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Una clara transgresión al patrimonio público

Ya muy cerca de su final político, el neoliberalismo del gobierno macrista mantiene a rajatabla una de sus características: privatizar el patrimonio público nacional. Ahora parece ser el turno de los parques nacionales, esas maravillas de la naturaleza que la visión de Francisco Moreno y Exequiel Bustillo preservara para las generaciones futuras de Argentina.
Con los antecedentes del actual gobierno (que permitió el establecimiento del magnate Lewis apropiarse del hermoso Lago Escondido, en un área de frontera) resulta sospechable que la
Secretaría de Turismo de la Nación haya comenzado a publicitar «Oportunidades Naturales», una promoción detrás de la que se escondería uno de los habituales y nada claros negocios promovidos por el gobierno: concesiones turísticas por dos o tres décadas servidas a capitales particulares, mayormente extranjeros o amigos del poder. Con el rastacuerismo que caracteriza a este tiempo político, ya se usa en los medios interesados ese cambio: el neologismo «glamping» (mixtura de glamur y camping, o sea «campamentos glamorosos»).
El primer globo de ensayo al respecto parece estar realizándose en El Impenetrable, la reserva boscosa chaqueña de características tan singulares. El siguiente paso se daría por el lado de Cataratas del Iguazú; en ambos lugares se juntan la belleza con la diversidad biológica y la intangibilidad -hasta ahora-que garantiza un marco natural prácticamente virgen.
Lejos de las ideas e intenciones de sus creadores, el proyecto -acorde con un gobierno elitista-apuntaría al turismo internacional de alto poder adquisitivo o, lo que es lo mismo, exclusivista. Para ello se facilitarían construcciones especiales en el seno de las reservas; la preservación de la naturaleza debería ser pareja con el negocio de los adjudicatarios. Por el contrario, al igual que en otros vergonzosos enajenamientos del patrimonio nacional, se deja de lado que los parques son propiedad de millones de argentinos y que en relación con esos lugares viven distintas parcialidades, que agregan a los sitios una singularidad antropológica digna de tenerse en cuenta.
El justificativo de tan discutible política, por repetido, es previsible: las entidades no reditúan económicamente y la actividad oficial les resta fondos para su mantenimiento; el hecho que la inversión venga de otras fuentes, poniendo por delante los intereses monetarios, cambiará las reglas de la manera de tener, antes que una apreciación natural y estética de los sitios -espiritual, en definitiva-, dividendos jugosos para unos pocos.
Al margen de esta clara transgresión al patrimonio público, por lo que ha trascendido -y era de esperar- las condiciones licitatorias de este uso de los parques nacionales por empresas particulares no son de las mejores ya que incluirían manejos de la circulación interior de las áreas, una posibilidad muy de cuidado.
Las protestas que esta lamentable iniciativa ya ha generado, dentro de la caótica situación que vive el país, parecen haber inclinado al gobierno nacional a echar de momento un prudencial manto de silencio al respecto. Pero para muestra basta un botón: dentro del Parque Nacional Iguazú, cuyas cataratas son consideradas una de las Siete Maravillas del Mundo Natural, el gobierno impulsa un proyecto que incluiría licitar una considerable superficie a los efectos de desarrollar un emprendimiento privado. Según informaron las autoridades nacionales del área, la idea ya fue presentada en el exterior, donde fue muy bien recibida por posibles inversionistas ingleses.