Unico dique contra el poder económico

Hay que hacer esfuerzo para recordar otra movilización de trabajadores tan multitudinaria como la que tuvo lugar este viernes. Y esa dificultad es mayor si se tiene en cuenta que tuvo lugar a menos de cinco meses de asumido un nuevo gobierno nacional. “No fue magia”, podría decirse parafraseando a la presidenta anterior. Es que “Macri lo hizo” con un paquete de medidas que lanzó sin anestesia apenas llegó a la Casa Rosada para explotar al máximo su flamante capital político nacido del ballotage.
Estos pocos meses de gestión alcanzaron, y sobraron, para mostrar el perfil ideológico del gobierno macrista con meridiana claridad. Su férreo alineamiento con los sectores más concentrados de la economía y su indiferencia hacia los que están en la parte media y baja de la pirámide social operó el milagro de reunir en una gran protesta a cuatro de las cinco centrales sindicales en tan corto tiempo. La ausencia de Luis Barrionuevo y el Momo Venegas le aportó más brillo porque dejó afuera a lo menos presentable del amplio espectro gremial.
Podrán discutirse cifras de asistentes pero nadie podrá quitarle entidad porque la convocatoria fue imponente y las imágenes aéreas del acto lo corroboraron. Así, la movilización alcanzó una fuerte significación. Demostró que en Argentina el movimiento sindical organizado es una fuerza poderosa que debe enfrentar cualquier intento de imponer las ya conocidas políticas neoliberales con su secuela de concentración de la riqueza y de exclusión de las mayorías.
El ciclo kirchnerista que finalizó en diciembre dejó como “pesada herencia” para la clase trabajadora un bagaje de conquistas laborales y sociales cuya defensa hoy está operando como estímulo para reflotar la tradición combativa sindical ante un avance de la derecha que va por ellas. Cuando los grandes empresarios, es decir los hombres más ricos del país, hablan de “bajar el costo laboral argentino”, los gremios ya saben de qué se trata. Si esas palabras se reconocen en un programa de gobierno que beneficia ostensiblemente a las corporaciones y castiga con dureza a trabajadores y jubilados, no hace demasiado combustible para ganar la calle y hacerle ver a esa clase privilegiada que los números en una planilla de cálculo son personas con necesidades que no quieren perder lo que tanto les costó ganar.
Los trabajadores organizados son hoy, en Argentina y en todo el mundo, la barrera más sólida que se puede oponer contra los atropellos de los gobiernos de derecha, alineados con los poderes financieros y económicos globales. Sólo la movilización, la presencia de las mayorías en las calles, puede acumular la suficiente energía para frenar la prepotencia de un modelo que se despliega para acumular cada vez más riqueza en menos manos y, como contracara, condenar a quienes viven de un salario o una jubilación a una vida de subsistencia y de expectativas frustradas.
Este partido no se juega solo en nuestro país. Toda América Latina y el resto del mundo forman parte de la arena política global de un enfrentamiento que definirá si la riqueza que genera la sociedad será apropiada por unos pocos poderosos o distribuida con equidad entre todos.