“Quería saber cómo envejecen las personas”

Alejandro Villarreal es santarroseño y se dedica a estudiar la epigenética, un capítulo novedoso dentro de las ciencias naturales y de gran incidencia en el organismo humano. Estuvo tres años en Alemania y hoy trabaja para el Conicet.
Toca la guitarra, juega al básquet, anda en bici, va a recitales de bandas de rock. La enumeración no aporta demasiadas pistas sobre lo que el imaginario popular edifica respecto a la imagen de un científico: un hombre mayor muy serio y concentrado o, la otra variante; alguien un poco loco al estilo “Doc” de la película Volver al Futuro.
Alejandro Villarreal tiene 34 años y su perfil no aparece dentro de esa imagen que muchos tienen de quien se dedica al estudio de la ciencia y a la investigación. Pero su nombre se destaca en el mundo científico porque trabaja sobre la epigenética, un campo aún poco explorado pero que puede ofrecer múltiples respuestas sobre el funcionamiento de los organismos.
“La epigenética es un capítulo nuevo dentro de las ciencias naturales y está siendo estudiada en distintos organismos. En el caso de los seres humanos, estos mecanismos tienen una gran implicancia en toda su biología. Las áreas que más han indagado en epigenética son biología del desarrollo, cáncer e inmunología, pero no son las únicos. Si bien la epigenética surgió ya hace unos años como blanco estratégico para diseñar terapias, es necesario antes continuar con la investigación básica. Queda muchísimo por estudiar y entender, apenas se comenzó a descifrar los detalles de estos mecanismos”, explica Alejandro, que es doctor en Biología de la Universidad de Buenos Aires y se desempeña como investigador asistente del Conicet y como jefe de trabajos prácticos en la Facultad de Medicina de la UBA.
Alejandro cursó la primaria en la Escuela 143 “Mariano Moreno” y el secundario de el colegio Normal, ambos de Santa Rosa. Y repartía su tiempo libre entre una banda de rock que tenía con amigos y su pasión por el básquet (jugaba, ayudaba en las clases a los más chicos, fue planillero y árbitro).
“En cuarto año del secundario empecé a pensar en qué quería estudiar. A mí me llamaba muchísimo la atención cómo las personas envejecen, sobre todo los cerebros. Me interesaba saber sobre células, genética y eso que llamaban biología molecular. A muchos, pensar en biología podría resultarles extraño, pero para mí era normal ya que mis padres son biólogos”, contó sobre su desembarco en Capital Federal.
“Elegí Buenos Aires porque tiene ese no se qué… Había visitado la ciudad varias veces con mis abuelos y siempre me atrajo su inmensidad. Quería algún día yo mismo recorrerla y entenderla. Mis padres me dieron la oportunidad de ir y la tomé. Me costó mucho, porque amo a Santa Rosa. Además, irme implicaba ver menos a mi familia y a muchos de mis amigos. También pensé en estudiar música en paralelo pero no me convencí de hacerlo”.
Alejandro comenzó la carrera y enseguida se dio cuenta de que no se había equivocado en la elección. “Enseguida conocí a mucha gente: compañeros, amigos y profes que además eran y son grandes investigadores. Empecé a dar clases particulares de cualquier materia relacionada a ciencias exactas y naturales. A mediados de 2006 estaba buscando un laboratorio para entrar a trabajar como estudiante y ahí lo conocí al doctor Javier Ramos con quien me quedé para hacer la tesina de licenciatura. En ese momento, estudiábamos algunos mecanismos moleculares relacionados a la muerte y sobrevida de neuronas en situaciones de daño cerebral”.
Mientras lograba una beca del Conicet, Alejandro no dejaba de lado la música: “Tuve una banda de grunge y luego, durante el doctorado, un dúo de tango. En ambas formaciones tocaba con Juan Pedro ‘Pepe’ Dominicci, un gran guitarrista y músico santarroseño”. Pero su enfoque se dirigió a estudiar los mecanismos moleculares y celulares por los cuales unas células del cerebro, llamadas “astrocitos”, responden a un daño.
“Cuando hablo de daño puede ser un infarto cerebral, un golpe u otro evento que genere muerte neuronal. Los astrocitos, que cumplen la función de proteger a las neuronas, se transforman y dejan de hacerlo, todo como consecuencia del daño. En algunos casos hasta se vuelven tóxicas y contribuyen a la muerte neuronal. Nosotros estudiamos cómo estas células se activan y se transforman como respuesta a señales químicas que vienen desde la zona en donde el cerebro está lesionado, pero la historia no termina ahí. Cuando una célula se transforma en otra célula algo distinta, los genes que comienza a expresar también son distintos. Aquí ocurre algo muy interesante. Esa célula antes y después de la transformación tiene exactamente el mismo ADN (ácido desoxirribonucleico) y por lo tanto, exactamente los mismos genes. Sin embargo, los genes que activa son distintos”.
En ese punto entra la epigenética. Lo que intenta estudiar esta rama es como un mismo ADN puede ser “leído” o “interpretado” por la célula de distintas formas. “Lo que ocurre es que sobre esa secuencia de ADN se depositan pequeñas marcas que son modificaciones químicas. Estas marcas no cambian la secuencia de ADN ni la información en los genes, simplemente hacen que esta información esté más o menos accesible para una célula”.
Según los expertos, la epigenética es “la ciencia del futuro” que permitirá nuevos tratamientos contra el cáncer por ejemplo. Pero ese futuro ya está en expansión. Y Alejandro Villarreal es justamente un eslabón en ese ADN que tiene mucho por informar. Que espera el trabajo de un científico en acción.

Pampeano en Friburgo
“Cuando terminé el doctorado quería estudiar epigenética y para eso me fui un poco más de tres años a Friburgo, en el sur de Alemania. En el laboratorio de la doctora Tanja Vogel estudiábamos mecanismos epigenéticos (marcas que se depositan sobre el ADN) que permiten que una célula precursora se diferencie a un tipo específico de neurona. La estadía en Alemania me permitió estar rodeado de laboratorios y de gente que estudian estos temas, pero además pude conocer un país con una cultura muy interesante donde el intercambio de nacionalidades es increíble. También me quedó tiempo para recorrer otras ciudades y países cercanos. Además, seguí jugando un poco al básquet y tocando la guitarra”, resumió Alejandro.
En diciembre de 2017 el joven científico recibió el cargo de Investigador Asistente del Conicet y así empezó a planear la vuelta. “Estamos comenzando a estudiar mecanismos de epigenética en astrocitos. Queremos entender cómo es que estas células reaccionan frente a un daño y si eventualmente podríamos controlar esa reacción con el objetivo de disminuir el daño en el tejido cerebral luego de una lesión”, explicó sobre su trabajo diario en el Instituto de Biología Celular y Neurociencias Profesor Eduardo de Robertis, de la UBA. Además, dos días a la semana da clases de Histología para estudiantes de Medicina.
“También es muy normal trabajar los fines de semana, a veces porque hay que hacerse cargo de los animales y células vivas con las que trabajamos y otras veces para terminar o adelantar experimentos. Al trabajo voy y vengo en bici. En estos días después de trabajar vuelvo a casa donde vivo con Dani, mi compañera. De a poco estoy rearmando mi rutina luego del regreso”.