni objetadas. Aclaro que digo mis impresiones personales sobre los colores, sin consultar sentidos o significados que han tenido o tienen en las diversas culturas.
De haber sido así (que se haya querido causar la reflexión) cada una de las estrellas amarillas que han sido y que irán siendo pintadas en el pavimento de las ciudades y quizás también en las carreteras, vendrían a ser como el eremita que estaba quieto, tieso, en un lugar desamparado y que terminaba atrayendo gente que se acercaba a él para saber la causa o razón de su instalación y su quietud. La falta de respuesta del ermitaño no disuadía al individuo atraído sino que, más bien, lo obligaba a buscar la respuesta en sí. El conócete a ti mismo es una de las propuestas de la sabiduría, cuando lo que fue curiosidad o perplejidad en el inicio detiene la flecha en el aire y la vuelve hacia quien la disparó, obligándolo a mirarse a sí mismo y buscar la respuesta sin dictado externo.
Una de las respuestas posibles, surgida de las profundidades de la mente, puede que diga que cada estrella, o la gran mayoría de ellas, no estaría ahí con su inquietante simbología de no haber sido que un conductor omitió el cumplimiento de las pautas de su responsabilidad y dio lugar a una situación irreversible. Estaba alcoholizado, distraía su mirada, hablaba por el celular, quería mostrar energía en el volante, no se había entrenado a conciencia, usaba un vehículo en mal estado… El listado de respuestas interiores es vasto y se singulariza porque no logra que la flecha se dispare hacia el Otro. Empecinado, el dardo apunta contra uno mismo. Y cuando no es así, cuando se hace evidente que fue el Otro el que omitió, descuidó, se excedió, menospreció, el silencio del eremita seguirá apuntando hacia el que interroga, como diciéndole que todos los hombres son el hombre y que sea éste o aquél el que falló, el saldo es el mismo: la persona muerta en el pavimento. Que, en casos, el muerto sea el mismo que fue hacia el eremita, no cambia nada. Allí se extinguió una estrella. Allí se apagó un sol antes de su tiempo o plazo, y todo porque alguien olvidó que el universo entero es su responsabilidad.
Atentamente:
JOTAVE