domingo, 22 septiembre 2019
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Un arma contra los gobiernos populares

En 1964, Arturo Frondizi, el presidente preferido del actual presidente, publicó «Estrategia y táctica del movimiento nacional», un manual de militancia política. Dos años antes había sido derrocado por un golpe militar y recluido en la isla Martín García. Como el autor señala en el prólogo, «la necesidad de armar a los militantes de la causa de la Nación para que libren con éxito la batalla que plantea el confusionismo, me induce a publicar este volumen en el que me propongo responder a las más comunes expresiones de la campaña adversaria».
El capítulo cuarto, «La corrupción», es el que tiene mayor vigencia. En rigor de verdad debería llamarse «Las sospechas de corrupción» ya que trata de «la corrupción como pretexto para derribar gobiernos populares» y ofrece varios ejemplos históricos que ilustran ese mecanismo, desde Mariano Moreno hasta el propio Frondizi, pasando por Yrigoyen o Lisandro de la Torre. Hay abundantes citas de época, como la de Matías G. Sánchez Sorondo, ministro del Interior de Uriburu, referida al gobierno de Yrigoyen que acababan de derrocar. Esto es lo que decía el funcionario de la dictadura que daba inicio a lo que se llamó la «década infame» de su antecesor elegido democráticamente: «Una horda, un hampa, había acampado en las esferas oficiales y plantado en ellas sus tiendas de mercaderes, comprándolo y vendiéndolo todo, desde lo más sagrado hasta el honor de la Patria».
Al no haber nacido todavía el peronismo, las hordas de ladrones eran necesariamente radicales.
Más de medio siglo más tarde, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de publicar «Sinceramente», un libro autobiográfico en el que podemos leer: «Cuando comencé a escribir este libro ya había sido sometida a seis procesamientos penales sucesivamente dictados a partir del momento en que dejé de ser presidenta (…). Al momento de escribir estas palabras ya llevo 15 indagatorias». Con ironía, la autora señala que, pese a todo, no llega a batir el récord de los 120 procesos que según sus abogados tuvo Juan Domingo Perón.
CFK no deja de mencionar el agudo contraste que significó la limitada repercusión mediática de los Panamá papers, el escándalo que involucró al presidente Mauricio Macri y a socios y familiares. «¿Se imaginan por un instante si durante mi gobierno, en el que se pasaron buscando la ‘ruta del dinero K’ y sólo encontraron la ruta del dinero M, hubieran encontrado cuentas y sociedades offshore a nombre mío, o a nombre de nuestro ministro de Economía o de un intendente de una gran ciudad, o a nombre de mi hermana o de mi madre o de mis hijos? Eso demostraba que los ‘discursos moralizantes’ tenían un solo objetivo: ir por los derechos adquiridos y por el bienestar que los argentinos habían ganado en los doce años y medio de nuestro gobierno».
Tanto la crítica de Frondizi como la de Cristina es política, no moral. Ambos señalan que las sospechas de «corrupción generalizada» son un ruido de fondo que busca debilitar a los gobiernos populares pero cuyo fin último es frenar cierto tipo de políticas que generan el rechazo de nuestro establishment (la apertura hacia el detestado peronismo durante la presidencia de Frondizi, el aumento del poder adquisitivo de las clases media y baja durante los gobiernos kirchneristas). Al transformar el debate político en encuesta judicial o en denuncia moral, los medios de comunicación actúan políticamente pero sin pagar el costo de hacerlo.
César Jaroslavsky, el histórico presidente del bloque radical en la Cámara de Diputados de la Nación, lo denunciaba abiertamente en la década de los ochenta en referencia a Clarín: «Hay que cuidarse de ese diario, ataca como partido político y, si uno le contesta, se defiende con la libertad de prensa». (Sebastián Fernández. Nuestras Voces).