Visión de América luego de la gesta de Cristóbal

Ya en la sexta centuria del viaje descubridor de Colón, el tema de indios y europeos sigue meneándose entre nosotros, con variantes de época. Hay quienes todavía esperan que el verdadero Cristóbal Colón les sea presentado, porque el que ha sido expuesto a las generaciones, o bien está vestido con el mito del progreso, o bien ha sido cruelmente desnudado para mostrarlo con una entraña desalmada, corroída por la codicia.
Es posible que ni siquiera corresponda hablar de un “verdadero Colón”. Ni de la verdad de nadie, pues todos somos para los demás según nos ven y nos valoran luego de escrutarnos a través de cristales que nos ponen la coloración y la forma de quien nos mira. ¿Hay además, un ente que no sea el que mencionan o dibujan o definen las miradas ajenas? ¿Es todo el “ser para los otros”? ¿Es nada el “ser para sí mismo”?
Pero, ¿acaso no es, igualmente, creación de “otro” el aborigen americano, víctima cierta del poder y la codicia del invasor, y al mismo tiempo no menos hombre que éste, no menos violento ni menos sanguinario?

Ensayo de otra mirada
Desde hace unas semanas, mucha gente lee Memorias del fuego, unos cuadernillos que aparecen semanalmente (los miércoles) como adenda del diario Página/12. Escribe el uruguayo Eduardo Galeano e ilustra el argentino Luis Felipe Noé. Feliz coincidencia de un poeta y escritor con un artista.
Acerca de Colón hay varias entradas. La que Galeano llama El quinto viaje, lo muestra moribundo. Ha dictado su último testamento y ha preguntado si ha llegado mensajero del rey. Pero, en la corte nadie ha escuchado sus súplicas. Del tercer viaje regresó preso y con cadenas. En el cuarto no había quien hiciera caso de sus títulos y dignidades.
Con el título de Tenochtitlán, El Dios Universal, Galeano “ve” que en los adoratorios arden los fuegos. Resuenan los tambores. Uno tras otro, los prisioneros suben las gradas hacia la piedra redonda del sacrificio. El sacerdote les clava en el pecho el puñal de obsidiana, alza el corazón en el puño y lo muestra al sol que asoma de los volcanes azules. La ceremonia está consagrada al sol, pero también sirven a otro dios, que no aparece en los códices ni las canciones. Si ese otro dios no reinara sobre el mundo, no habría esclavos ni amos. Los mercaderes aztecas no podrían arrancar a los pueblos sometidos un diamante a cambio de un frijol, ni una esmeralda por un grano de maíz, ni cacao por piedras… Es el dios del Miedo, con dientes de rata y alas de buitre.
Con el título de 1513 Cuareca, Leoncico, Galeano dice que esta noche, por orden del capitán Balboa, los perros clavarán sus dientes en la carne desnuda de cincuenta indios de Panamá. Vasco Núñez de Balboa preside la ceremonia. Su perro, Leoncico, encabeza a los vengadores de Dios. Es maestro en capturas y descuartizamientos. Cobra sueldo de alférez y recibe su botín en oro y esclavos. Faltan dos días para que Balboa descubra el océano Pacífico.

Escape por la utopía
Galeano fecha en Amberes, l515, su título Utopía. Las aventuras del Nuevo Mundo hacen hervir las tabernas de este puerto flamenco. Tomás Moro conoce allí o inventa a Rafael Hythloday, marinero de Vespucio, quien le dice que ha descubierto la isla de Utopía en una costa de América. Allí no existe el oro ni la propiedad privada. Se fomenta el desprecio por el oro y el consumo superfluo. Cada cual entrega a los almacenes públicos el fruto de su trabajo y libremente recoge lo que necesita. En Utopía abominan la guerra y profesan una religión que no ofende a la razón y que rechaza las mortificaciones inútiles y las conversiones forzosas. Las leyes permiten el divorcio pero castigan con severidad las traiciones conyugales. Obligan a trabajar seis horas por día. Se comparten el trabajo, el descanso y la mesa. La comunidad cuida a los niños mientras sus padres están ocupados. Los enfermos reciben trato de privilegio; la eutanasia evita las largas agonías dolorosas. Jardines y huertas ocupan el mayor espacio y en todas partes suena la música.
Aclaro: las citas han sido abreviadas, manteniendo palabras y estilo. De la ilustración digo que es complementaria y se integra en una unidad con la palabra. Digo también que mejor es escuchar al ruiseñor, como aconsejaba Andersen; digo, leer Memoria del fuego.
JOTAVE