Un fenómeno social con masivas reivindicaciones

Uno de los fenómenos sociales más destacados del siglo XXI -acaso el más sobresaliente- es el papel que ha pasado a desempeñar la mujer en la sociedad moderna tras lucha y mérito propio. La circunstancia es más notable si se piensa que, dentro de la perspectiva histórica, la circunstancia aparece súbitamente (podría considerarse en los últimas tres décadas), después de miles de años de evidente vigencia patriarcal, durante los cuales fueron contadas las mujeres que marcaron su presencia en el tiempo por distintas circunstancias, ya fuera en la política, las artes o las ciencias.
Lo singular de este nuevo acontecer radica en que las reivindicaciones femeninas han tomado un carácter masivo y así se manifiestan en todo el mundo, aún en lugares remotos donde la sumisión femenina era -es- un rasgo notorio de esas sociedades, castigado cuando se estimaba que salía de los cánones tradicionales.
Al respecto, sorprenden las fotografías de masivas concentraciones en todo el mundo, en ocasión de celebrarse el 8 próximo pasado el llamado Día de la Mujer. En esas imágenes, son verdaderas multitudes las que reclaman por sus derechos y el ejercicio de los mismos en las sociedades modernas. La misoginia en diversas actividades, explícita o disimulada, queda al descubierto merced a estas manifestaciones colectivas, impensables apenas medio siglo atrás.
La mujer -usado este singular en un sentido colectivo- sin dejar de lado sus tradicionales y merituadas funciones de esposa y madre, ha pasado a reivindicar sus posibilidades dentro de la sociedad en los niveles laborales y derechohabientes, incluyendo su propio cuerpo, sobre el que reclaman ejercer derechos personales y plenos. En este aspecto sus reclamos coinciden y respaldan los de otros sectores relacionados, caso de los/las homosexuales, transexuales y travestis, largamente marginados y ocultos por las sociedades con preeminencia machista. Sus aspiraciones son tales que llegan -y quieren modificaciones- en campos tan impensados como la gramática, donde hasta hoy primaba el genérico masculino para la escritura.
Lo indudable es que la etapa de un patriarcado más o menos intenso y manifiesto va quedando atrás rápidamente, lo mismo que el concepto de la “mujer objeto” que, disimulado entre consideraciones estéticas y encuadres limitantes, primó durante siglos en la cultura humana.
El nuestro ha sido uno de los primeros países donde las manifestaciones femeninas se han dado con fuerza e intensidad, y a tal punto que es la ley misma la que determina una igualdad en los campos laborales, si bien no del todo cumplida hasta ahora.
De hecho también en el campo político nuestras compatriotas tienen una brega de larga data, algunas -caso de Eva Perón- con fuerte trascendencia en el quehacer público. Lo mismo puede decirse de su papel en actividades de marcado compromiso, caso del periodismo, que -salvo excepciones que confirmaban la regla- aparecía como un exclusivo campo masculino.
Precisamente, la conmemoración del 8 M en nuestro país, además de congregar una impresionante multitud, se autodefinió como una suerte de “paro plurinacional” con reclamos firmes y definidos contra el “gatillo fácil, el discurso que legitima la ‘justicia por mano propia’ y pretende llevar a nuestra infancia a los tribunales y deportar migrantes ejerciendo todo tipo de violencias”. La medida de fuerza fue contundente: “luchamos -dijeron sin rodeos- por una Argentina y un mundo que sean Anticapitalistas, Antipatriarcales, Antirracistas, Antibiologicistas, Antimperialistas, Antineoliberales, Anticlericales, Antixenófobas y Anticapacitistas”.