Una seria falta de autocrítica

El principal referente local del oficialismo nacional pareciera no salir de su estupefacción con relación a la derrota (ajustada, pero derrota al fin) sufrida por su fuerza política en las últimas elecciones legislativas provinciales.
Su malestar se explica -aunque no haya sido su nombre el que lucía la boleta derrotada- ya que claramente estas elecciones estaban diseñadas para ser la plataforma de su candidatura a gobernador en las elecciones de 2019. De hecho, había lanzado esa postulación, entre bombos y platillos, tras el resultado favorable de las PASO de agosto. En octubre, en cambio, omitió toda referencia al respecto: los instrumentos de percusión se habían trasladado a la sede del PJ.
Podría especularse si su contrariedad tiene origen en la falta de veteranía de este ex futbolista en las lides políticas. Quien venga observando las elecciones pampeanas, habrá advertido ya reiteradamente que el voto justicialista -sobre todo en el norte provincial- gusta de tomarse vacaciones y visitar las internas de otros partidos, para volver luego, disciplinadamente, a favorecer a los candidatos propios cuando la urgencia así lo demanda.
Puede que su extrañeza tenga relación con el hecho de que ha sido un órgano judicial el que acaba de dar por tierra con sus impugnaciones al comicio, acostumbrado como está el gobierno nacional a que los jueces -sobre todo, aquellos con asiento en la Capital Federal- le den la razón hasta en sus caprichos, y a veces, más allá incluso de sus propios deseos.
Podría señalarse que hay en la actitud del dirigente en cuestión una seria falta de autocrítica: las supuestas deficiencias señaladas en el comicio, además de haber sido denunciadas cuando ya todos los plazos procesales estaban vencidos, pudieron y debieron ser advertidas por los fiscales de su propia fuerza política en el momento mismo de cerrarse las mesas de votación. Teniendo como aliado provincial a un partido centenario, con presencia efectiva en todas las localidades del distrito, no aparece plausible alegar la propia torpeza en este elemental trabajo político.
Probablemente, entonces, el declamado malestar no sea tal. Acaso estemos presenciando una sobreactuación, como las que gustan de ejecutar los futbolistas que, víctimas de una infracción, tratan de exagerar su gravedad para provocar una sanción más grave al equipo contrario.
En esto, la conducta aquí analizada no sería sino una manifestación más del proceder político de su fuerza, adepta confesa a ese sofisma moderno denominado “posverdad”. En este orden de convicciones y procederes, lo importante nunca es establecer cuál es la realidad de las cosas, sino crear una confusión lo bastante extendida como para también confundir al votante y mejorar la propia pesca en ese río revuelto. Así fue, por ejemplo, como se produjo la grosera manipulación del resultado bonaerense en las PASO, para crear una sensación de triunfo electoral donde no lo había habido.
Sin embargo, y mal que le pese al oficialismo nacional, la realidad sigue existiendo. Una realidad que se puede medir claramente en números: el aumento brutal de la deuda externa, el aumento de la desocupación, la caída del poder adquisitivo, el cierre de empresas. Incluso el evidente deterioro de las instituciones republicanas puede ser medido, en la cantidad de procedimientos judiciales arbitrarios, la cantidad de operaciones políticas espurias y de opositores perseguidos, la cantidad de fallos adversos a nuestro país en los organismos internacionales de derechos humanos.
La sociedad argentina puede haber mostrado en el pasado su gusto por vivir en la ficción, como lo demostraron los fenómenos de la “plata dulce”, y luego, el del “uno a uno”. El problema es que esas fantasías, como las películas, tarde o temprano se terminan.