Variedad y tristeza en el acaecer de la Argentina

Señor Director:
Como es corriente, la información que nos depara cada día presenta esa variedad de matices que si bien incitan hasta abrumadoramente a la búsqueda de la felicidad no ocultan, sin embargo, desenlaces que son como avisos de que la frustración y la tragedia también forman parte de la realidad humana y, en un sentido más amplio, de la presencia de la vida en el planeta.
Los diarios de ayer depararon dos notas particularmente sombrías: por un lado, la de dos niños de Quilmes, que murieron en una heladera en desuso, y un informe de la inteligencia naval de los Estados Unidos, que da cuenta del final del submarino argentino ARA San Juan, desaparecido hace dos meses en el Atlántico sur. El caso de los dos pequeños, llamados Vicente Tiziano, de 5 años, y Kevin García, de 4, hijos de familias emparentadas. Dado que disponían de bicicleta propia, ambos se habían encontrado temprano para hacer un recorrido no anunciado. Ante la denuncia por la demora de su regreso, la policía se puso a buscarlos y terminó hallándolos en el patio de una de las dos familias. Estaban en el interior de una heladera en desuso, abandonada en el lugar. Dado que no presentaban lesiones, la primera hipótesis es que se metieron en esa heladera y de alguna manera se cerró la puerta y murieron por asfixia.
Si bien mi memoria no me da precisiones, me consta que tiene registrado más de un caso anterior, uno de ellos muy similar al de Quilmes. De no surgir algún elemento nuevo que oriente la investigación, todo indica que los chicos se introdujeron en esa heladera en el curso de un juego de exploración del mundo real, como fue el de cavar una cueva en un antiguo médano de Santa Rosa que he relatado unos días atrás. Cuando se empieza a salir de la custodia estricta de los mayores crece rápidamente la tendencia a explorar lo desconocido y aquello que nos ocultaron o negaron en una apelación al miedo, que sería el freno de la imprudencia. Por lo demás, las heladeras se configuran como un símbolo para los pequeños, pues allí está lo rico y también el objeto de advertencias y, en casos, reprimendas de los mayores.
En el caso del ARA San Juan, lo que relata el diario francés Le Monde, basado en la detección hecha en un centro de investigación de explosiones atómicas, da por cierto que el submarino, luego de su aviso de tener dificultades, se sumergió hasta una profundidad inhabitual (400 metros) y allí se produjo una implosión que deshizo su casco en un instante de solamente 40 milisegundos: 0.040 de un segundo. Entró agua del mar y la presión potencial del agua, convertida en energía cinética, produjo la implosión que destruyó el casco del San Juan y mandó sus restos al fondo del mar.
En cuanto a la tripulación, el informe prosigue con su objetividad y su cruda franqueza. Todos ellos no tuvieron tiempo de tomar en cuenta que pasaban de la vida a la muerte. Los 40 milisegundos de la implosión pasaron velozmente y destruyeron la materia viva del mismo modo que el casco del submarino. La marina argentina dice haber recibido este informe, pero que prosigue la búsqueda, ahora con el solo apoyo de naves rusas. Esta actitud guarda correspondencia con la de los familiares de los submarinistas, quienes siguen aferrados a la esperanza. Si bien no puede objetarse la decisión de seguir buscando, cabe esperar que al mismo tiempo se estén llevando a cabo las investigaciones necesarias para establecer si el San Juan estaba en las condiciones necesarias para navegar o si registraba fallas cuya corrección fue insuficiente, nula o errónea.
Los individuos humanos han coincidido en tener muy en claro que vida y muerte son los dos momentos de la existencia. Los romanos atribuyeron este quehacer de representar el surgimiento a la existencia y su final a las Parcas, los griegos a las Moiras y los nórdicos de Europa a las Normas. La muerte siempre ha tenido nombre de mujer. También la vida.
Atentamente:
Jotavé