Usos y abusos de las encuestas en la política pampeana

UNA TENDENCIA QUE SE IMPONE

Norberto G. Asquini – La tendencia al uso de una herramienta electoral como es la encuesta se ha ido incrementando en las últimas campañas en La Pampa. Su necesidad en la política actual, los mitos en torno a la difusión de los sondeos y cómo los cálculos algunas veces fallan.
La política pampeana ha ido cambiando en la última década y uno de esos signos es la utilización de las encuestas con mayor habitualidad que antes como herramienta electoral y de comunicación. En elecciones anteriores, los medios de la provincia apenas conseguían algún sondeo y, sobre todo, se lograba publicarlo con dificultad. Es que cada fuerza da a conocer lo que quiere que se conozca, no todo, y a la vez no solo hay lecturas que son interesadas sino que pueden llegar a cambiar los números que contienen. También cuenta que en La Pampa, una provincia “chica” en la que “todos nos conocemos” la política todavía se mueve en los carriles tradicionales y las innovaciones tienen un impacto mucho más moderado que en otros lugares.
Pero en las últimas tres votaciones la tendencia pareció cambiar. Y para las campañas de 2015 se puede profundizar. De hecho, ya se publicaron en los últimos meses, cuando ni siquiera están lanzados todos los precandidatos a gobernador, seis encuestas. Entre ellas una del vernismo, una de Javier “Colo” Mac Allister, un sondeo del kirchnerismo, una del massismo local y otra que llegó a través de la gente de Francisco Torroba. Se conoce que dos más se relevaron en diciembre en Santa Rosa, una está fue encargada y otras dos ya finalizadas están en manos de dirigentes que tienen la intención de postularse este año -y una puede ser presentada en poco tiempo más-. Y sin mencionar que todos los meses el gobierno nacional hace un sondeo propio.

Necesidad de los sondeos.
Si hace una década había estudios de opinión o intención de votos, éstos no abundaban por sus costos, otros tenían falencias en su elaboración y hasta quedaban envueltos en el secretismo y bajo siete llaves por parte de los candidatos y su entorno. Muchos no querían difundirlas. Por un lado, para no dar herramientas a sus potenciales adversarios; por otro, porque una encuesta tiene su costo monetario, y en muchos casos se entendía que encarar un análisis de ese tipo resultaba un despilfarro.
Pero las cosas comenzaron a cambiar. Si antes un candidato encaraba una campaña según su intuición, con la sola asesoría de su entorno y la contratación de un equipo de difusión semiprofesional y local, ahora se contrata consultoras y encuestadoras de renombre de fuera de la provincia, la cartelería es mucho más profesional y los temas de la agenda y la campaña los marca, para bien y para mal, los sondeos de opinión.
No se puede encarar una campaña “moderna” en La Pampa sin contar con una encuesta fiable para saber dónde está parado el postulante y qué nivel de conocimiento y cómo lo conoce la ciudadanía. Pero, igualmente, es solo una herramienta, aunque algunos lo tomen como una predicción.

Usos y abusos.
Por supuesto, se les da a las campañas también un uso publicitario para intentar moldear la opinión pública. Para la mayoría, sirve para instalar un candidato y fomentar que el votante se sume al “carro ganador” o se sume al voto útil hacia el más favorecido, por eso tratan de difundirlas en los medios masivos. Para el encuestador Hugo Jaime, que se preguntó sobre esa situación y se contestó con algunos ejemplos prácticos en el libro “Qué tenemos en la cabeza cuando votamos”, no existe evidencia de dicha influencia para generar cambios en el clima social. La publicación puede incidir en el cambio de intención de voto y en las opiniones en tanto sea parte de una campaña de difusión intencional. Pero es relativo y no lineal. Que genere algún tipo de efecto dependerá, entonces, de la credibilidad de dicha campaña, del contexto social y cultural en que se desarrolle y del marco político existente. Y lo resume: es difícil calcular cuál va a ser la respuesta del electorado. Otro dato: cerca de la mitad de los votantes presta atención a lo que dicen.
Que el vernismo, celoso antes de sus encuestas, publicara el año pasado una en la que lo da al senador Carlos Verna primero y cómodo, es un ejemplo. En 2011 lo hizo el sector de Luis Larrañaga cuando disputaba con Jorge Lezcano ser el postulante de Verna en la capital provincial. Una dudosa muestra lo daba como el principal candidato del PJ y a Lezcano por debajo del uno por ciento. En la interna partidaria hubo un empate técnico entre ambos y hasta denuncias de fraude. No hace mucho el massismo pampeano difundió un sondeo en el que colocaba a su candidato a gobernador entre los primeros números. Fue muy poco creíble.

Partir de abajo.
La política no es matemática, pesan los nombres y los votantes independientes, pero también los aparatos y el “reparto”. Las encuestas son apenas un instrumento, una hoja de ruta, para saber cómo están los apoyos en un determinado momento. Son augurios y un cuadro de situación de un momento dado cuyos números pueden varias hasta horas antes de la votación final. En 2013, el marinismo pretendía que el jorgismo, a falta de un precandidato para diputado nacional mejor posicionado, el conocimiento que había de Francisco Torroba por el Frepam y la interna con el vernismo, diera el visto bueno a uno suyo para encabezar una lista de unidad. El nombre posible del jorgismo era Gustavo Fernández Mendía y medía el 9 por ciento en Santa Rosa. El día anterior a que la línea anunciara el nombre en un encuentro de intendentes, se publicó una encuesta que lo posicionaba mejor a Espartaco Marín que al entonces ministro. Se intentó de esa manera forzar una decisión ya tomada. Sin embargo, el jorgismo ganó la primaria -que también mostró la intención de voto que había hacia Marín- y también la general.
En ese caso concreto está pensando hoy el jorgismo. Si hoy sus posibles precandidatos -se ha medido a cinco en diferentes sondeos- marquen el 4 por ciento por debajo del 30 por ciento de Verna, tiene su peso, pero no determina ningún escenario. Desde Casa de Gobierno se analiza que Verna tiene más del 90 por ciento de conocimiento y que ningún postulante jorgista todavía está lanzado, que será empujado por el efecto del voto al oficialismo y que, además, tiene el “aparato” estatal y el apoyo de Oscar Mario Jorge que mantiene un alto nivel de aceptación.

Voto útil.
Mac Allister ha hecho uso de estrategias de comunicación masivas usadas por el PRO a nivel nacional y las encuestas son parte de esa estrategia. La última semana antes de octubre de 2013 difundió la última medición que apareció en los medios en la que pasaba del 9 por ciento obtenido en las primarias a un 18 por ciento que lo colocaba en el Congreso. Una diferencia que pareció sospechosa. Sacó el 19 por ciento, y el sondeo pudo haber influido en el voto útil o bronca de los votantes peronistas que no querían adherir a la boleta oficialista. Este año, algunos sondeos lo muestran con el 11 por ciento de intención de voto, y utiliza a su favor la variable de la adhesión al presidenciable Mauricio Macri que está cercano al 20 por ciento.

Número relativos.
Haime indica con ejemplos de cómo las burbujas de opinión pública respecto a la invencibilidad de un candidato, más allá de que se lo vote o no, pueden ser engañosas porque en las bases de la sociedad pasa otra cosa. En ese sentido, lo relativo que son las mediciones y los números puestos en los sondeos se hizo sentir en 2011 en Santa Rosa. En esa elección Torroba encabezaba desde el año anterior todas las mediciones para lograr la reelección, llegando hasta el 44 por ciento de las intenciones de votos para intendente. Pero en octubre de 2011 se impuso por escaso margen un “out sider” de la política como era Larrañaga, con el peso del voto peronista y el empuje arrastre de la boleta de la presidenta Cristina Fernández. Este ejemplo y el del jorgismo en 2013 muestran cómo pesa todavía el peso de la estructura oficialista y el voto identitario del peronismo, que algunos llaman “cautivo”.

Lo que marca el poder.
Pero si las encuestas pueden influir en un votante en el que son habituales las decisiones electorales de último momento, no ocurre así en un tipo de sociedad donde los vínculos entre los ciudadanos y el poder son más primarizados, donde no hay tantas intermediaciones como puede ocurrir en la sociedad pampeana, en la que el Estado está más presente que en otros espacios, las identidades políticas más marcadas o los oficialismos crean lazos de lealtad distintos. De hecho, hemos dado más arriba ejemplos de “anomalías” que se produjeron entre los sondeos previos y los resultados finales. En ese sentido, las encuestas que han mostrado la continuidad del PJ en el poder siguen acertando. Por eso mismo, más allá de la distancia que hoy Mac Allister parece tomar de una alianza con el Frepam, Torroba insiste en su táctica de seducción, porque los números no le dan en solitario para tener una mayor competitividad.
Finalmente, tres consideraciones que Haime pone en duda: por un lado que los entrevistados en las encuestas contesten linealmente sobre lo que van a hacer, porque se evalúan aspectos racionales cuando hay un componente emotivo en las decisiones que entran en juego el día de las elecciones. Que gente tome sus decisiones de voto de acuerdo con el clima social que captan y que los medios de comunicación “sin mediaciones” generen adhesiones hacia un candidato en la opinión pública.