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Y siguen las inundaciones

Por una de esas ironías que suele depararnos el diario acontecer, desde que el presidente Mauricio Macri, a grito pelado y rozando el grotesco exclamara que un sitio «no se inunda más», son las inundaciones las que han aportado un nuevo dolor de cabeza a los últimos días de su gobierno.
Apenas un par de semanas después de la inauguración del Metrobús una lluvia de regular intensidad anegó completamente esa obra, que pasaba por ser emblemática del gobierno nacional y el de la ciudad de Buenos Aires. Y en los últimos días las lluvias -de gran intensidad aunque esperables- provocaron el desborde del río Matanza y de otros cursos de su cuenca generando una inundación que afectó enormes áreas vastamente pobladas, afectando a más de cinco mil personas en varios partidos bonaerenses.
A las intensas precipitaciones que cayeron desde fines de la semana pasada se sumó el temido fenómeno de «la sudestada», que impide un normal escurrimiento del Río de la Plata y, por lo tanto, de los cursos que en él confluyen.
La altura del agua, superior a los dos metros en algunos sitios, invadió las viviendas de planta baja y sumió en la desesperación a los vecinos afectados, sin agua potable, gas ni electricidad. Resulta indignante observar a los pobladores desplazarse en balsas improvisadas por calles totalmente anegadas. La solidaridad se vio entre los vecinos que, entre otras incomodidades deben alumbrarse con velas, pero no estuvo entre los comerciantes que en su codicia no dudaron en aumentar los precios. A esa desvergüenza se agrega la inseguridad pues los inundados temen que puedan robarles lo que pudieron salvar de las aguas.
La magnitud del desastre fue tal que hasta los medios oficialistas que saben esconder las noticias que pueden afectar la imagen del gobierno no vacilaron en mostrar la gravedad del suceso y enfatizar que hasta el martes inclusive no habían recibido la menor ayuda oficial a pesar de las necesidades que padecen. Del área de Desarrollo Social nada se supo y algunos nostálgicos evocaron a un Servicio Nacional de Catástrofes que supo existir o rogaron por un organismo similar que esté preparado para afrontar estas emergencias.
Por cierto que buena parte de estas catástrofes no obedecen a maldiciones bíblicas sino a la indolencia gubernamental. Las obras de corrección de los cauces vienen siendo reclamadas por los vecinos desde hace más de diez años; los resultados están a la vista. Posiblemente la respuesta técnica al problema debería correr por cuenta de la Secretaría de Recursos Hídricos de la Nación pero -como los pampeanos sabemos muy bien- es muy poco lo que puede esperarse de ese organismo. Corresponde decir que también las empresas inmobiliarias son parte del problema ya que venden tierras sujetas a inundaciones con urbanizaciones dudosas.
Entre lágrimas una vecina que perdió casi todas sus pertenencias, sintetizó con triste elocuencia: «Siento que no se puede vivir así. Mis hijos me dicen que tienen frío, me preguntan cuándo se va a ir el agua. Desde el sábado pasado que no tenemos luz y las velas están re caras. No quiero llorar más. Pero ¿a quién le importa?»