Un final que se presenta como castigo indebido

Señor Director:
Hace algunos días atrás nuestro diario dio noticia acerca de un nuevo tropiezo en el funcionamiento del horno crematorio municipal que se halla instalado en el cementerio del sur de Santa Rosa. Días después se supo que el problema fue superado.
Había sucedido antes luego de que la municipalidad tomase a su cargo un servicio que venía prestando la cooperativa como desarrollo de su compromiso de acompañar al asociado hasta su última morada y satisfacer su voluntad o de sus deudos en cuanto al destino de los restos.
Existe una suerte de resistencia a la cremación, atribuible a que la tradición más constante hasta hace poco ha sido la de poner los restos bajo tierra o, en un cambio importante y asimismo discutido, alojarlos en nichos más o menos amplios. Esto, a su vez, generó una serie de consecuencias, tales como las artes funerarias y las prácticas englobadas bajo la denominación de culto a los muertos que dan cuenta de otros tantos intentos inconfesados por atenuar el efecto de reconocer los vivientes una característica de la muerte, la aniquilación y el olvido. Todo ello es respetable sobre todo si se parte de la idea de que la fidelidad al recuerdo de los que pasaron es una de las maneras que tiene la humanidad de generar o restablecer una línea de continuidad y un anhelo de perduración.
Cabe advertir que es costumbre aceptada llamar “cenizas” a tales restos.
Conviene tener en cuenta que la cremación no es una innovación, puesto que se trata de una práctica muy antigua, que se ha manifestado con variantes en varias culturas. En la de la India, por caso, incluye la cremación y el acto de arrojar las cenizas a las aguas del río sagrado, el Ganges. En algunas culturas aborígenes de América también se ha manifestado, en algunos casos como alternativa de emergencia a la de dar tierra a los restos. En todos los casos, de una manera u otra, las prácticas funerarias han querido manifestar respeto por quienes han dejado de estar y la voluntad de construir una malla que lige a los seres humanos por encima de la alternancia natural del vivir y el morir. La práctica ahora en desarrollo de cremar a los muertos no se agota en tal acto, pues generalmente se cumple luego la voluntad del extinto para que algo de sus restos se reintegre a los espacios en los que transcurrió lo que él juzgó más significativo de su existencia. Los deudos asumen y satisfacen esta última voluntad como un acto de amor y reconocimiento. Las iglesias, a su vez, aceptan que las cenizas descansen en ellas, si tal es la voluntad expresada.
Por otra parte, los hombres hemos dado repetidas muestras de someternos a exigencias que se revelan prácticas o eficaces para evitar situaciones sobrevinientes de algunas prácticas tradicionales y que cuesta abandonar. Dar tierra y ámbito propio a cada extinto es una usanza que no es igual en sus efectos cuando se tiene una población escasa o una población numerosa. Por eso los enterratorios han estado evolucionando, digamos, desde las pirámides unipersonales hasta las nicheras cada vez más abigarradas. Llega un momento en que el ámbito del camposanto queda sobrepasado y fuerza a generar otros, en cuyo caso el núcleo familiar que busca mantener su cohesión a través de los tiempos, debe transitar de uno a otro enterratorio, según la densidad que vaya adquiriendo su ciudad. Así, la sacralidad de tales ámbitos que muchos admiten, da lugar a situaciones de difícil gestión.
Vaya lo dicho como expresión del deseo de que la opción crematoria, que hasta ahora ha sido expresión voluntaria o libre, sea debidamente posibilitada y respetada. El apilamiento de ataúdes en espera a veces muy prolongada, es un espectáculo lacerante y también desdoroso. En nuestro cementerio parque se ha repetido en un intervalo más bien corto y esto dispone a temer que haya descuido en la atención de obligaciones inherentes a ese nivel de servicio.
Atentamente:
JOTAVE