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Un simulacro de democracia

I. Las penurias que sufre el pueblo chileno obligan a formularnos una pregunta que puede incomodar a ciertas mentes políticamente correctas: ¿Puede considerarse que en Chile se vive una democracia? El hecho de votar periódicamente, ¿garantiza per se la existencia de una democracia o «gobierno del pueblo» tal su definición?
Algunos datos para tener en cuenta: La Constitución que rige en Chile fue promulgada bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Los gobiernos electos que llegaron a partir de 1990 no elaboraron una nueva Constitución, solo modificaron el texto pinochetista. Otro dato: después de aquel año Pinochet continuó varios años como jefe de las fuerzas armadas chilenas y luego como senador vitalicio. Hoy el rol de las fuerzas armadas se mantiene inalterable. En estos días volvieron a las tareas represivas que provocaron una veintena de muertes, unas tres mil detenciones, denuncias de desapariciones y de violaciones a mujeres a quienes obligan a desnudarse en los centros de detención. ¿Así funciona una democracia cuando los sectores populares se manifiestan contra la pobreza y la desigualdad?
Hay otros datos muy elocuentes. Chile es el país más desigual de América Latina y uno de los más desiguales del mundo. El 1 por ciento más rico se apropia del 26 por ciento del ingreso nacional mientras el 50 por ciento más pobre apenas del 2 por ciento. La riqueza acumulada por el 10 por ciento más rico es 39 veces más alta que la del 10 por ciento más pobre (en Argentina esa relación es de la mitad). La Universidad de Chile es arancelada y una de las más caras del mundo. La salud, la educación y hasta el agua potable están privatizados. La mayoría de la población vive endeudada para pagar la educación de los hijos. El nivel de sindicalización de trabajadores es muy bajo producto de una legislación restrictiva, lo cual los pone en situación de extrema debilidad ante el gran poder empresario que impone condiciones laborales y salariales de explotación. En las elecciones apenas vota el 50 por ciento de los ciudadanos.

II. Esta situación de asfixia económica de los sectores populares, de opulencia obscena de la minoría pudiente y de indiferencia política de la mitad de los chilenos ¿es digna de llamarse democracia?
Chile fue el primer país de América Latina en donde la «Escuela de Chicago» impuso su receta económica neoliberal. Lo hizo luego del golpe militar -que derrocó y mató a Salvador Allende con la participación del gobierno de Estados Unidos- bajo la dictadura pinochetista porque semejante nivel de sufrimiento no podía aplicarse bajo un sistema electivo. Uno de los «chicago boys» admitió: «las recetas de Milton Friedman eran tan dolorosas que no podían imponerse (…) sin la fuerza militar y el terror político».
Esas recetas económicas siguen vigentes con un Estado mínimo; con todos los servicios, hasta la provisión de agua potable, privatizados; con importaciones libres que destruyeron su industria hasta casi desaparecer; con un perfil de neto productor y exportador de materias primas, básicamente cobre, madera y salmón; con salarios paupérrimos y sindicatos inexistentes o muy débiles; etc. El modelo económico heredado de la dictadura e intocable hasta hoy es, precisamente, el que dio como resultado la extrema desigualdad social.

III. Este estallido de indignación que hoy sacude el país es producto de tantos años de injusticia y desprecio. Por décadas el pueblo chileno fue sometido por el terror, y no solo bajo la dictadura. La primera reacción del gobierno fue hablar de «guerra» y sacar el Ejército con sus armas letales a la calle. Solo cuando vio que las movilizaciones eran masivas y no retrocedían con la represión concedió algunos beneficios homeopáticos.
«Nos sacaron tanto que hasta nos sacaron el miedo», dicen los manifestantes. Lo que no todos dicen es que también les sacaron la democracia. Aunque voten.