Un resultado que no debe sorprender

Para la política actual, gestada en gabinetes con asesores de imagen, sociólogos y planificadores que -está palpablemente demostrado-suelen crear fetiches engañadores de las grandes mayorías, las encuestas son herramientas fundamentales. No es que sean infalibles pero sí que, en manos y conceptos de comunicadores hábiles, muy a menudo permiten deducir datos que ayudan a planear y dirigir opiniones.
Pero son esas mismas encuestas las que, de vez en cuando, yerran feamente en sus pronósticos o bien revelan elementos que se salen de los esquemas. Un cabal ejemplo de ello es lo acontecido días atrás a una encuestadora que mide semanalmente, entre otras cosas, la popularidad, el conocimiento y grado de aceptación de determinados políticos seguramente, claro está, con vistas a las controvertidas y definitorias elecciones de octubre próximo.
Sea en atención a los intereses señalados o por alguna causa o motivación que escapa a la noticia, los encuestadores de la última compulsa realizada incluyeron en el cuestionario presentado ante distintos niveles de personas el posible conocimiento y evaluación de uno de los periodistas más conocidos por su consecuente y sólida oposición al actual gobierno de la Nación. Por cierto que tanto ellos como sus mandantes quedaron sorprendidos: el nivel de conocimiento y apreciación popular del periodista superaba largamente el de los políticos de menos monta y casi igualaba el de los más destacados.
La encuesta, que seguramente debió causar alarma en más de un despacho de funcionario, no causa demasiada sorpresa si se mira en perspectiva la actuación de esta persona en el programa que conduce. Y no puede decirse que haya sido desleal; desde los días iniciales del gobierno macrista adhirió al dictamen de las urnas con el deseo de que le fuera bien, subrayando que ese acontecer era para el bienestar general. Poco tardaron los acontecimientos en hacerlo cambiar de opinión, lo mismo que otros -por cierto que contados-colegas.
Los tapujos y negociados del gobierno, así como los inauditos aumentos favorables a las empresas realizados por los mismos directivos encaramados en el poder, lo llevaron a él y otros trabajadores de prensa a denunciar los inicuos negociados que hoy avergüenzan a la Nación, así como los errores políticos tanto en el plano nacional como en el del exterior.
Semejante actitud, tan contraria a la de una prensa adicta y casi incondicional, le valieron advertencias y amenazas abiertas, algunas de ellas de fuerte tenor, de las cuales la intervención ilegal de sus teléfonos y alguna matoneada explícita fueron las menores. El hombre, sin embargo, siguió en su postura de republicanismo y acusaciones fundadas, denunciando a funcionarios, jueces, políticos y adláteres sin que nadie pudiera refutar las pruebas aportadas. Por su programa, refrendándolo, pasó muchas veces la imagen “de los que no tienen voz”, causando urticaria en más de una piel política.
De allí que los resultados de la encuesta no deben sorprender demasiado. La gente, defraudada hasta lo increíble y cansada de promesas vanas, escucha y confía en estos pocos periodistas que anticiparon con mucho el rumbo gubernamental, antinacional y antipopular. Su premio, al menos hasta la actualidad y para honra de la profesión, es esta trascendencia tan innegable como inesperada que, sin ser políticos, por su sola honestidad los lleva a figurar entre el grupo de personas más conocidas, trascendentes y respetadas.