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Un nuevo año con viejos miedos

PUNTO DE VISTA

JOSE VERDUM
El primer día del año nuevo -aquel primer día que siempre abundó en expresiones de alegría y tuvo una nochevieja digna de un Día de Difuntos- por su misma condición abre una mínima esperanza al desastroso estado del país. El calificativo no es exagerado y se ajusta perfectamente a lo que hoy vive la Argentina.
Con centenares de miles de obreros sin trabajo; la industria en situación de crisis; entregada la economía a las «fuerzas del mercado»; destruida y despreciada la educación que otrora fue un ejemplo en el mundo; con una deuda externa descomunal, adquirida en apenas tres años; el mercado interno reducido a una mínima expresión por la falta de consumo; con funcionarios clasistas y venales que defienden lo suyo aprovechando su poder; con el sistema de salud pública postrado; con una indiferencia total para con los que menos tienen; con vergonzosos e inútiles alineamientos con las peores derechas del mundo; con durísimas formas de represión dispuestas a acallar cualquier foco disidente; con un gobierno que miente desde el mismo día en que asumió con respecto a sus políticas de bienestar y solamente le preocupa el beneficio de las corporaciones que lo integran, a esta altura de su período con una postura francamente cínica; y lo peor: altísimos niveles de desnutrición infantil y hambre en «el país que puede producir alimentos para 400 millones de personas»…
Todos los indicadores socioeconómicos son absolutamente negativos, evidenciando el formidable retroceso que ha tenido el país. A esa serie de desdichas, que podría ser mucho más extensa, se le podría agregar un valor que no es materialmente ponderables pero sí muy significativo: un presidente en cuyos discursos no existe la palabra patria y tiene un distanciamiento (y ausencia de sensibilidad) con su pueblo que desconcierta.
El fracaso del macrismo ha sido tan estrepitoso que, pese a su promocionada (y cumplida a rajatabla) promesa de ultraliberalismo económico ni siquiera cuenta ya con el favor de la banca internacional. Ese es el resultado que logró «el mejor equipo de los últimos cincuenta años», que no vio otra salida que echarse en los brazos del FMI, buitres cuyos enfoques económicos han dejado en varios países del mundo solamente deudas, sufrimiento y mentiras.
Hasta una fuerza tan prudente y conservadora en su conjunto como lo es la clase media manifiesta su hartazgo ante las promesas no cumplidas y advierte que ahora paga su ingenuo apoyo al programa macrista con una decadencia y caída de bienestar nunca vista. Otro sector, el de la Iglesia, tradicionalmente prudente y medido, tampoco ha podido disimular el abierto enfrentamiento entre el cristianismo y las doctrinas económicas liberales. El gobierno, como respuesta, subió la apuesta hasta un enfrentamiento con el mismo Papa.
Esta crítica carece de cualquier intención partidista. Acaso pueda caracterizarse como ideológica si se toma esa palabra como dirigida al bienestar común. Su intención es, en definitiva, alertar que la situación ya es gravísima y en los meses venideros de este año flamante volverán a plantearse la mentira y la confusión deliberada bajo el manto, por cierto que efectivo, de la acción psicológica, promovida esencialmente por los grandes medios oficialistas. El ciudadano común no tiene otra alternativa que abrir los ojos para advertir la situación y preparar su mano para dar un voto que promueva el imprescindible cambio.