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Un foco de contaminación

Entre las múltiples amenazas que afectan a este superpoblado planeta, en los últimos lustros ha aparecido una más sutil y peligrosa, paradójicamente, surgida de los avances tecnológicos en favor de un mejoramiento de la vida humana: es la contaminación del ambiente por pilas y baterías. Estos instrumentos, imprescindibles para la vida contemporánea, han pasado a tener un protagonismo que solamente ha sido advertido en su peligrosidad durante los últimos tiempos.
El problema de las pilas es muy serio porque la sociedad capitalista, como es habitual, ha dado primacía al consumo antes que a la prevención, y de allí que, una vez agotadas en su capacidad (no en su poder de contaminación), baterías de todo tipo sean desechadas en lugares absolutamente inadecuados, basureros de quema o a cielo abierto y aun aguas fluviales y marinas. Los países técnicamente más adelantados, y también más cuidadosos de su medio ambiente, parecen estar tomando precauciones mínimas al respecto y, caso de Europa, ya no se utilizan pilas comunes sino solamente las de tipo recargable, reduciendo el riesgo en una considerable proporción. Como siempre las tecnologías de desecho quedan para los países del Tercer Mundo.
Los más perjudiciales de estos elementos, las llamadas pilas botón
que se utilizan en relojes, calculadoras, y pequeños equipos electrónicos de consumo masivo, son los más contaminantes a pesar de su reducido tamaño. Pese a que se las considera «blindadas» la ruptura de esa protección (que es cuestión de tiempo) tiene un altísimo poder de contaminación, especialmente en lo que atañe a las aguas subterráneas destinadas a consumo humano. Se estima, por ejemplo, que el óxido de mercurio contenido en uno de estos objetos puede contaminar más de 300 mil litros de agua. Paralelamente los efectos nocivos en la salud humana son muchos y variados.
Aunque algunos piensen que este problema no nos afecta en nuestra poco poblada provincia hay que enfatizar que las pilas consideradas como desechos están presentes en cualquier parte del mundo y Santa Rosa no es una excepción, y hasta podría considerarse como una regla negativa al respecto.
A años atrás, a través del suplemento Caldenia, este diario realizó una encuesta entre los negocios locales que operaban con pilas y baterías pequeñas: el resultado fue muy preocupante: eran minoría los que siquiera las apartaban como desechos, arrojándolas junto con la basura común.
Es posible -y deseable- que el panorama haya cambiado en los últimos años pero evidencias recogidas recientemente no parecen avalar ese deseo. De los varios establecimientos comerciales que tienen venta de baterías de uso común solamente uno, según la verificación de aquel sondeo, cuenta con un depósito para que los clientes con alguna conciencia del problema, lleven y dejen allí las pilas usadas. Una pregunta se impone: por qué las autoridades municipales no abordan el problema para buscar una solución. No aparece como demasiado complejo exigir que los negocios cuenten con un mínimo repositorio que reciba las pilas, que luego pasarían a una instancia técnica para su eliminación o aprovechamiento.