Un país desarticulado

La puerta que había entreabierto el presidente de la Nación la volvió a cerrar el secretario de Agroindustria y todo indica que La Pampa deberá seguir esperando para que se elimine la anacrónica barrera comercial que la separa del resto de la Patagonia.
A mediados de enero la delegación pampeana que se entrevistó con el jefe del gobierno nacional en Puerto Madryn parecía que había logrado despertar su interés sobre el tema cuando el vicegobernador a cargo del Ejecutivo provincial le expresó que se trataba de una aduana interna sin sustento jurídico ni sanitario. Dos semanas después la respuesta llegó indirectamente desde la exposición rural de Comodoro Rivadavia en donde el titular de Agroindustria defendió con énfasis la barrera para la carne con hueso pampeana. Ni siquiera le importó la cercanía de una reunión con funcionarios y técnicos pampeanos para tratar el tema y quedó claro que el lobby de la orilla sur del Colorado tiene más llegada con el gobierno nacional.
El caso de esta aduana interior que no responde a un fundamento sanitario sino económico y, como tal, contradice la Constitución Nacional, es otra muestra de los graves problemas que fomentan la desarticulación del territorio nacional. La Pampa, con su ubicación en el centro del país, es testigo privilegiado de estos desencuentros que alejan en lugar de unir a las jurisdicciones provinciales con enfrentamientos estériles que nacen producto de la miopía política, la exacerbación de localismos pueriles o la defensa cerrada de intereses sectoriales.
La persistencia de fronteras económicas, como la apropiación inconsulta de recursos hídricos, o la indiferencia ante un paso cordillerano con sus enormes posibilidades comerciales para una gran región del centro del país son taras que reconocen el mismo origen: la falta de interés en el desarrollo armónico e integrado del interior de un país que no termina de decidirse a dejar de mirar hacia el puerto.
Lo peor es que todo se hace en nombre del federalismo cuando en realidad no es otra cosa que un sálvese quién pueda casi suicida que pone límites artificiales a toda posibilidad de crecimiento equilibrado entre las diversas regiones que componen nuestro extenso territorio nacional.
Esa ceguera geoestratégica no es nueva, desde luego, y nada indica que vaya a mejorar en el corto o mediano plazo. El actual gobierno nacional no se diferencia de los anteriores en cuanto a intentar vías de solución ejecutivas. Antes bien, aparece como un actor que promueve estos desencuentros a partir de una evidente incapacidad a la hora de proyectar en favor del bien común y de mediar entre las partes en conflicto. Así, la planificación territorial, siempre mencionada en discursos, congresos o simposios nunca llega a traducirse en medidas concretas de gestión y de tal modo el desarrollo geoestratégico del país continúa siendo una asignatura pendiente.
La Pampa, con su escaso peso electoral, viene sufriendo desde hace mucho este absurdo juego político. Y quizás por esa razón es la que más viene bregando para terminar con un estado de cosas que no beneficia a la totalidad de la Nación sino a mezquinas parcialidades políticas o económicas.