Valores inquietantes

Los valores dados a conocer recientemente por la Secretaría de Ambiente de la Nación resultan, cuanto menos, inquietantes: nada menos que cien millones de hectáreas están sometidas al riesgo cierto de erosión hídrica, y esa superficie crece de año en año. No solamente eso: también la erosión eólica contribuye, y mucho, a la degradación de los suelos.
Para comprender este riesgo se debe conocer una verdad sencilla e incontrastable: en la base de nuestra cultura está el suelo fértil o, dicho de forma más elocuente, todo nuestro desarrollo cultural (usada esta palabra en un sentido amplio) se debe a la existencia de una capa arable de unos 40 centímetros de profundidad y a que llueve. De allí entonces que no detener ese deterioro es una especie de suicidio lento que afronta una humanidad que en los últimos cien años ha duplicado su población la que, obviamente, reclama una subsistencia alimentaria.
Según estimaciones de la FAO (el organismo de Naciones Unidas para la agricultura) unos 7.000 kilómetros de tierras aptas para el cultivo se pierden cada año por obra de la erosión en sus distintas formas. Esa cifra equivale aproximadamente a la mitad de la superficie de nuestra provincia.
Nuestro país, uno de los mejor dotados del mundo en materia de suelos aptos para la agricultura, ha tenido distintas alternativas en la materia. Hubo un tiempo en que los grupos CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola) motivados por un enfoque adecuado y técnicos capaces, se abocó al problema con buenos resultados, pero también hubo épocas -los años setenta, bajo gobierno militar-, en que inexplicablemente fueron desmantelados todos los organismos nacionales de lucha contra la erosión.
A lo dicho sobre la erosión directa se debe agregar la que indirectamente motiva un aprovechamiento irracional y acaba en poco tiempo con la producción efectiva de los suelos. En el caso de arrendatarios, los empuja a una agricultura itinerante en la que se repiten los errores, degradando y agotando la capa fértil. Esa actitud insensata -a menudo basada en el desconocimiento o el afán de ganancia- se ha advertido en muchos lugares del mundo, inclusive en partes de nuestro país.
La falta de un enfoque global está en el fondo de estos problemas que acaban llevando al mar o los embalses a miles de toneladas de suelo fértil, y hay ejemplos cercanos. Poco meses atrás, el trato inadecuado de suelos con pendientes hizo que se originara en la vecina provincia de San Luis “un nuevo río” de unos 60 kilómetros de longitud, originado en una cárcava. Asimismo, algunos años atrás la tala indiscriminada de los bosques en las sierras cordobesas al quitar esa protección del suelo cuando las lluvias fueron abundantes provocó grandes crecidas en los arroyos serranos con muy considerables daños, en las rutas especialmente.
El ingeniero Jorge Molina, pionero y autoridad mundial en la materia, destacó el problema en términos de proyección futura, por cierto que alarmante, poniendo énfasis en los riesgos del avance indiscriminado de las fronteras agropecuarias, tal como ocurre actualmente con la soja. Ese profesional no solamente conceptualizó el problema; también lo tradujo en números elocuentes y comparativos respecto a los valores de mejoramiento de los suelos en forma de fertilizantes o de un aprovechamiento más racional del nitrógeno que ofrece la naturaleza, si se la trata adecuadamente. Además esas cifras, llevadas a comparaciones con la energía que se obtiene de los combustibles fósiles, son más que elocuentes.
Al considerar las enormes cifras de erosión que afectan directamente a nuestros recursos naturales -especialmente el suelo- se debe tener en cuenta que ellos son y serán la base de nuestro crecimiento, por más que en la actualidad se atraviesa una etapa negativa en su preservación. Dicho de otro modo: “necesitamos un desarrollo basado en nuestros propios recursos, entre ellos el espacio” racionalmente aprovechado.