Una elección que dejó de atraer a muy pocos

Señor Director: Por cierto que existió interés mundial. No recuerdo haberme sentido tan acompañado en mi hábito de estar atento a las presidenciales norteamericanas.
Comencé por creer que esa democracia era el original de nuestros propios ensayos. Ahora igualmente me atrae porque la Unión es la primera potencia mundial y esto significa que lo que allí suceda en una elección general tendrá inevitable repercusión en el acontecer de la Argentina y la región. También en todo el mundo.
Una singularidad de esta elección ha sido el hecho de que, al menos los observadores externos, tendieron a no identificarse con uno de los dos principales candidatos. Los que rechazaban a Trump difícilmente aceptaban a Hillary Clinton, porque esta persona ha estado mucho tiempo en la pantalla, al comienzo en su papel de primera dama en los dos períodos de Bill y desde entonces siempre en primeros planos. En esta ocasión era la mejor preparada para la función de gobernar, porque le son familiares todos los ambientes. Muchos de sus compatriotas pensaron lo mismo, aunque no todos se mostraron dispuestos a votarla. Los “blancos” la ven identificada con cambios socioeconómicos que rechazan.
En cuanto a Trump, dije en una nota reciente que me impresionaba como que hubiese tomado el testimonio de la gobernadora de Alaska, cuando, en 2004, siendo integrante de la fórmula republicana y ante la certidumbre de la derrota (contra Obama), dejó de escuchar a los consejeros que le puso el partido y resolvió buscar el voto por las suyas, que eran las de halagar o despertar todos los resentimientos y temores latentes en grandes sectores del pueblo norteamericano. ¿Estaba Trump repitiendo esa experiencia en gran escala? Muchos analistas, sin mencionar este precedente, destacan que Trump, como los Le Pen de Francia, ha hurgado y movilizado los resentimientos y los miedos actuales. Así lo dice ahora un entrenado periodista argentino radicado en Francia, Eduardo Febbro. Instalado para esta elección en Florida, puede haber elegido ese sitio por la importancia electoral del estado y también porque tiene una importante expresión de minorías: la afroamericana y la de habla hispana, que han sido el fuerte de los demócratas en esta península que fue parte del imperio español.
El día previo a la elección Febbro centró su atención en esas minorías, porque tiene la idea de que el fenómeno político norteamericano no es hoy exclusivo de ese país, sino un rasgo del momento mundial. Había observado que el rival de Hillary en la interna demócrata, el senador Sanders, un socialdemócrata, parecía tener la virtud de despertar a una gran parte de la juventud, tanto la del partido como sectores que habitualmente se marginan de los partidos e incluso que no van a votar. Claramente, este periodista tan experimentado pensaba, a partir de su experiencia en Francia, que la chance de Hillary descansaba en la actitud final de los seguidores de Sanders, de los jóvenes en general, de los grupos de izquierda que han estado apareciendo en la Unión y de las minoría negra y la de habla hispana. Finalmente, el domingo, antes de que la decisión final se concretase, escribía que la respuesta de esos sectores, por lo menos en parte, abandonaba a los demócratas. Y que esto sellaba el resultado. En la noche del lunes una multitud de jóvenes ocupó la V Avenida de Nueva York para repudiar a Trump, pero no es seguro que todos ellos votasen por Hillary. El sector obrero de clase media, fuertemente lastimado por la crisis de 2008 y desplazado de su lugar por la robotización de la industria, recibía bien el mensaje de Trump, lo mismo que en Francia hacen sectores que siempre apoyaron a la socialdemocracia y hoy votan a Le Pen. Febbro dice que Trump es un Le Pen norteamericano.
El fondo de este modo de ver es la creencia de que un mismo factor gravita en la suerte política de Europa, América y otras regiones.
Atentamente:
Jotavé

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