¿Y los números?

La inflamada arenga del entrerriano Alfredo De Angeli sonó esta vez en La Pampa. Y no le faltó coro. Los otros dirigentes que hablaron durante el acto de Macachín no quisieron quedarse atrás ni pasar por tibios y salieron ellos también a disparar munición gruesa apelando a calificativos que llegaron a extremos agraviantes. En las tribunas de nuestro medio no suelen faltar los discursos enardecidos, las palabras altisonantes y hasta los gritos, pero los términos que se usaron contra el gobernador están muy lejos de ser los más habituales.
En los frentes gremiales abiertos que mantiene el gobierno provincial ni por lejos es posible escuchar una andanada tan belicosa. Y eso que tanto los docentes como los trabajadores de la salud -que son hoy los más enfrentados al Centro Cívico- no tienen dirigencias complacientes y suelen apelar a muy duros discursos a la hora de plantear sus reclamos.
Es que la desmesura parece ser la tónica en este largo y sinuoso conflicto entre las entidades ruralistas y el gobierno nacional. Aún ahora, cuando desde la propia Presidencia de la Nación se bajó notablemente el tono y se llamó a continuar con el diálogo como única forma racional de salir del pantano en que se encuentran las negociaciones.
Ni siquiera los acercamientos logrados en varios rubros de la producción agropecuaria alcanzaron para que la dirigencia rural se apoyara en el convite presidencial y, sin perder la dignidad, retornara a la mesa de diálogo. Esa inexplicable respuesta fue tan desafiante que hasta se ganó el reto de gobernadores que habían mostrado su simpatía por el lock out. También algunos grandes medios de comunicación que manifestaron indudable sintonía con el paro agropecuario comenzaron a tomar distancia de los ruralistas.
Asimismo, en las últimas horas se conocieron algunas encuestas que muestran que una abrumadora mayoría desea que se termine el conflicto y que la dirigencia rural acepte dialogar con el gobierno.
Pero es la información la gran perdedora de esta durísima pelea. Tanto grito, tanto gesto de furia sólo lograron impedir que el debate se encauzara por vías más racionales y que la ciudadanía se esclarezca para ubicarse mejor frente al problema.
En todo conflicto de intereses económicos lo primero que se pone sobre la mesa son los números. Así lo hacen todos los gremios cuando se enfrentan a sus patronales o al gobierno (en caso de los estatales). Como creen tener la razón de su lado no dudan en mostrar los montos de los sueldos que cobran y el porcentaje de aumento que pretenden. En el caso del campo está lejos de ser así. No se habla con claridad de las cifras que rechazan los productores rurales, de las cifras que pretenden ganar, de la cotización de la tierra, de la rentabilidad que obtienen las diversas actividades -que no están en igualdad de condiciones-, de las diferencias entre un productor de la región húmeda, de la semiárida y de la árida, tampoco de la agricultura familiar y los campesinos marginales, de los impuestos que paga y de los que evade la actividad agropecuaria, de la situación de informalidad de un altísimo porcentaje de trabajadores rurales, etcétera.
Todo sector que reclama un beneficio económico impulsa su exigencia con números y los da a conocer a la opinión pública. Es una forma clara de decir: recibimos muy poco por nuestro esfuerzo y merecemos recibir más. Y este sistema vale tanto para un reclamo gremial como patronal. Los números son los que muestran, en definitiva, la razonabilidad o no una demanda sectorial.
La pregunta que se hace una gran porción de los argentinos, es por qué no ocurre esto en el reclamo del campo y por qué, si ya hay acuerdo con casi toda la actividad menos con la soja, se siguen escuchando los tambores de la guerra.
Recién anoche hubo una señal de las entidades ruralistas, que suspendieron el paro para dialogar con el gobierno, aunque seguirán en estado de “alerta y movilizado”.