Y la Feria va y su solo durar hace el mensaje
Señor Director:
Llego demorado con mi tema, pues la Feria del Libro concluyó el pasado lunes 13, hace casi diez días. Pero nunca creí del todo que el periodismo sea "flor de un día". O, mejor, vi que a la flor le basta un día para cumplir su papel en los ritmos de la vida. Y que, días más días menos, lo efímero nos habita a todos y así hemos llegado a fungir como tendedores de puentes, para unir los momentos y revelar un sentido.
De una manera muy cierta he estado en todos los momentos de esta Feria, que celebrará en 2014 sus cuarenta años. En las veces que pude asistir me afectaron dos cosas: verme como parte de una multitud que hasta podía empujarse en los accesos estrechos; y la multiplicidad de la oferta. Pensé entonces que si la Feria se hace mirando al lector (no solamente al autor y al editor) se debería asumir la angustia de quien siente que lo llaman todos los stands y presentaciones de libros y autores, conferencias, congresos, premios, debates, cursos... Me decía que no hay manera de resolver el problema, aunque la Feria se extienda por semanas, de modo que he tenido ganas de proponer que el concurrente, el lector actual o posible, tenga a su disposición el tiempo necesario para asistir sin tener que hacer selecciones forzosas.
Esta feria no es sólo exhibición de libros, pues la mirada queda frecuentemente capturada por la originalidad del diseño de los stands y de los ingenios para hacerse visibles y atrayentes para el río humano que discurre por los pasillos. Nunca he creído posible ni sensato proponer una de suspensión de actividades para que uno pueda sentirse menos obligado a seccionar la oferta un tanto a ciegas. La sorpresa puede estar en el stand menos vistoso o en el expositor que parece más lejos de nuestra preferencia.
Una feria de cualquier tipo es una prodigiosa muestra de la variedad y diversidad de lo que se trata de comunicar desde los individuos y los grupos; dan cuenta de un estilo, una modalidad, una forma de explorar el misterio, una manera de proponer visiones y justificar proyectos. Una feria muestra lo que hay o lo que se ha podido reunir de lo que hay. Y la primera impresión que recoge el asistente que acude abierto y receptivo es que hay más de lo que creía o esperaba. En su andar con los ojos abiertos, oye llamados que no hubiese creído que le estaban dirigidos. Si tiene sensibilidad suficiente, puede que descubra que la heterogeneidad encubre lo sustancial de la oferta, que reside en la diversidad con que se expresa el afán común de buscar respuestas, descubrir preguntas que le estaba faltando hacer y hacerse para elaborar su instalación en el mundo y su tiempo. Una feria es, siempre, una inesperada sinfonía.
He contado mis impresiones cuando busqué conocer la historia de las ferias. No las del libro, que son asunto más bien contemporáneo, al menos en su forma de proponerse y convocar. Me atrajo, en especial, el hecho de que en la etapa medieval fueron una expresión mercantil, como toda feria lo sigue siendo pues siempre hay oferta y se espera obtener alguna forma de ganancia. Al cabo, el comercio siempre dio el primer paso para comunicar a los dispersos de la tribu. He creído ver que los rudos hombres de los desiertos de medio oriente, con sus lentas y penosas caravanas, jugaron un papel protagónico en el tendido de estos puentes. Las ferias han mostrado cómo se gestaron y se consolidaron los caminos que fueron comunicando el archipiélago inicial en que se dividió la tribu de los hombres. Dado que "por sus frutos los conoceréis", los frutos (cultivos vegetales o animales, soluciones de la industria y del ingenio espoleado por la necesidad) exhibidos en las ferias, pasada la sorpresa inicial engendraron la revelación paulatina de la hermandad con los del otro lado. Desde entonces hemos avanzado hacia la integración, aunque en el alma de la gente subsiste con fuerza una condición insular de la que cuesta salir.
Atentamente:
JOTAVE
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