Tomar partido

En esencia hay dos formas de hacer política. Una que se atreve con los problemas básicos, primordiales de la sociedad, y cómo encararlos y resolverlos. Y otra que prefiere entretenerse con lo accesorio, lo circunstancial. En este segundo plano se desarrolla todo lo menos noble de la política, lo que pasa por las “negociaciones”, por los “pactos”, por el canje de favores y cargos, por la “ocupación de espacios”, por los “arreglos electorales”, etc.
Muchos dirigentes se engañan pensando que hacen alta política cuando sus mayores afanes los dedican a entreverarse en estas cuestiones mezquinas que se traducen en la obtención de beneficios personales mediante la ocupación de puestos públicos. Y esquivan con astucia involucrarse en aquellos temas verdaderamente trascendentes porque arriesgan quedar demasiado expuestos en su incapacidad o en su falta de compromiso si hay que enfrentar intereses poderosos. Por eso lo suyo es la política como negocio y no como servicio.
Si LA ARENA viene insistiendo con tanta perseverancia en la cuestión del acceso a la tierra urbana es porque, precisamente, se trata de uno de los problemas básicos de la sociedad. Uno de esos problemas que divide aguas y que coloca a todos ante la disyuntiva ciudadana de definirse. Es un tema de enorme trascendencia, que afecta como pocos a la sociedad santarroseña, y pampeana, desde hace más de un siglo. Ante esta cuestión no caben las ambigüedades, las salidas elegantes o astutas propias de la política del corto plazo. Hay que tomar partido; “partido hasta mancharse”, como en el memorable poema de Gabriel Celaya.
Un proyecto de dos diputados peronistas ha puesto las cosas en negro sobre blanco; ha planteado el problema con absoluta crudeza y proponiendo una solución absolutamente realista. No inventaron nada. Al contrario, tomaron ejemplos concretos de otros puntos del país y de nuestra propia Constitución Provincial que en su artículo 33 dice, textualmente: “La propiedad debe cumplir una función social y su explotación conformarse a la conveniencia de la comunidad. La expropiación, fundada en el interés social, deberá ser autorizada por ley y previamente indemnizada, beneficiando a la comunidad el mayor valor del suelo que no sea producto del esfuerzo personal o de la actividad económica del propietario”.
Cuando se escuchan las propuestas de los funcionarios municipales o del dirigente y ex candidato de Convergencia, hijo del cuatro veces gobernador, para solucionar el grave problema del acceso a la tierra urbana y la especulación inmobiliaria no se sabe si reír o llorar. Pretenden curar un cáncer con aspirinas. Muestran una tibieza, una falta de convicciones, un deseo de quedar bien con todos sin jugarse que los deja expuestos sobre todo en un partido cuyo líder fundador supo hacer una reforma agraria o tomar medidas tan drásticas como congelar el precio de los alquileres durante años para defender, precisamente, los bolsillos de los que tienen menos de la codicia de los que tienen más.
Que la dirigencia peronista en La Pampa es, básicamente, conservadora, no es ninguna novedad. Hoy buena parte de ella vuelve a quedar expuesta, desnuda, a la hora de precisar si se inclina por defender los intereses de los pocos que tienen la tierra o de los muchos que la necesitan. Ni siquiera parece afectarla el hecho de que son compañeros del propio partido los que están proponiendo un cambio positivo en el injusto estado de cosas. Tampoco el respaldo de la propia Constitución los anima a avanzar aunque sea unos tímidos pasos a la hora de otorgarle una función social a la propiedad. No se está hablando aquí de socialismo, o de colectivismo (¡Vade retro!). Nadie objeta la propiedad privada (¡Dios no lo permita!). Apenas se busca beneficiar a la mayoría de la voracidad de una minoría especuladora y parasitaria, que se enriquece a costa del esfuerzo colectivo sin hacer nada, dejando que la tierra aumente su valor con el sacrificio ajeno.