Tomando nota de dificultades y peligros, de adentro y afuera, Raúl Castro dijo “Adelante”

Al conmemorar los 50 años del triunfo revolucionario, Raúl Castro presidió un austero acto y pronunció un significativo discurso en Santiago de Cuba. Esta vez no hubo convites a Barack Obama; los tuvo antes.
EMILIO MARÍN
Se notó que la isla estaba dispuesta a combinar la fiesta por el medio siglo de independencia y socialismo con ahorro. Prueba a la vista: la ceremonia de este 1º de enero en Santiago de Cuba fue bien austera.
Apenas 3.000 invitados, muchos con uniforme de las FAR sentados en primera fila en sillas comunes, un discurso de fondo del presidente Raúl Castro y bastante cultura, con coros e intérpretes musicales como corresponde a un país de alto nivel cultural. Nada de gasto superfluo ni fuegos artificiales. En cualquier ciudad argentina, festejando el Año Nuevo se debe haber gastado más dinero en pirotecnia, globos, cañitas y fuegos artificales que en toda Cuba al conmemorar un número tan redondo de la revolución.
La austeridad comenzó con Fidel Castro, alejado del primer plano por su proceso de recuperación. La lógica habría indicado que, como comandante en jefe, tendría que haber redactado una larga reflexión para los medios. Error. Escribió dos líneas: “Al cumplirse dentro de pocas horas el 50 Aniversario del Triunfo, felicito a nuestro pueblo heroico”.
Quien podía haber sido el destinatario de las loas, en cambio, optó por mandar su felicitación a los cubanos de a pié. Es probable que ese gesto no fuera solamente de modestia sino también para no opacar el mensaje que pronunciaría al día siguiente su hermano Raúl. Pero se estaría frente a otro costado de la modestia fidelista. Ambos hermanos y muchísimos cubanos más practican esa virtud y la fundan en el pensamiento de José Martí respecto a que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.
El modesto palco desde el cual leyó su discurso Raúl Castro, que no tiene las dotes oratorias de su hermano mayor, se constituyó en una prueba de victoria por sobre los planes agresivos del imperio mayor. Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo pasaron por la Casa Blanca con el objetivo de borrar a la revolución cubana del mapa. Algunos como George W estuvieron allí dos mandatos y otros, como Kennedy, no completaron uno luego de que una “bala mágica” le pegara en la cabeza e hiciera un extraño recorrido según el irónico fiscal Jim Garrison. Pero todos ellos hicieron fuerza desde el Salón Oval para bajar a los Castro. Que Raúl leyera el discurso victorioso y Fidel lo disfrutara por televisión dá una idea del fracaso de la decena.

Discurso medular.
Los politólogos que quieran entender la Cuba de los años por venir tendrían que leer y releer el texto del mandatario cubano y sacar sus conclusiones. Fueron varias páginas, que insumieron 50 minutos de lectura a los que habría que descontar los varios aplausos que levantó en el público.
Barack Obama también debería hacer ese ejercicio. Lo necesitará si se decide a encarar una nueva política hacia la isla. Si persiste en lo vetusto podría prescindir de ese análisis.
En primer lugar, Raúl Castro rindió homenaje a los caídos en la larga guerra por la independencia, desde los mambises que lucharon a mediados del siglo XIX hasta los caídos en Sierra Maestra y Playa Girón. Desde 1959 hasta aquí murieron 3.478 cubanos y quedaron discapacitados 2.099 por las campañas terroristas de EE UU. Esto fue puesto sobre el tapete, lo mismo que la situación de los Cinco Cubanos presos en EE UU desde 1998 bajo cargos falsos de conspiración para cometer espionaje y conspiración para cometer asesinato. Estos presos enviaron una carta de saludo desde la prisión de McCreary, en Kentucky.
De esto se desprende una conclusión. Esta revolución no está preparando el terreno para alguna concesión de principios frente a EE UU. Alguien que está homenajeando a sus mártires y héroes se está comprometiendo a seguir bregando en la dirección marcada por éstos. ¿Habrá tomado nota Obama de esta determinación?
Por otro lado el orador rememoró la previsión de Fidel en 1959, en la misma Santiago de Cuba, alertando que la alegría del triunfo no debía ocultar que se venían años muy difíciles para la Cuba libre. El casi instantáneo bloqueo estadounidense y una serie de agresiones, incluso invasiones, dieron la pauta de que aquella advertencia había sido correcta. Este 1º de enero en la “ciudad héroe” se escuchó una advertencia similar respecto a que no se puede bajar la guardia frente al imperio ni creer que éste ha perdido su afán agresivo.
En suma, la isla está preparada para remar otros 50 años más, si fueran necesarios, contra las aguas del bloqueo. ¿Acaso eso es lo que quiere? Obviamente que no, pero no depende de ella. Como quedó consignado en estas columnas, “la pelota está picando en el campo de Obama”, desde que Raúl Castro ofreciera la rama de olivo al afroamericano para discutir de igual a igual el prolongado diferendo bilateral. En el discurso de marras no hubo otra invitación dialoguista pues ya fue formulada dos o tres veces, sin respuesta. Ahora la movida tendrá que venir de Washington, a partir del 20 de enero.

Enemigo y riesgos.
La alocución del jefe de Estado no dejó lugar a dudas sobre que el proceso revolucionario es sólido y no podrá ser derribado por el empuje de la superpotencia. Esa fuerza surge de una población cuyo 70 por ciento ha nacido en condiciones de bloqueo y está curtida por el mismo y “el período especial en tiempos de paz”. También se mencionó que la isla se beneficia de una situación latinoamericana donde su aislamiento quedó hecho añicos hace tiempo. Los 100.000 barriles de crudo recibidos diariamente de Venezuela a precios preferenciales, pagados por La Habana con dinero y servicios sanitarios y educacionales, demuestran que terminó esa época en que Washington y los gobiernos lamebotas expulsaron a Cuba de la OEA. El país sigue afuera de esta entidad pero adentro del corazón y el comercio latinoamericano.
La isla es un bastión inexpugnable frente al ataque del mal vecino pero no está exenta de riesgos que provienen del frente interno. Raúl sabe que la URSS cayó no sólo por la conspiración de Ronald Reagan y Juan Pablo II sino también, y ante todo, por la putrefacción ideológica de los propios dirigentes Boris Yeltsin y Mijail Gorbachov.
En consecuencia, varios párrafos del discurso santiaguero fueron destinados a abordar esta problemática; no tanto para la vieja guardia del gobierno, el partido y el ejército, sino sobre todo para las nuevas generaciones.
Más aún, se citó el concepto Fidel, pronunciado en noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana: “este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos (los EE UU); nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”.
Raúl Castro llamó a los dirigentes de hoy y mañana a ser fieles a la revolución, a no olvidarse que ésta fue hecha por y para los humildes, a no reblandecerse frente al imperio ni creer en sus cantos de sirena, a no apartarse de los trabajadores ni destruir el Partido.
Lo novedoso es que incluso aventuró qué pasaría en la isla si las nuevas camadas de dirigentes llegaran a defeccionar. “Pudieran terminar siendo impotentes ante los peligros externos e internos, e incapaces de preservar la obra fruto de la sangre y el sacrificio de muchas generaciones de cubanos. Si ello llegara a suceder, nadie lo dude, nuestro pueblo sabrá dar la pelea, y en la primera línea estarán los mambises de hoy, que no se desarmarán ideológicamente ni dejarán caer la espada”, afirmó, en medio del aplauso más sostenido de la velada.
¿Acaso piensa que todo lo hecho está bien? De ninguna manera. En esta ocasión recordó que no ha dudado en dilucidar deficiencias y errores públicamente. En la víspera, en un reportaje a la televisión había planteado la necesidad de trabajar y producir más, de darle verdadero valor al trabajo, de producir todos los alimentos que se pueda, etc. No hacía falta leer entre líneas para saber que estaba cuestionando la indisciplina laboral, el mercado negro, el esperar todo del Estado, el igualitarismo, etc. Y hay cosas peores, como el hurto y robo de productos del Estado, la burocracia, “las prohibiciones absurdas”, la corrupción en algunos cuadros, etc.
Aún con ese inventario del debe y el haber, la revolución cubana está viva, justo cuando Wall Street atraviesa la crisis más profunda en setenta años. La primera festeja sus primeros 50 años rodeada del cariño de millones de personas. La segunda corta el rostro a multitudes y se gana el odio de gran parte del planeta.
Al día siguiente del discurso, un cable de la agencia Reuters informaba que Cuba había tenido en 2008 una tasa de mortalidad infantil de 4,7 por cada 1.000 niños nacidos vivos, la más baja en su historia y la menor de América. Era la prueba de que encara con fuerza los próximos 50 años de revolución.