Venezuela y otro intento de golpe

Para quienes siguen la realidad internacional, especialmente la americana, es evidente que la República Bolivariana de Venezuela viene siendo la gran protagonista en los días que corren. Las manifestaciones multitudinarias que han ganado la calle, la extrema virulencia de la oposición que plantea lisa y llanamente la destitución del gobierno y la sangre que corrió obligan a reflexionar sobre las vicisitudes que vive aquel país, que desde hace ya varios años procura labrarse un destino acorde a los intereses de sus mayorías populares.
Sin embargo, a poco que el lector atento se adentre en el acontecer venezolano, brota un aire vagamente conocido, un cierto tufillo -por decirlo de algún modo-a cosa sucedida, a acontecer ya ocurrido, que obligan al ejercicio de la memoria. La clave es la evolución de los sucesos, que se reiteran llamativamente: falseamiento de la realidad por parte de los grandes diarios y las cadenas televisivas, manifestaciones que incrementan su volumen y grado de violencia, aumento de precios y ocultamiento de productos de primera necesidad, huelgas en algunas actividades económicas… La batería de medidas que buscan limar al gobierno no es menor y apunta a preparar el camino para un golpe que termine con el chavismo, a pesar de que éste ha sido convalidado por las urnas como ninguna otra fuerza política del país y del continente en los últimos lustros. Se busca repetir lo sucedido con el Paraguay de Lugo, la Honduras de Zelaya y estuvo a punto de ser con el Ecuador de Correa y la propia Venezuela de Chávez en el año 2002, cuando por poco no lo asesinaron al líder bolivariano.
Pero para una cabal comprensión de lo que sucede conviene recordar dos cosas: la primera que Venezuela es, posiblemente, la más rica reserva de petróleo del mundo y que hasta el advenimiento del chavismo y sus ideas nacionalistas, ese petróleo era muy accesible y barato para los Estados Unidos de Norteamérica; la segunda -directamente ligada a la anterior-se vincula a la un tanto olvidada y jactanciosa frase de John Kennedy quien afirmó que “no tolerará nuevas Cubas en el continente”. Esta amenaza sigue teniendo plena vigencia para la política exterior norteamericana, por lo que para el país del norte el gobierno de Venezuela, con su autoproclamado perfil socialista, es un objetivo a demoler.
Ante esas circunstancias se comprende fácilmente que el país caribeño está sufriendo otro ensayo golpista más de los que existe larga tradición en América Latina. Cuando los gobiernos toman direcciones contrarias a los intereses de los EE.UU. y resulta imposible bajarlos mediante el voto, la potencia comienza a ejercer presiones cada vez más fuertes que culminan, si es necesario, en un golpe de Estado (ver página 6 de esta edición). No puede olvidarse hoy el Chile de Allende, cuyos triunfos electorales populares precedieron al golpe, antes del cual hubo huelgas y manifestaciones opositoras, especialmente de sus clases medias y altas. La gradación e intensidad de los sucesos se reiteran llamativamente en el tiempo y ante circunstancias parecidas generando un clima de intranquilidad, subrayado con manifestaciones salvajes de la oposición, con violencia de todo tipo. Hoy la presión política es muy fuerte en Venezuela y el presidente Nicolás Maduro se enfrenta a un duro trance, hacer valer su condición de gobernante legitimado en las urnas ante cualquier intento destituyente sabiendo que no tiene las mismas condiciones de liderazgo que su antecesor Hugo Chávez.
Es cierto que se puede argumentar que las fuerzas armadas de Venezuela acompañan el proceso político, pero lo mismo se decía de las chilenas, legalistas hasta el golpe de 1973. Es de esperar que esta vez no vuelva a aparecer un Pinochet que haga realidad los deseos de la Casa Blanca y de su aliada, la derecha venezolana, que tanto extraña el país elitista y desigual anterior al chavismo.