Trump perderá porque ataca a muchos en simultáneo

AGREDE COMERCIALMENTE A CHINA Y ATACA A EUROPA

El nuevo Hitler desató una guerra comercial con China y al mismo tiempo fue agresivo con líderes europeos. Por lidiar de ese modo Hitler perdió la II Guerra.
EMILIO MARIN
Bill Clinton, George Bush, Barack Obama y Donald Trump han sido fieles continuadores de la doctrina que pone de blanco a China. En esa tendencia convergen el Pentágono, el Departamento de Estado, el de Comercio y el Tesoro, además de la Casa Blanca.
Lo del magnate neonazi es aún peor que sus antecesores, y lleva las cosas al punto más alto del enfrentamiento, de índole comercial y política, pero con riesgos de un conflicto bélico.
El 20 de marzo pasado entró en vigencia una suba de aranceles ordenada por Trump, del 25 por ciento para el acero importado y del 15 para el aluminio, contra Beijing porque fueron exceptuadas Canadá, Europa, Japón y un socio menor de Trump, el gobierno de Mauricio Macri.
El 6 de julio entraron en vigencia restricciones a la importación de productos chinos por 34.000 millones de dólares. Afecta sobre todo a automóviles, productos tecnológicos y partes de aviones. El magnate yanqui pasaba por alto todos los trámites legales que se requieren en la Organización Mundial de Comercio. Tratándose de algo tan grave no podía obviar hacer la denuncia allí contra China y seguir el expediente. No lo hizo porque no puede alegar razones legales ni comerciales.
El nuevo Hitler tiene dos motivos, políticos. El primero: Washington tiene un déficit comercial con Beijing que el año pasado alcanzó los 375.000 millones de dólares y quiere achicarlo a golpe de sanciones. El segundo: Trump sostiene que los chinos piratean tecnología estadounidense y progresan industrial y comercialmente, en detrimento de la vieja potencia.
Esa última acusación nunca pudo ser probada por EE.UU. China ha avanzado enormemente en el terreno tecnológico y científico por su propia inversión en este rubro, con el impulso de sus empresas, universidades y gobiernos provinciales y nacional, por una parte. Y, por la otra, incluyendo en sus permisos de radicación y venta de productos dentro del mercado interno chino a las empresas extranjeras, muchas de ellas estadounidenses, la condición legal de transferir una parte de su tecnología. No hubo ningún robo. Estos temas están explicados muy bien por el magister universitario Gustavo Girado en su recomendable libro “¿Cómo lo hicieron los chinos?”.
No conforme con esas dos primeras tandas de sanciones, Trump anticipó lo que será su tercera movida: dijo que llevaría a 200.000 millones de dólares el impacto restrictivo sobre ventas de China. Y en otra de sus declaraciones altisonantes, habló de sanciones por 500.000 millones de dólares, más de lo que hoy el país oriental le vende a Norteamérica.
La respuesta china no se hizo esperar. Adoptando la posición defensiva, que siempre tendrá más apoyo a nivel mundial, contragolpeó con sanciones a productos de USA por el mismo valor: 34.000 millones de dólares. Lo hizo en medio de lamentos por tener que llegar a este punto, invocando los perjuicios que Trump va a ocasionar a empresas y consumidores de su país. También invocó la necesidad de no llegar a estos conflictos comerciales que van a afectar a la economía mundial en un momento nada favorable ni expansivo.
Afectos a las artes marciales, el gobierno de Xi Jinping volvió contra Trump la fuerza del golpe agresivo. Y es posible que tenga éxito, porque las 900 empresas estadounidenses radicadas en China, de la Cámara de Comercio Americana (AmCham), han expresado su preocupación por las políticas sancionatorias.
La réplica china se centra en los granos y productos agropecuarios del medio-oeste norteamericano, base electoral del republicano. Esto puede afectarlo cuando más lo necesita de cara a las elecciones de mitad de término, el 6 de noviembre.

Otros frentes.
Si el frente contra China surge como el principal de la estrategia belicista norteamericana, no agota el repertorio. Los 29 miembros de la OTAN se reunieron en Bruselas y allí Trump fue a confrontar con ellos, agitando temas económicos, políticos y militares.
Su blanco público fue Alemania, a la que acusó de ser dependiente de Rusia por los proyectos de tendido gasífero de los que depende hasta un 70 por ciento.
El reproche del neonazi es que Angela Merkel tiene esos acuerdos con Vladimir Putin y luego EE.UU. hace el aporte principal a la OTAN para cuidar a Alemania supuestamente de la amenaza rusa.
La crítica fue para casi todos los atlánticos, salvo 7 socios, por no cumplir la pauta del 2 por ciento del PBI para “Defensa”. Alemania, Francia, Italia y España, apenas superan el 1 y prometen llegar al 2 para el 2024. Trump lo quiere ahora. Para el 2024 reclama subir al 4 por ciento, una locura militarista propia de un imperio decadente que siente que el mundo no le obedece sin chistar.
Ante el noruego Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, acusó de delincuentes a los no habían cumplido la pauta de gasto militar y deslizó que, si no ponen la plata, EE.UU. puede salirse de esa organización.
En estos días se realizará en China la conferencia anual entre la Unión Europea y China. A la luz de las agresiones que ambas partes reciben de Washington no es aventurado suponer que van a estudiar nuevos entendimientos. La estrategia china es atraer a una buena parte de Europa, para hacer frente al gravísimo belicismo comercial, político y militar de EE.UU.
El presidente Xi tiene en cuenta las analogías con la II Guerra Mundial, cuando José Stalin buscó que los aliados abrieran un Segundo Frente en Normandía. En cambio, la bestia de Trump parece seguir los pasos del Hitler original: abrir varios frentes de guerra al mismo tiempo, en el Este y Oeste. Así le fue.