Una segunda lectura a los cambios en el gabinete de CFK

Cristina Fernández reapareció en público, ratificó el rumbo del gobierno y al mismo tiempo introdujo cambios en el equipo ministerial. ¿Qué implican los nuevos nombres?
Eduardo Lucita*
Pasado un mes y medio largo de convalecencia la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, se reintegró a sus funciones, ratificó el rumbo del gobierno al mismo tiempo que introdujo cambios en el equipo ministerial. ¿Qué implican estos cambios? ¿Qué lectura política arrojan los mismos?
La semana anterior, luego de 47 días de reclusión en Olivos por estricta prescripción médica, Cristina Fernández reapareció en público. Contrariando versiones de diversa procedencia, incluso de quienes arteramente compararon su estado de salud con el de “un vegetal”, mostró buena y saludable presencia física, incluso que sus dotes de oradora están intactas.

Nueva comunicación.
No hay dudas la presidenta retoma sus funciones y continuará siendo el eje del poder político en el país, no obstante es que muy probablemente su exposición pública no tendrá la densidad anterior. Ese vacío será cubierto por el nuevo jefe de Gabinete y adicionalmente por el nuevo ministro de Economía, Jorge Capitanich y Axel Kicillof respectivamente, ambos de fuerte personalidad y capacidad discursiva. Todo indica que habrá una nueva política comunicacional del gobierno. Así al menos lo anuncian las conferencias de prensa diarias y la convocatoria al diálogo político-social.

Lecturas
Nadie duda que estos y otros cambios hayan sido impuestos tanto por los resultados electorales del 27 de octubre como por una situación económica por demás compleja. Estos ingresos son susceptibles de diversas lecturas según con que cristal se los mire, ya que tienen implicancias político-ideológicas y económicas. Veamos.
Aún cuando en su alocución en el Patio de las Palmeras de la Casa Rosada la presidenta haya puesto énfasis en la continuación y en la “profundización del modelo” es inocultable que el gobierno busca oxigenarse e ingresar en una nueva etapa mucho más pragmática -el acuerdo con Repsol, como antes los fue con el Caidi, es un claro indicador de la nueva orientación-.

El nuevo jefe de Gabinete: Se trata de un peronista clásico, católico y conservador según su propia definición. Que además es un gobernador reelegido por una mayoría aplastante de votos, con experiencia de gestión y que ya ha ocupado ese puesto en épocas difíciles.
Esta designación es primero un claro mensaje al interior del PJ y al peso que en el tiene la llamada “Liga de Gobernadores”. Hay que recordar que en la crisis del 2001-2002 fueron los mandatarios provinciales quienes designaron primero y sacaron después a Adolfo Rodríguez Saá como presidente provisional, y luego lo reemplazaron por Eduardo Duhalde. Apoyándose en esta liga el gobierno intenta neutralizar o recortar el avance que el Frente Renovador busca lograr con los intendentes para nacionalizar la figura de Sergio Massa, por ahora solo visible en Provincia de Buenos aires.
Pero Capitanich es también un católico ferviente, muchas de sus concepciones rozan el integrismo, por lo que su presencia busca afianzar la nueva relación del gobierno con la Iglesia. Relación que comenzó a tejerse a partir de la designación de Francisco Bergoglio como nuevo Papa.
No será de extrañar si desde ahora en adelante la separación de la Iglesia y el Estado se muestre mucho más desdibujada aún y que las expectativas puestas en la ampliación de nuevos derechos – como lo fueron el matrimonio igualitario o la ley de muerte digna- que se expresaron en el multitudinario 28 Encuentro Nacional de Mujeres reunido este fin de semana en San Juan, terminen encaminadas a una vía muerta (las presiones de la Iglesia en relación a la reforma del Código Civil son solo un primer indicio). Por último la jefatura de gabinete es una plataforma de lanzamiento nada despreciable para cualquier presidenciable, y parece que Capitanich puede serlo

El nuevo ministro de Economía: En los planteos presidenciales no existiría una situación compleja en la economía, si así fuera no se comprende por qué se cambió a la plana mayor del ministerio. No se trata como dice la oposición derechista de una crisis terminal del modelo, de una situación explosiva, pero sí de que la economía muestra una acumulación de desequilibrios cada vez más profundos y preocupantes.
En este contexto la designación de Kicillof busca más coherencia en el equipo económico y será el primer ministro en el área que puede considerarse como tal desde la salida de Roberto Lavagna. El desplazamiento del “súper secretario” de Comercio Interior, Guillermo Moreno, es todo un símbolo en este sentido, pero también hay que computar que responde a las presiones de la oposición derechista y a los grupos más concentrados de la economía.
Moreno encarnó, más que ningún otro funcionario en el gobierno, el enfrentamiento con los grupos monopólicos por el control de precios y otras variables económicas, aunque más de una vez terminó acordando con estos. Fracasó en casi todos sus intentos aunque debe computarse en su haber que fue quién alertó sobre las consecuencias de la restricción externa. En contrapartida carga sobre sus espaldas la destrucción del Indec, uno de los pocos organismos del Estado respetado y con un equipo técnico-profesional reconocido internacionalmente, y sobre todo el haber actuado despóticamente sobre los trabajadores de ese organismo. Algo sobre lo que alguna vez habrá de rendir cuentas.
Más allá de las disquisiciones trasnochadas de algunos gurúes de la “City” que ven en Kicillof un marxista académico o un “rojillo peligroso”, este se inscribe teóricamente en el keynesianismo de izquierda, si se prefiere en un neokeynesianismo, que demuestra un conocimiento acabado de la historia económica argentina, que lo diferencia de los ministros anteriores en esta década. Privilegia la intervención del Estado en la economía -algo que puede verse en numerosos países en la crisis actual- pero alejada del empirismo de Moreno, por el contrario sustentado en análisis y estudios de cada caso concreto.

Desequilibrios.
Tanto el nuevo jefe de Gabinete como el nuevo ministro de Economía han declarado que tratarán de reordenar los desequilibrios macroeconómicos: la inflación estructural, aunque se la defina eufemísticamente como variación de precios; la restricción externa, faltante de divisas causal de la caída permanente de las reservas internacionales; la emisión monetaria, originada masivamente en la necesidad de financiar subsidios varios. Ambos ministros han señalado que estos ajustes -aunque no los llamen así- se harán sin afectar “los intereses de los empresarios ni de los trabajadores”.
Cabe preguntarse entonces: ¿Cómo se frenará la suba de los precios? ¿Analizando efectivamente la estructura de costos de las formadoras de precios y actuando en consecuencia o poniendo límites al alza de los salarios? ¿Cómo se resolverá el faltante de divisas? ¿Taponando las mil bocas de escurrimiento de los dólares y por lo tanto imponiendo un control cambiario integral y efectivo que incluya también a la banca o recurriendo al endeudamiento externo con las consecuencias previsibles a futuro? ¿Cómo se logrará el equilibrio fiscal? ¿Recuperando las contribuciones patronales cedidas por Cavallo, revisando una a una las exenciones impositivas a las empresas, redefiniendo la política tributaria en forma progresiva o solo eliminando subsidios vía aumento de tarifas? El aumento de los combustibles de esta semana y el alza de las acciones de Edenor en Wall Street preanuncian esto último.
Como puede verse, todo depende de qué opción se tome, y en este sentido no es posible dejar contentos a todos. O se beneficia a los trabajadores y a los sectores populares afectando la ganancia empresaria y a los especuladores de todo tipo, o se privilegia a la rentabilidad del capital y al sector financiero.

Diálogos.
Una vez más el gobierno, como ya lo hizo en otras oportunidades frustradas, intentará formular un acuerdo de precios y salarios mediado por el Estado. Lo que antes se llamaba concertación o pacto social, no otra cosa esconde el llamado al diálogo. Pero esta convocatoria no llega en un momento distendido. Por el contrario la disputa por la apropiación de la riqueza social está en el centro de las preocupaciones de unos y otros.
Hay puja distributiva en la relación capital/trabajo, donde el trabajo busca mejorar o mantener las condiciones de venta de su fuerza laboral, mientras que el capital quiere preservar su tasa de ganancias. Pero hay también una confrontación intercapitalista, donde las diferentes fracciones disputan la apropiación de una mayor porción del excedente económico y así mejorar su posicionamiento con miras al futuro inmediato.
El cielo en el que caen las propuestas del gobierno, no es precisamente un cielo sereno.

*Integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda