Una explosión de rebeldía libertaria

Exactamente cuarenta años atrás, en un día como hoy, mientras los tanques salían a la calle, la huelga general descendía sobre la Nación y los estudiantes, enarbolando pancartas con Mao Tse Tung, Fidel Castro y Che Guevara se batían de igual a igual con miles de policías. El ejecutivo, tan altivo antes, se veía obligado a consultar al Ejército si contaba con su apoyo y el país cerraba sus fronteras, temeroso de la catástrofe. Temblaban los cimientos de un capitalismo hasta entonces inamovible.
Disculpará el lector este comienzo digno del “día de los inocentes”, pero la descripción -absolutamente fidedigna- no corresponde a la Argentina ni a ningún país latinoamericano: esboza, sintéticamente, la situación de Francia durante los sucesos de 1978 conocidos como el Mayo Francés. Pese a que los medios de difusión se han ocupado extensamente del aniversario, aquel sacudón al corazón de Occidente fue de tal magnitud que un análisis más se vuelve irresistible.
El ir y venir de la historia que teorizaba el italiano Giambattista Vicco, suele deparar esos movimientos inesperados; la explosión en medio de la calma; el cuestionamiento en medio de los valores establecidos; la pueblada cuando nadie la esperaba y en el lugar menos pensado. Francis Fukuyama debió haber leído más sobre el Mayo Francés antes de postular su endeble “fin de la historia”.
No hay un acuerdo definitivo sobre las causas de aquel acontecimiento, como no las hubo entre las motivaciones de sus propios protagonistas. En el movimiento se dieron elementos como la disconformidad frente al conservadurismo de posguerra, la infame guerra de Vietnam, los coletazos de la llamada “revolución sexual”, la injusticia social para con los más desposeídos, los replanteos del anarquismo… Tan múltiples son las raíces del movimiento que ninguna ideología se animó a arrogarse su paternidad, tan caóticos sus comienzos que algunas organizaciones políticas que lo combatían al comienzos terminaron por unírsele sumándose a las manifestaciones en las calles.
Fue una racha de libertad contenida, una revolución -han dicho algunos historiadores- sin contenido ni programa. Los franceses reivindicaron su condición de pueblo revolucionario y humillaron al orgulloso Charles De Gaulle -un gran conservadoren el amplio sentido de la expresión- que había sostenido hasta entonces el mito impulsor de “la grandeur” de su país y la intocabilidad de su persona.
También fue una manifestación de vuelo del pensamiento. Por más que no pasaran de originales grafitis es imposible olvidar aquellos apotegmas que proclamaban “prohibido prohibir”, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, “la imaginación al poder” o “soy marxista de la tendencia de Groucho”
Las consecuencias del Mayo Francés fueron múltiples, especialmente en lo ideológico y lo político, pero ambiguas. Es cierto que se extendieron a varios países, pero los gobiernos aprendieron la lección mirándose en el espejo de Francia y los ímpetus revolucionarios se aventaron con el tiempo. En algún caso los soñadores de esos años, rebeldes en los sesenta, terminaron integrados al sistema que criticaron en los libros y en las calles. Los voceros del neoliberalismo también aportaron lo suyo para que aquellas jornadas tremendas quedaran más como anécdotas que como una inusual expresión de libertad necesaria. Hoy, pese a haber sido fagocitado por el enfoque del mundo unipolar, aquel lejano movimiento obrero y estudiantil sigue valiendo como ejemplo de la ambición, rebeldía e imprevisibilidad del espíritu humano.