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Un negocio político con escaso rédito

Nadie puede negar que, desde sus mismos comienzos, la Unión Cívica Radical fue un partido de índole popular. Desde los tiempos de aquella frase tan reivindicada por sus militantes: «que se rompa pero que no se doble», la agrupación ha tenido oídos para las necesidades y apetencias políticas del pueblo argentino aunque -hay que decirlo- con algunos lamentables retrocesos.
Los últimos años del partido, los de su alianza con el PRO y la formación de Cambiemos, parecen haber dado contraste a aquella inclinación, alineando a la agrupación con lo más retrógrado de la derecha argentina. El negocio político fue indudablemente malo para el radicalismo, que de esa manera quedó atado a unos de los peores gobiernos que tuvo el país, con escaso rédito y muchísimo desprestigio, tal cual lo señalaran algunos núcleos disidentes dentro del mismo partido. Las recientes rebeldías contra esa postura subordinada al macrismo son una prueba más de esta misma cuestión.
De allí que llame mucho la atención que en la reciente convención realizada en Corrientes y tenida como el máximo nivel partidario, algunas fuertes resistencias internas al desempeño partidario dentro de Cambiemos no llegaran a concretarse, o al menos a tener eco. Por el contrario: la plana mayor del partido optó por un «gorilismo piantavotos» -diría la jerga popular- y habló específicamente de seguir en Cambiemos «para no regresar al populismo», dicho esto en un contexto de evidente derrumbe del país merced a las políticas de aquel partido.
Cierto que algunas de las cabezas más lúcidas del radicalismo, en abierta disidencia, se han apartado -y mucho- de esa postura, pero con lo resuelto por la convención se hace evidente que el aparato partidario continuará al servicio de Cambiemos; también que el centenario partido ha entrado en una crisis muy fuerte. Algunos dirigentes más conciliadores ya habían adelantado en la forma indirecta que caracteriza a las observaciones políticas de fondo que se debe implementar «un cambio en las reglas del juego» en la interrelación partidaria, reforzando la idea de una coalición de gobierno, «con ámbitos de debate sobre políticas públicas y económicas». Como al pasar, pero evidentemente en condición de clara advertencia, en el mismo alto nivel partidario se dijo que si bien en su momento se decidió «una alianza, la misma se puede dejar sin efecto, pero seamos optimistas».
Semejante apetencia a esta altura de los acontecimientos mueven a recordar el viejo apotegma español de «Tarde piaste».
La más clara evidencia de lo dicho es la situación que se vive en Córdoba. Esa provincia fue esencial al triunfo macrista en las elecciones presidenciales, pero la dura realidad que vive actualmente abrió un tajo entre el futuro que se proclamara y el presente, y a tal punto que el intendente de la ciudad capital decidió competir en las internas bajo la sigla de la Unión Cívica Radical, dejando de lado a Cambiemos.
La situación espantó al equipo de gobierno nacional, ya que a pesar de intensas gestiones realizadas al más alto nivel, la alianza terminó dividida en el ámbito cordobés, rebajando en mucho la capacidad electoral ante el oficialismo de esa provincia.
El conflicto entre el intendente y su correligionario, también radical pero alineado con las autoridades nacionales del PRO, sumó un nuevo fracaso a todas las negociaciones preelectorales encabezadas por el macrismo.