Una catástrofe humanitaria

Los brillos que emite la sociedad de consumo y el liberalismo exacerbado en que estamos sumidos disimulan lo que bien puede considerarse una de las mayores tragedias de la historia contemporánea. Es la que viven los millones de personas que huyen como pueden de la guerra desatada en Medio Oriente, paradójicamente la región donde surgieron las grandes religiones occidentales de carácter humanista.
La triste solución que se plantean esos seres -que ya exceden largamente los cuatro millones de personas- consiste en alcanzar Turquía (el país que alberga el mayor número de refugiados) o cruzar el mar Mediterráneo y llegar hasta el Occidente próspero. Como las embarcaciones con que lo intentan son endebles, frecuentemente la tragedia se hace presente. En lo que va de este año se estima que los muertos en el mar superan holgadamente los cuatro mil.
Pero la sociedad que vivimos, donde todo tiene un precio, oculta otros horrores. No hace mucho uno de los traficantes de personas que promueven esas huídas, arrepentido, confirmó lo que ya era sospechado: que el precio que deben pagar los migrantes que no tienen dinero no sólo es altísimo sino de una infamia superlativa. Los más “afortunados” van a parar a las redes de prostitución o de trabajo esclavo pero una enorme proporción abona su pasaje entregando un órgano, a menudo un riñón. Y por terrible que parezca la situación es peor: se han comprobado casos donde hubo grupos llevados como ganado que fueron muertos en sitios especialmente preparados donde, tras el asesinato (a veces acompañado de tortura y violación) se les extirparon diversos órganos. Estos, adecuadamente conservados, se venden después a precios altísimos a personas acaudaladas que necesitan trasplantes.
El tráfico de órganos es una organización criminal que no excluye edades y existen “bancos” donde las piezas son depositadas a la espera de un comprador.
Estas actividades supercriminales (en cuyo origen Occidente tiene parte de la responsabilidad al producir y fomentar las interminables guerras en todo el planeta) se desarrollan al amparo de la situación. Sin embargo los países más ricos, especialmente de Europa, están constantemente bregando por reducir ese flujo de desesperados a través de las medidas más diversas, postergando la solidaridad efectiva y procurando reducir la llegada de esos desdichados. Es conmovedor -y también indignante- que los más activos receptores de migrantes sean dos países pequeños y asediados por graves problemas: Líbano y Jordania, que pese a las enormes dificultades que atraviesan, con una sobresaturación en sus reducidos territorios, ejercen el humanismo que pregonan sus religiones, cristianismo e islamismo. Y además, no son responsables de la tragedia como sí lo son los países europeos que están directamente involucrados en las acciones militares que provocan estas huídas en masa de las poblaciones desesperadas.
Recientemente las Naciones Unidas concretaron una reunión sobre el problema de los refugiados pero los resultados fueron muy pobres. Los principales responsables de esta catástrofe, las potencias occidentales, solo tienen discursos para ofrecer, pero muy pocas acciones.

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