Un relato que no cesa tener enriquecimiento

Señor Director:
El relato de la dictadura militar con la que culminó la serie de intrusiones militares en el gobierno político argentino iniciado en l930 no cesa de enriquecerse.
En los días recientes hemos asistido a la aparición de quien es considerado como el nieto recuperado número 120 de la serie abierta por las Abuelas de Plaza de Mayo, y también a la recordación de los cuarenta años transcurridos desde la “masacre de los palotinos”. Ambos casos han cumplido cuatro décadas desde que se produjeron.
El nieto recuperado se llama José Luis Maulin Pratto, aunque no está anotado en el registro civil con esos apellidos sino con el de sus apropiadores. El suyo es un caso diferente, porque él no nació en las circunstancias más frecuentes entonces. Luis Pratto y Luisa Maulin fueron secuestrados por policías y aeronáuticos en Reconquista, Santa Fe, en l946. Luisa tenía ya dos hijos y estaba embarazada cuando se produjo la irrupción de la fuerza de tareas. Ella fue torturada y violada delante de sus hijos y, luego, cuando llegó el momento de dar a luz, fue llevada a una clínica donde ya se había internado Cecilia Góngora de Segretín, que no estaba embarazada, pero el niño nacido de Luisa fue anotado como hijo de Cecilia y recibió los nombres de José Luis Góngora Segretín. La partera de la clínica, Elsa Nasatsky, dio fe de que el niño era de Cecilia y, a su vez, ésta firmó como madre biológica. Ésta y otras circunstancias hicieron que José Luis no entrase en la lista de nietos buscados por las Abuelas. Hay una historia de la vida de este hombre, del momento en que comenzó a preguntarse por qué sus presuntos padres no tenían ningún rasgo que los hiciese parecidos a él, hasta que una hermana suya lo reconoció en la escuela y se le acercó para pedirle conversar un momento, a lo que se negó -relata- porque sus padres presuntos le venían advirtiendo que había gente mala que lo estaba buscando y que debía cuidarse. Andando el tiempo, comenzó a preguntarse por qué lo buscaban, hasta concluir haciéndose la prueba de sangre (ADN) que, al ser cotejada en el registro de Abuelas, le hizo conocer cuál era su familia real. Esto sucedió en 2019, pero aún hubieron de pasar siete años hasta que venció los temores que le habían sido inculcados y dio los pasos necesarios para establecer el contacto con sus progenitores. Estos, a su vez, luego de años de prisión, habían sido liberados en distintos momentos, pero no pudieron reconstituir su convivencia, aunque sí emprendieron juntos la búsqueda del hijo desaparecido.
Como se advierte, hay aquí un relato diferente que se suma, con singularidades, a la serie de los “nietos recuperados”, aunque en este caso los recuperadores han sido los padres, el empeño del propio hijo y la existencia de los registros de sangre de Abuelas. Esta semana ha comenzado en Santa Fe el juicio contra Cecilia Góngora y Elisa Nasatsky por los delitos cometidos por ambas para hacer posible esta apropiación de un niño. Estaba procesado también un comodoro de la base aérea de Reconquista, pero éste falleció hace poco tiempo.
El relato de la “masacre” de los palotinos corresponde a la misma situación generada por la dictadura, pero tiene otros rasgos. En este caso, el 4 de julio de 1976, tres sacerdotes de la orden de los palotinos y dos seminaristas fueron víctimas de un grupo de tareas en la parroquia de San Patricio, barrio porteño de Belgrano. La investigación del caso ha estado empantanada durante cuatro décadas en la vía civil. Hubo una investigación eclesiástica, cuyos resultados no se conocieron aunque sí han estado trascendiendo algunas referencias. Ahora el papa Francisco ha dispuesto que se pueda acceder a la documentación elaborada. Los palotinos han recordado el aniversario con una manifestación que pasó por varias iglesias y culminó en la ex ESMA, con lo cual dejaron establecido que relacionan la masacre con la dictadura.
Atentamente:
Jotavé

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