Problemas que no lo son

Thoughtful young man in the living room

El mundo es un espejo: lo que sentimos por dentro nos contempla desde afuera. Y por eso no podemos mejorar trabajando sobre los aspectos exteriores. Debemos cambiar nosotros también.
Pensar que el problema son los demás es en sí mismo un conflicto. Aunque otras personas pueden crear una situación o participar en ella, en realidad quien la percibe como un inconveniente es quien tiene la llave para resolverla.
Los humanos parecemos destinados a afrontar toda clase de contratiempos en una sucesión inacabable de dificultades. Cuando una parece resolverse, aparece otra y otra más. Incluso, a veces, parece que todas se presentan de golpe en nuestra vida.
Todos deseamos una vida libre de obstáculos, llena de paz interior y serenidad. Sin embargo, parece que hacemos todo lo posible para lograr exactamente lo opuesto. Cuántas veces nos descubrimos encaminados -de manera inconsciente por supuesto- hacia lo contrario a lo que sabemos deberíamos elegir para ser más felices.
Pero ¿y si estuviéramos usando la palabra “problema” con demasiada liviandad? ¿Y si confundiéramos acontecimientos, realidades, sucesos naturales, con conflictos? Por ejemplo, ¿el hecho de que llueva es un inconveniente?, ¿lo es hacerse mayor?, ¿la vida es un dilema a resolver?
Se ha dicho que los conflictos consisten en las “historias” que nos contamos acerca de cómo suceden las cosas. Y que cuando las personas cuestionan sus relatos pueden llegar a una percepción de los hechos diferente. ¿Y si la naturaleza de los dilemas dependiese de lo que nos repetimos una y otra vez?
En las antiguas tradiciones de sabiduría de Oriente se dice que los sucesos mundanos no tienen más sentido que el que las personas les dan. Lo cual no significa que todo carezca de significado sino que la valoración de una situación como problemática es la que la convierte en tal.
Así, un mismo suceso como hablar en público, puede ser un inconveniente para unos pero no para otros. Hablar en público puede ser un gozo o una tortura en función de quién vive la situación.
Ningún dilema se puede resolver desde dentro del conflicto ya que en esta situación es muy difícil encontrar respuestas porque la densidad de las emociones impide la claridad de ideas. Lo innovador es buscar la solución en otro nivel de pensamiento. A veces, incluso, en ese nuevo nivel el problema ni siquiera existe.
La primera regla para solucionar un problema es cuestionar todo lo que sabemos acerca del mismo porque toda creencia previa puede ser parte del problema. Como si fuera la primera vez y nadie nos hubiese dicho que es un inconveniente que nos generará inquietud. Este planteamiento busca la solución no tanto en lo que ocurre, sino en lo que pensamos que ocurre. Al no asumir que ya sabemos lo que está pasando, si es bueno o malo, nos abrimos a otras formas de contemplar la situación.
No es posible escapar de los conflictos a menos que se examinen y se cuestione el sistema de pensamiento que los mantiene activos, ya que no hacerlo así solo es un modo de protegerlos y mantenerlos sin solución.
Hay una parte inconsciente en nosotros que se identifica con sus vivencias, aunque estas sean dolorosas. El deseo oculto de no mejorar se llama “resistencia” que es ese miedo a perder esa identidad forjada, aunque esté marcada por el sufrimiento.
Lo que es seguro es que el mero entendimiento intelectual del problema y de sus causas no es suficiente para resolverlo. Es además necesario descubrir dónde está la resistencia a solucionarlo, o, como se suele decir, a soltar y dejar a un lado lo que nos inquieta.