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Lunes 08 de junio 2026

Daños colaterales en la lógica de un sistema

Redacción 23/05/2013 - 04.01.hs

La arremetida histórica que en las últimas décadas ha tenido el capitalismo bien calificado de salvaje sobre sociedades de todo el mundo -la de Argentina incluida y con los resultados que todos podemos recordar-, no cede demasiadas posiciones a pesar de su evidente fracaso en su pretendido argumento de mejora en los más desposeídos. Eso está a la vista, y como crudas evidencias, en la actualidad de varios países de Europa que se ven sometidos a un ajuste brutal en el cual el único propósito definido parece ser el rescate de los bancos, inmersos en su propio pecado de especulación. Uno de esos ejemplos -más triste por cercano cultural y emocionalmente- es el de España, ahora en manos del ultraliberalismo por decisión de sus votantes, obligados a consumir importantes dosis de humillación y mentiras.
Una estadística dada a conocer en los últimos días -de las tantas que se manejan en la Península- indicó que desde comienzos de la crisis hubo treinta mil familias que perdieron sus viviendas a manos de los bancos, por no poder pagar las hipotecas. Treinta mil familias que equivaldrían a un centenar de miles de personas, o más, y a las que la ley local las inhibe de poder salvar su casa en el dudoso caso de que pudieran seguir pagando el crédito. Además, la educación se hunde, la emigración aumenta, la industria se retrae y la sociedad en general empieza a sufrir horrores -que se traducen, por ejemplo, en un inusual aumento de la tasa de suicidios-. En tanto, el gobierno neoliberal solo atina a hablar de futuras fechas de recuperación económica, cada vez más lejanas, y a auxiliar a sus bancos, los mismos que, por otra parte, fogonean la crisis con sus requerimientos a sus deudores.
El neoliberalismo aplica las mismas recetas en todas partes, casi siempre con los mismos resultados, y en la mayoría de las veces de forma incomprensible. En Bangladesh -el antiguo Pakistán Oriental, separado después de una guerra con la metrópoli, Inglaterra-, la avidez de ganancias sin medida que caracteriza al sistema acaba de concretar un ejemplo terrible: en estos días se siguen rescatando cadáveres -y algún milagroso sobreviviente- en un edificio de varios pisos que se derrumbó hace dos semanas. Al momento de la publicación de esta columna los muertos llegaban a más 1.100, con posibilidad de que la cifra pudiera seguir creciendo. El derrumbe había sido causado por fallas estructurales, es decir, por defectos en la construcción y un mantenimiento inadecuado, una circunstancia típica cuando la meta de las empresas que levantan edificios es maximizar ganancias y minimizar costos. Transcurridos más de veinte días desde la tragedia, el rescate de los cuerpos ha convertido la tarea en un quehacer dantesco, con una alta tasa de víctimas que deben inhumarse aún sin ser reconocidas al no tener identificación.
Es que el edificio, de varios pisos, dedicado a la industria de la confección de prendas y evidentemente mal construido y sobrecargado por el peso de sus moradores, ya había evidenciado claros signos de peligro, especialmente por la rajadura de paredes, que suele ser la primera señal de amenaza. De hecho, hubo trabajadores que se negaron a ingresar. Y aquí, una vez más la lógica capitalista neoliberal: debieron entrar a trabajar obligadamente bajo pena de perder sus miserables empleos, y esto en un país caracterizado por su pobreza y donde el trabajo no abunda. De hecho Bangladesh es el segundo productor de ropa del mundo, gracias a los bajos salarios y a la abundante mano de obra, utilizado por empresas que hacen sus principales negocios en occidente. Las consecuencias están a la vista: más de 1.100 muertos, apenas una cifra, o "daño colateral" en la contabilidad del sistema, al igual que ocurre con los desalojados de España.

 


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