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Tribulaciones, lamento y ocaso

DOMINICALES

Desde que se generalizó el uso de constituciones escritas como base de la estructura de los Estados, los teóricos políticos acuden a las llamadas «teorías contractualistas» para explicar el fenómeno. Según esta formulación, una constitución nace porque en determinado momento de la historia, se produce un «contrato social» en el cual los individuos renuncian a parte de su autonomía, y crean al Estado y sus leyes, en pos del bien general. El defecto que se le achacaba a la teoría es que, en realidad, ese momento histórico era más bien teórico e imposible de fijar en el tiempo. Hasta que ahora, en Chile, tenemos un ejemplo concreto. En vivo y en directo.

Lobo.
«El contrato social» es, por cierto, el título de una obra de Rousseau, texto de cabecera de los revolucionarios de mayo de 1810, que habían accedido a su lectura por contrabando, ya que el libro estaba prohibido por la corona española, que sabía de estas cosas. (Este sólo ejemplo debería bastar para justificar la más irrestricta circulación de todas las ideas en todos los formatos posibles).
El bueno de Rousseau estaba convencido de que, antes del famoso contrato, los seres humanos éramos unos «nobles salvajes», que vivíamos en los bosques, en la paz y en la felicidad, y que pese a ello creamos el Estado de puro bonachones. No todos compartían su optimismo. En su obra «Leviatan», Hobbes proponía exactamente lo contrario: según él, el contrato social había sido una necesidad imperiosa para proteger al malvado ser humano de sus propias tendencias destructivas. «El hombre es el lobo del hombre» es la frase con que lo recuerdan la historia, los posters y los memes.
Si vemos la historia chilena reciente, habría que coincidir más bien con Hobbes: la actual constitución vigente, en realidad, fue el resultado posible tras una verdadera carnicería, y en definitiva, una imposición del lobo (o el zorro, o la hiena, o el cánido que corresponda) Pinochet, quien no entregó el poder a los flojitos demócratas sin antes asegurarse una buena protección para su persona y la de sus camaradas de armas.

Ciegos.
El pueblo chileno está en la calle hace un mes, dejando en claro que aquel contrato social, firmado con el lobo, ya no corre más. Tienen reivindicaciones puntuales, como las de acceder a razonables servicios públicos de educación y salud. Un estado de bienestar al que tienen derecho, ya que dicen las elites que la economía marcha fantástico. Pero el pueblo no deja pasar ni por un momento que estas carencias son el producto de un estado de cosas que sólo puede cambiarse renegociando el pacto social.
Ese es el momento histórico, épico, que estamos presenciando. Y al parecer la clase política ha entendido el mensaje, ya que los trámites para reformar la constitución están claramente encaminados. Ya tendrán tiempo, después, de descubrir cómo traicionar estas demandas populares que los tienen contra las cuerdas.
Mientras tanto, en las calles, hay individuos que están pagando un precio altísimo. La policía y las fuerzas armadas, lobos que ni se molestan en usar piel de cordero, han vuelto a sus viejas prácticas de asesinatos, desapariciones, torturas, violaciones. Hasta han creado un método represor de exquisita crueldad: disparar a los ojos de los manifestantes, creando así toda una generación de ciegos y tuertos que atestiguarán, por décadas, el costo que tuvo la valentía.

Violeta.
En cambio, en Bolivia, que también vive un estado de revulsión social, nadie parece discutir la constitución. Si hasta los capitostes militares y policiales dicen estar cumpliendo sus mandatos constitucionales. Cosa rara, ya que por ejemplo, la ley fundamental dice que la policía «tiene la misión específica de la defensa de la sociedad y la conservación del orden público, y el cumplimiento de las leyes en todo el territorio boliviano», es decir, todo lo contrario de acuartelarse y conspirar.
Esto de ver a militares y policías haciendo interpretación constitucional, no deja de ser un singularismo latinoamericano, no muy lejano del realismo mágico de la literatura de García Márquez.
Mientras tanto, en el Palacio de la Moneda, el billonario presidente se parece cada vez más a aquel rey de la canción «Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no» de Charly García: un déspota necio que, aún con el agua al cuello, se niega a escuchar a su pueblo al que «le molesta su barriga».
O acaso en este caso sea más pertinente acudir a la entrañable Violeta Parra, quien en su «Mazúrquica modérnica» sentenciaba: «no hay regimiéntico que los conténguica, si tienen hámbrico los populáricos».

PETRONIO