Triste suerte de la que nadie está a cubierto

Señor Director:
De tanto en tanto algunas noticias que dan cuenta de hechos en el hemisferio sur logran ocupar un espacio en los medio del norte y como de rebote los sureños nos enteramos de lo qué pasa en esa parte del mundo.
Me sorprendió tomar conocimiento de una isla llamada Manus, situada algo al norte de Papúa (Papúa Nueva Guinea) y que allí Australia financia un centro para los solicitantes de asilo, que vienen con cierta frecuencia desde distintas partes del inmenso Pacífico. Lo primero que llega a mi conocimiento es que también en esos lugares aparecen grupos humanos que peregrinan por saber si habrá un nuevo sitio para ellos. La noticia ha llegado a los medios del norte y del mundo entero por la organización llamada Amnistía Internacional. Esta ONG que está atenta a los derechos humanos ha dado lugar a un escándalo porque es Australia el país que aparece comprometido en el maltrato de tales migrantes. Por lo que parece, si bien Australia financia ese centro, los servicios están a cargo de una empresa privada llamada Broadspectrum, a su vez parte de la multinacional española Ferrovial. Lo que importa es que Amnistía denuncia que los migrantes que han podido llegar hasta allí con el objetivo de hallar un sitio en Australia, Nueva Zelanda o alguna de las muchas islas son objeto de una explotación despiadada y sufren agresiones y abusos sexuales, todo lo cual reditúa ganancias por millones de dólares.
También en días recientes las Naciones Unidas llamaron la atención a lo que pasa en Libia, donde los migrantes (africanos o procedentes de Siria y otros lugares de Medio Oriente), cuando caen en manos de las organizaciones criminales sufren despojos, humillaciones y abusos de toda índole, en tanto que los responsables suman ganancias importantes. Luego, los que llegan a Europa encuentran puertas cerradas y vuelven a caer en manos de organizaciones criminales o padecen una espera desesperanzada en los campos de concentración donde son ubicados hasta disponer qué hacer con ellos.
Quien se pregunte, como yo, qué pueden sacarle a esa gente que huye de las guerras y de la inseguridad, tiene la respuesta al deducir primero y ver confirmado después, que los migrantes no salen de las clases más deprimidas económicamente, sino de la clase media. Se trata de gente que había alcanzado una posición de desahogo, tenía trabajo bien remunerado o empresas y casa propia. Vendiendo todo y apelando a sus ahorros, los más pudientes han partido por vía aérea o marítima, pero si no pueden acceder a estos medios inician la larga travesía hacia el norte de África con la mira de cruzar el Mediterráneo hacia Europa. En este recorrido caen en poder de las organizaciones criminales tanto durante la travesía y la búsqueda de embarque, si llegan vivos a las costas griegas o turcas, deben trajinar a la espera de ser admitidos en algún país o poder trasladarse a la distante América o cualquier otro lugar habitado del planeta. La descripción de su vida en los lugares de concentración revela un padecimiento constante que va corroyendo su autoestima y sus expectativas.
Esta tragedia tiene una magnitud semejante a las hambrunas antiguas, por guerras o sequías. Estas hambrunas, que generan movimientos desesperados hacia alguna parte, incluyen también a la población menesterosa y se están repitiendo en varios lugares de África, según denuncian organizaciones que luchan por generar alguna alternativa a tanta penuria.
Europa, cuya etapa colonial contribuyó en no poca medida a generar estas situaciones, va en camino de cerrar sus puertas y, como en los Estados Unidos con Trump, puede comenzar a expulsar a los migrantes. El Reino Unido, que todavía no abandona sus sueños de dominación, ha salido de la Unión Europea porque no quiere más extranjeros, aunque sean de origen europeo. Francia puede seguir este camino si M. Le Pen alcanza la presidencia.
Atentamente:
Jotavé