No todo es antiguo lo que refiere tragedias
Señor Director:
Puedo comenzar por explicar el título de esta nota, que resulta de la diligencia de mi memoria. Siempre que trato de entender o explicar algo, me presenta datos, frases y dichos que pueden guardar alguna relación con el tema. En este caso la memoria me presentó "No todo es vigilia la de los ojos abiertos", que yo transformé en este título, sin la venia ni la intención de Macedonio Fernández.
Trato de decir algo pensado para mi nota de ayer, pero que debí postergar por la llamada tiranía del espacio. Había pensado, en efecto, que hay una relación entre el relato de las etnias aborígenes y la suerte de hombres de toda raza y color ante situaciones equivalentes. Los que poblaban América al momento del descubrimiento sufrieron el rigor del europeo, que no había llegado aquí para poblar y compartir, sino para someter todo lo existente a su ambición de riqueza y poder. En aquella etapa histórica, les tocó a los "indios", que fueron sometidos, explotados y obligados a aceptar la cultura del conquistador. Cuando no servían para este fin o se oponían, dejaban de ser dignos de existir y eran empujados hacia sitios no apetecibles o aniquilados. Luego me puse a leer informes sobre la conquista del desierto y de la actual cuestión de los ríos, en particular el Atuel y el Chadileuvú, y la varia suerte de las poblaciones poscoloniales según que el agua siguiese llegando o fuese retenida aguas arriba, sin preocupación por quienes quedaban condenados por esa retención arbitraria. Me pregunté si existe una diferencia sustancial entre ambos momentos, el colonial y el poscolonial. De ahí el título de esta nota. La tragedia para el de aguas abajo es la misma, sin importar que ahora se trate de hombres de linaje europeo, aunque muchos también frutos del mestizaje. La diferencia es de la forma, la tragedia es la misma. El protagonista (y el agonista) es el mismo. El arribeño no dirá que obra así "porque me llamo león". Preferirá no decir palabra, pero si se penetra la motivación de su conducta se verá que es la misma.
Parece pertinente recordar esta similitud (esta constancia en un tipo de conducta), porque puede haber quien crea que toda la maldad era de un determinado grupo de hombres, pues se trata de la maldad del hombre cuando puede eludir las sujeciones ideadas y declamadas.
Palacios.
Desde el pasado jueves 16 en la plaza del Congreso, capital federal, hay un bronce de casi tres metros de altura que repite la figura de Alfredo L. Palacios, interpretado por el dibujante Hermenegildo Sabat y realizada por el escultor Jorge Bianchi.
Un amigo de juventud, con quien admirábamos a Palacios y hacíamos humor con ciertas modalidades de este notable hombre público, me dijo en el sepelio que a don Alfredo le hubiese gustado ser espectador de ese momento. Supongo ahora que pudo haber estado en la plaza en el momento del descubrimiento de su escultura. Palacios cuidó su figura histórica a la par de su realidad de político sensible ante la injusticia y la simulación de la moral republicana. Estuvo allí el arco político actual, con escasas excepciones que don Alfredo hubiese aprobado.
Mayas.
Los mayas, no obstante todo, siguen existiendo, en el sur de México, en Guatemala, en Belice. Cada vez más acosados, aun en sus reductos de la selva y de la montaña.
Ahora la justicia de Guatemala ha condenado a ochenta años de prisión al general que, siendo presidente, resultó responsable del asesinato de más de un millar de sobrevivientes de una etnia maya. Los que escaparon entonces bajaron de sus refugios montañeses para asistir al juicio y recibir el pedido de perdón de los tres poderes del estado guatemalteco. Simultáneamente, en Belice una empresa vial demolía una pirámide maya de 2.300 años, para usar el escombro en la carretera.
Jotavé
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