Todo lo que desnudó Santiago Maldonado

Al margen del fuerte impacto que la desaparición de Santiago Maldonado causó en la gran mayoría de los argentinos, el tenebroso suceso dejó al descubierto una serie conductas, prejuicios y reacciones que involucraron tanto a la sociedad como a las estructuras institucionales.
En principio se puso de manifiesto por parte del gobierno una clara intención represiva hacia cualquier movimiento que se oponga a sus intereses tanto políticos como económicos, como este caso lo dejó claramente evidenciado al tratarse de una gran multinacional -Benneton- que se pudo apropiar de un gigantesco latifundio en la Patagonia. Pero no es el único caso pues en la misma región se encuentra un feudo del magnate británico, y amigo presidencial, Joseph Lewis quien ha obstruído -sin represión gubernamental- los caminos de acceso a un lago al que considera su propiedad privada.
También salió a la superficie un racismo subyacente que se expresa en el desdén con que se trata a los indígenas, enfatizando -sutil e intencionadamente a veces- su condición como si no se tratara de ciudadanos de la Argentina, con los mismos derechos y deberes que otros cualquiera y que cuentan, además, con el reconocimiento constitucional en cuanto a sus legítimas aspiraciones sobre las tierras que reclaman. Este problema bien puede extenderse hacia muchas parcialidades aborígenes que viven en otros puntos del país y padecen la misma discriminación.
Otro rasgo que el caso Maldonado dejó al descubierto es el desempeño del “mejor equipo gubernamental de los últimos cincuenta años”, que ya mereciera muy serios cuestionamientos. Al margen de que les cabe la responsabilidad última, los integrantes del gobierno prefirieron manejarse apoyándose en las operaciones de engaño y desinformación de una prensa porteña que, más que adicta, ya merece el calificativo de canalla.
El silencio de las conocidas figuras que se autoproclaman como defensoras de “la moral de la república” y cuentan con generosos espacios en los grandes medios no pasó desapercibido. Es evidente que optaron por el silencio ante el riesgo cierto de resultar, ellas también, manchadas por su mansedumbre ante el gobierno.
Otro factor decepcionante -y grave además- es el accionar de la Justicia que parece resignar su papel constitucional
orientándose sin vacilar para el lado del más fuerte y demonizando a los más débiles. Las dilaciones y rodeos para orientar las investigaciones hacia las pistas más sólidas y la negativa a tomar declaraciones a muchos de los protagonistas de los episodios de Cushamen no hacen más que sembrar dudas sobre su nivel de independencia.
Desde luego, el desempeño de la Gendarmería -a la que es tan difícil admitirle el rol de “centinela de la patria”- es el que está en el centro de todas las miradas. A través de ella y de las órdenes que cumplió sin objeciones, se advierte que las ideas sembradas durante la dictadura cívico-militar gestada en 1976 viven todavía en muchas instituciones, y hoy son alentadas por el proceder de un gobierno al que cada vez le cuesta más disfrazar de torpeza lo que ha sido encubrimiento.
Podrían enumerarse muchos otros aspectos negativos, pero también vale inclinarse hacia los más esperanzadores como lo ha sido la movilización popular. Fueron muchos, a lo largo y a lo ancho del país, los que reaccionaron indignados contra la violencia institucional, la injusticia y la mentira que se pretendía instalar ante la desaparición forzada de un joven de 28 años. Desde manifestaciones multitudinarias hasta expresiones solidarias en los estadios deportivos, desde una internet saturada de mensajes de reclamo hasta un puñado de periodistas honestos, todo contribuyó para generar una fuerte presión sobre el gobierno, la Justicia y los grandes medios deshonestos obligándolos, a su pesar, a cambiar el discurso y el proceder.