Vecinos que nadie quiere tener cerca

SEÑOR DIRECTOR:
La decisión judicial de permitir que Ricardo Barreda cumpla prisión domiciliaria ha generado un problema: tan pronto se menciona un domicilio posible para su nueva residencia los vecinos del lugar se movilizan para objetarlo. No lo quieren cerca porque se perdería la tranquilidad.
Este Barreda es el hombre que, en La Plata, en el año 1992, mató con tiros de escopeta a su mujer, sus dos hijas y su suegra, mujeres que compartían su hogar. En 1995 fue condenado a prisión perpetua, lo que suponía que debía permanecer en prisión hasta un máximo de veinticinco años. En 2008, 16 años después de haber sido privado de la libertad, se dispone que termine de cumplir la pena en el domicilio que fije. La medida final dependía de trámites judiciales que se estaban cumpliendo esta semana.
Unos pocos días antes la novedad en materia criminal había sido aportada por un austriaco, ingeniero electricista, quien confesó haber encerrado a su hija en unas dependencias construidas en el sótano de su amplia vivienda; luego de esa acción, se dedicó a violar a la muchacha, la cual tuvo siete hijos en casi un cuarto de siglo, tres de los cuales vivieron encerrados con ella; otros tres fueron “adoptados” por el ingeniero Fritzl y su esposa, y uno murió o fue muerto y luego incinerado por el padre-abuelo. En un comentario que escribí aquí a poco de conocida la noticia estimé que Fritzl recibiría el tratamiento que corresponde a un loco. No me venía otra idea que la de la locura para entender una conducta de ese tipo.
Con respecto a Barreda, en su momento pensé también que debía estar afectado de algún tipo de locura porque el crimen no había resultado de una circunstancia extraordinaria sino que se había venido incubando en un proceso de largo desarrollo. Como dice cualquier persona a la que se le pregunta, Barreda, si estaba sometido a la presión de las cuatro mujeres que compartían su hogar (se dijo que ellas lo humillaban en forma continua), bien pudo optar por divorciarse o por abandonar la casa. En vez de eso, todo indica que elaboró su resentimiento largamente hasta terminar en la forma conocida. Por este antecedente la gente que no lo quiere de vecino expone un motivo convincente: si lo hizo una vez, puede volver a hacerlo en circunstancias no necesariamente iguales. Barreda tiene hoy 73 años y ha hecho pareja con una mujer, maestra jubilada, a la que conoció cuando ya purgaba cárcel. Difícilmente se repetirán las circunstancias en su nueva instalación, pero los rehusados vecinos nunca podrán estar seguros al respecto.
En el pasado fin de semana pude leer unas declaraciones del conocido experto Mariano Castex, titular de la cátedra de Psicopatología del Delito de la UBA, quien es una autoridad reconocida en su campo. Castex señala allí, en el curso del diálogo con un periodista del diario Página/12, que la gente tiene la idea de que la cárcel es mayor castigo que un instituto neuropsiquiátrico. Advirtió que si conocieran a los neuroquiátricos por adentro muchas de esas personas cambiarían de opinión. En el curso de este diálogo, Castex dijo que, en su concepto, Fritzl es un psicótico, un enfermo muy grave. Agregó que todas sus víctimas (la hija, los hijos-nietos, la esposa) son también enfermos muy graves. Fritzl está loco. Y Barreda también es una persona enferma. Él y toda esa familia (la esposa, la suegra, las dos hijas) estaban enfermos. Lo correcto hubiese sido que se le declarase loco. La sociedad, en cambio, aceptó que merecía cárcel de por vida, por considerar que éste es el peor castigo posible en nuestra legislación.
En estos días, parece ser que a Ríos, el tirador de Belgrano, que se puso a balear a personas que transitaban por la calle Cabildo y mató a un estudiante, se lo está por declarar loco, lo que le marcaría el camino hacia una internación en psiquiatría. Según la opinión de Castex, la gente pensará que se lo beneficia.
Atentamente:
JOTAVE