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Una cueva pestilente

La citación a indagatoria del fiscal Carlos Stornelli por parte del juez federal Alejo Ramos Padilla abrió la caja de Pandora. Una oscura trama de complicidades con ramificaciones en el Poder Judicial, el Ejecutivo, los servicios de inteligencia y el periodismo de paladar negro quedó desnudo de pies a cabeza. Por esa razón se apeló una vez más al «periodismo de guerra» -como lo definiera el fallecido periodista de Clarín, Julio Blanck- y con él a un despliegue de estrategias que apuntan a defender a capa y espada al fiscal caído en desgracia y todo lo que su figura representa.
La señal inequívoca de que el involucramiento directo de Stornelli en la causa por extorsión a empresarios tiene sólidas evidencias probatorias y causó honda preocupación es el silencio concertado de los grandes medios porteños. Las tapas de Clarín, La Nación y otros diarios no dijeron una palabra de una noticia de tan alto impacto. Si esto hubiera ocurrido bajo el gobierno anterior y con un magistrado ajeno a las operaciones mediático-judiciales de Comodoro Py habrían aparecido titulares catástrofe durante un mes. Lo mismo puede decirse de los programas periodísticos televisivos en donde, con la sola excepción de C5N, la noticia apenas se mencionó al pasar.
La detención de Marcelo D’Alessio, el abogado trucho y columnista estrella en los medios que hoy prefieren el silencio y se desesperan por despegarse de él, le permitió al juez recolectar una impresionante cantidad de material probatorio que incriminan directamente a Stornelli, tal como se detalla en el artículo contiguo a esta columna. Por tal motivo se inició el «operativo rescate» desde Comodoro Py para quitarle esa causa radiactiva al juez Ramos Padilla. La no pertenencia del juez al «serpentario de Comodoro Pus» -Verbitsky dixit- más su reconocida ecuanimidad y rectitud son motivos suficientes para buscar su apartamiento a como dé lugar. Y ello incluye escuchas ilegales de espías de la ex SIDE -organismo que depende del Ejecutivo- como ataques furiosos de la besamanos del poder Elisa Carrió.
No menos escandaloso fue el involucramiento de Daniel Santoro, el periodista de Clarín y panelista de «Animales sueltos», el programa de Alejandro Fantino. La pesquisa del juez permitió descubrir no solo los aceitados vínculos entre Santoro con D’Alessio y Stornelli sino algo peor: según declaró uno de los implicados -un ex comisario de la bonaerense y también detenido- realizó tareas de inteligencia sobre sus compañeros de aquel espacio televisivo y entregó los datos recolectados a los espías de la AFI. La inmediata eyección del panel televisivo da cuenta de la veracidad de esta escalofriante imputación.
Semejantes revelaciones ponen al descubierto un accionar coordinado prima facie delictivo y muestra un profundo grado de descomposición institucional y relaciones promiscuas entre actores de altísima exposición política y mediática. Como nadie quiere quemarse en la defensa de semejante lodazal apareció una experta en la materia para hacerse cargo de esa tarea sucia: Elisa Carrió, siempre a mano para las peores operaciones mediáticas. Puede recordarse, entre tantas, aquella que tuvo lugar en su propia casa desde donde acusó al entonces candidato Aníbal Fernández de ser el autor intelectual del triple crimen de la efedrina a pocos días de las elecciones generales de 2015. Con el habitual respaldo de la prensa oficialista porteña, Carrió embistió con furia contra el juez Ramos Padilla con acusaciones estrafalarias y defendió en su raíd mediático al fiscal Stornelli y a Daniel Santoro. Con un discurso incendiario, una mezcolanza arbitraria de temas inconexos y la siempre presente ideología del odio, la diputada demostró que, cada tanto, tiene que pagar por los servicios de difusión que le prestan los medios. Así contribuyó con su aporte a la pestilencia de este caso.