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Viernes 05 de junio 2026

El noroeste muestra la tragedia y sus opciones

Redacción 23/05/2013 - 04.01.hs

Señor Director:
El noroeste argentino fue, hasta el dominio colonial, una región poblada por una diversidad de etnias aborígenes, más o menos influidas (y acosadas) por el imperio incaico primero y luego por el imperio hispano y la impronta de una Europa llegada en tren de dominación y sometimiento.
Refugiadas en el Gran Chaco, en las zonas montañosas y en áreas casi olvidadas por la lluvia, algunas etnias sobrevivieron al acoso. Nos les fue mejor con la independencia y se empeñaron por sobrevivir en las tierras de más difícil cultivo, la selva, la montaña, el desierto. Luego fue cambiando la política institucional y sobrevino el reconocimiento del derecho aborigen sobre tierras "ancestrales", en general poco estimadas para la ganadería y la agricultura predominante. Poco después tuvo inicio el avance de la frontera sojera, que ocupa toda tierra cultivable, aunque haya que eliminar bosques y hostilizar a sus ocupantes.
En los últimos años ha comenzado a insinuarse la posibilidad de una relación distinta. Los blancos, que venían estudiando esas culturas, llegaron a esos ámbitos y comenzaron a resaltar algunas singularidades contrastantes y así más bien parecían confirmar el rechazo a esas formas de vida. Sin embargo, el grito de wichís, de los qom y de otras etnias logró oídos atentos. A los antropólogos se sumaron agentes sociales y agrónomos, que inicialmente iban a llevar lo que hay del lado del dominador, pero que fueron revalorizando algunos cultivos tradicionales valiosos, casi todos ellos con expresiones mayores en Bolivia y Perú. En las zonas menos favorecidas de territorio mendocino se redescubrió la quínoa o quinua, una semilla pequeña que explicó en parte cómo fue posible sobrevivir en esos sitios. La FAO (ONU) declaró a 2013 como Año de la Quinua y por fin empezó a reconocerse la capacidad alimenticia de esa semilla. INTA creó una maquinaria adaptada para la cosecha y las publicaciones se hicieron eco de sus virtudes. Curiosamente, el uso alimentario no se ha extendido a los grupos sociales menos favorecidos, sino que avanza en los niveles medios y altos de la clase media mendocina. No es extraño que así sea, porque en el nivel popular las preferencias y los rechazos, como todo elemento cultural, arraigan de otra manera y resisten más el cambio.
También toda una línea del cine argentino se ha orientado hacia esas culturas. Como siempre, fueron por delante las películas documentales, mayormente de equipos de estudio del norte de América y Europa, hasta que recientemente el canal argentino Encuentro puso su mirada en esa realidad de heroica sobrevivencia. Y han aparecido películas de ficción, muy respetuosas y bien informadas. Tal "Nosilatiaj. La belleza", de la cineasta Daniela Seggiaro, en su primera aventura fuera del documental. Relata la historia de una muchacha wichí; una historia triste, dolorosa. La madre de la Seggiaro es antropóloga y ha estado trabajando en el mundo wichí. Fue esta madre la que contó la historia de una muchacha y es una actriz de una etnia wichí la que la encarna en la película. Antes se pudo ver La Ciénaga, de Lucrecia Martel y El Etnógrafo, de Ulises Russell. Muy elogiadas por la crítica, ninguna de estas películas ha entrado en las salas comerciales. Los muy informados gustan de este cine. El Bafici suele acogerlo.
Le cuesta al cine argentino recuperar terreno. Perdió su centralidad en los años en que la Argentina fue abandonando muchos de sus rasgos singulares valiosos. Las nuevas películas han ganado premios internacionales e incluso un Oscar, pero el público general resiste el retorno. Como suele decirse, siempre es más fácil destruir que construir o reconstruir. Sorprende que los aborígenes sobrevivientes se hagan fuertes en sus culturas. Y se puede ver que incluso muchos de los indigenistas actuales, prefieren centrar sus reclamos en el pasado.
Atentamente:
JOTAVE

 


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