Venezuela culpable de nadar en petróleo

I. Ninguna novedad: el guión es el mismo de siempre. Basta que un país rico en petróleo, u otros codiciados recursos, pretenda no inclinarse ante Washington para que se desate sobre él la furia del gendarme global. Lo que hoy está haciendo Estados Unidos con Venezuela es una perfecta continuidad de lo que ya hizo con Irak, Siria, Libia, Ucrania y antes con Vietnam, Santo Domingo o Panamá. Con profusión de mentiras y manipulación mediática la Casa Blanca, hoy como siempre, pretende arrogarse el derecho de intervenir en terceros países con excusas pueriles. Siempre hay un pretexto a mano: armas de destrucción masiva, democracia en peligro, violación de derechos humanos, etc. Su estrecha amistad con Arabia Saudita, país gobernado por una monarquía sangrienta que decapita y azota opositores en la plaza pública y hasta se permitió asesinar en Turquía a un periodista residente en EE.UU., exime de otras explicaciones.
Su nueva aventura contra Venezuela lo encuentra repitiendo lo que ya hizo antes, en 2002, cuando respaldó el golpe contra Hugo Chávez y llegó a reconocer, apenas asumió, al gobierno usurpador que duró solo algunas horas en el poder. Igual comportamiento tuvo con el régimen que surgió en Honduras tras el derrocamiento de Gabriel Zelaya, o en Paraguay luego del golpe contra Fernando Lugo o en Brasil tras la destitución Dilma Rousseff.
La mamarrachesca “autoproclamación” del opositor Juan Guaidó mereció el inmediato “reconocimiento” de Washington y la alineación automática del llamado Cártel de Lima: Argentina, Brasil, Colombia, Chile, etc. Todos peleándose por ver quién ocupa el primer lugar en la fila de los obsecuentes de Trump. En la vereda opuesta, del lado de los que tienen dignidad y valoran la soberanía, se situaron México, Bolivia, Cuba y Uruguay.

II. En otro artículo inserto en esta misma página se mencionan las mentiras que se han enarbolado para descalificar al gobierno de Nicolás Maduro, y se desmontan con datos de la realidad que los dóciles presidentes latinoamericanos prefieren ignorar. Si no fuera tan grave causaría risa que Jair Bolsonaro se exhiba como un garante de la institucionalidad al igual que Mauricio Macri, que persigue y encarcela opositores con jueces venales.
Cuando Estados Unidos, acompañado de su comparsa de mandatarios genuflexos, amenaza al gobierno de Venezuela con que considera “todas las opciones” en caso de que se actúe contra el “presidente autoproclamado”, está, paradójicamente, quitándole legitimidad. Lo está descalificando como actor válido en el escenario político venezolano y lo instala como un instrumento de una intervención declarada y abierta de un país extranjero. La prepotencia no hace otra cosa que inducirlo a cometer tamaña torpeza.

III. El respaldo de las fuerzas armadas al gobierno de Nicolás Maduro es otro duro revés para estos intentos golpistas. Se suma a un escenario internacional en donde los apoyos al verdadero presidente venezolano llegan desde China, Rusia y Turquía y hasta la Unión Europea se abstuvo de reconocer a Juan Guaidó como lo pretendía la Casa Blanca.
Los principios esenciales de la política internacional: la autodeterminación de los pueblos y la no injerencia en los asuntos internos de los países, está siendo, otra vez, pisoteada por Estados Unidos. Lo peor en este caso es que se pone en riesgo la paz en un continente como América Latina que está libre de conflictos bélicos. Rusia advirtió que esta aventura puede tener “consecuencias catastróficas”. Si ello llegara a ocurrir la responsabilidad directa por los desastres humanitarios y materiales habrá que cargársela Washington y los sumisos presidentes latinoamericanos que lo acompañan en esta nueva cruzada imperial.
Trump, Macri, Bolsonaro y compañía huelen sangre. Aunque en verdad lo que corresponde decir es que huelen petróleo.