Una mala noticia para el mundo

Los diputados y senadores que se ampararon con excusas inversosímiles para justificar la “necesidad” de aprobar en el Congreso el ruinoso acuerdo con los fondos buitre deberían leer lo que escribió el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz. El destacado economista sostuvo que los términos de la negociación que aceptó resignadamente Argentina es una “excelente noticia” para el pequeño grupo de financistas especuladores pero es “terrible para el resto del mundo”.
En un artículo publicado en el diario New York Times y cuya firma comparte con su colega argentino Martín Guzmán, sostiene que la forma en que nuestro país va a pagar pone en riesgo futuros procesos de reestructuración de deudas soberanas. “¿Por qué un tenedor de bonos aceptaría una quita si pueden esperar y obtener retornos exorbitantes por una pequeña inversión?”, expresó Stiglitz y reclamó que se continúe en el marco de las Naciones Unidas la discusión para lograr un marco internacional que incorpore los nueve principios básicos para la reestructuración de deudas soberanas.
El Nobel elogió la forma en que se llevó a cabo la negociación con los acreedores externos de Argentina hasta 2015. Ese proceso, sostuvo, permitió al país un crecimiento económico, una reducción drástica de la desocupación y, por lo tanto, mejores condiciones para afrontar las presiones externas de los especuladores financieros que buscan litigar en tribunales amistosos. En un párrafo muy significativo el economista planteó que “el pago de Argentina a los buitres implicará un precio muy elevado para el sistema financiero internacional ya que alentará a otros fondos a convertirse en holdouts volviendo virtualmente imposibles la reestructuraciones de deuda”.
Al referirse a la experiencia histórica en la materia, Stiglitz, quien es profesor de la Universidad de Columbia, recuerda que al momento de renegociar “con consecuencias devastadoras, la mayoría de los países se ven intimidados por sus acreedores y aceptan lo que les demandan”; y advierte que la mayoría de las reestructuraciones de deuda desde 1980 fueron seguidas de una segunda reestructuración o desembocaron en un default a los cinco años. Entre otros, cita el caso de Grecia que reestructuró su deuda en 2012 y a los pocos años vuelve a necesitar “desesperadamente un nuevo alivio”.
Estas expresiones de un destacado economista estadounidense quien está libre de toda sospecha de parcialidad política sirve para echar luz sobre una negociación que fue presentada como la única alternativa. En verdad, lo que queda claro es que con la llegada del macrismo al gobierno, y el acomodamiento oportunista de buena parte del arco opositor, especialmente de amplios sectores del peronismo, se revirtió un posicionamiento de firmeza que hasta 2015 tuvo Argentina ante los usureros globales. En muy poco tiempo, nuestro país se arrodilló a las exigencias de un juez municipal y un puñado -aunque ciertamente muy poderoso- de bonistas que no invirtieron en el país sino que compraron bonos en default a un precio irrisorio para luego litigar ante jueces complacientes. El objetivo: volver a endeudarnos con la banca internacional.