Un componente necesario de todo proyecto político

Señor Director:
El caso López, con una fotografía de las bolsas de moneda extranjera en un local religioso, ha sido el tema dominante de la semana pasada en nuestro país y probablemente en muchos otros lugares.
Del hecho he leído noticias y comentarios, al tiempo que no he querido ingresar de inmediato en el tema para no ceder al impulso de empezar declarando mi repudio a la corrupción como han hecho tantos, representando, con sinceridad o no, el papel que se describe cuando se habla de “rasgarse las vestiduras”.
La corrupción es un fenómeno presente en todos los momentos de la historia, de modo que se configura como algo que ha acompañado el proceso de estructuración de la sociedad humana y que se ha manifestado en todos los niveles de la relación entre las personas. Si bien su expresión más habitual se produce en la relación entre el poder público y el poder no formalizado institucionalmente, como son las empresas de capital que compiten en ocasión de la obra pública, no debe ocultarse que igualmente se verifica con cierta frecuencia dentro del campo político cuando se enfrentan dos sectores y el choque se resuelve repartiendo cierta cantidad de dinero, como sucediera en la Argentina con el caso a veces recordado con la frase “de la Banelco”, uno de los más comentados de la década de l990, cuando se impuso así la sanción de una ley que afectó derechos laborales. Un fenómeno equivalente se produce entre empresas, cuando, como ha sucedido, las que ganan una licitación con complicidad de funcionarios, “compensan” a las perdidosas destinándoles una parte de la ganancia espuria en pago de su silencio.
Se tiende a centrar el problema de la corrupción en los casos en que lo que se compromete es el dinero público, pero este mal que podríamos llamar histórico o endémico, se manifiesta en todas las formas y niveles de la relación humana, como sucede cada vez que el acceso a un empleo o a una distinción le es hurtado a quien más merece para beneficiar al conocido, al amigo, al pariente o al afiliado. Hay corrupción en todas las situaciones en que quien manda o desempeña el papel de árbitro resuelve a favor de sus preferencias personales o corporativas cualquier disputa. Como suele decirse, quien no haya cometido este tipo de conducta inmoral, que arroje la primera piedra.
Ahora debemos centrarnos en el tema tal como se ha planteado en el caso López. Lo que se tiene a la vista es un hecho de corrupción que compromete a un ex alto funcionario y a empresas de capital que pujan por resultar adjudicatarias de obra pública importante y que se avienen a aceptar el papel del que paga la coima. La naturaleza de este tipo de actos de corrupción se plantea como colusión entre dos poderes; el formal, público, y el poder real aunque no formalizado, representado por el capital. El dedo acusador apunta hacia el funcionario, porque ha traicionado la confianza pública y comprometido la construcción del poder del Estado. Dicha confianza es el sostén insustituible de un gobierno y de toda la organización política. Se tiende a olvidar (y lograrlo es parte de la trama del acto corrupto) que los actos de corrupción necesitan de dos partes, en este caso el funcionario responsable y lo que genéricamente llamamos el capital. Sucede que el capital está en lucha con la política y se empeña por reemplazarla o subordinarla, siendo esta lucha la cuestión de fondo. El desprestigio de la política o su subordinación a los intereses sectoriales es el objetivo constante de los llamados poderes “fácticos” o poderes en las sombras (el “círculo rojo” a veces mentado).
Todo proyecto de gobierno democrático debe incluir desde ahora un programa para mejorar los controles contra la corrupción. Cuando estos controles faltan ganan unos pocos y pierde la mayoría porque se debilita el Estado, siendo éste el poder creado por la sociedad para garantizar la igualdad y la equidad.

Atentamente:
Jotavé

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