Un viaje a la conciencia

Un grupo de jóvenes cumplió su sueño: viajar a las Malvinas junto a sus padres, excombatientes en la guerra del ’82. "Nosotros no heredamos una causa, la tomamos como propia", aseguró Agustín Magno.

Toda la vida nos imaginamos este viaje. Desde que tengo uso de razón escucho sobre Malvinas y moría de ganas de ir, estar ahí con mi viejo y mi hermano. Sentarme en la piedra donde él estuvo hace más de 30 años en medio de la guerra fue algo muy fuerte, muy especial", aseguró Agustín a pocos días de haber regresado de una experiencia singular: hijos de excombatientes estuvieron junto a sus padres en el mismo lugar donde hace 32 años lucharon, en las peores condiciones imaginables, frente al ejército inglés.
Agustín y su hermano Juan, junto a su padre Fernando Magno, fueron parte del grupo de 18 personas del Centro de Ex Combatientes de La Plata (Cecim) que el 10 de octubre voló hacia las Islas para acampar en Monte Longdon, visitar el cementerio de Darwin y, entre otras cosas, izar una bandera argentina.
"Para cada uno Malvinas es una historia distinta pero a la vez nos hermana el mismo sentimiento. Para nosotros no es una anécdota bélica, es una causa sobre la que queremos generar conciencia porque no se trata solo de un par de islas aisladas, sino que representa una cuestión económica, social y estratégica fundamental", aclaró Alejo Roberts, hijo de Hugo y hermano de Joaquín, que también formaron parte del contingente junto a Rodolfo Carrizo, que fue con su hijo Martín; Carlos Giordano, con Manuel y Camilo; y Fernando Terminiello, con Guido y Julieta.

Agustín Alonso, hijo del titular de la Comisión Nacional de Ex Combatientes, Ernesto Alonso, que no viajó en esta oportunidad; Guido Volpe, hijo del actual presidente del CECIM, Mario Volpe, que tampoco viajó, y los excombatientes Carlos Mercante y Guillermo Bianchi completaron el grupo.
¿Cómo fue la llegada a las Islas?
"Después de una noche en Río Gallegos fuimos a Malvinas. Desde el avión esperaba ver una base militar grande pero aún así me impresionó lo inmensa que es (en relación a Mount Pleasant). Las islas tienen 3.200 habitantes y la base una capacidad de 5 mil soldados activos, así que eso te da la pauta del poder militar que concentran ahí. Vimos aviones de combate, helicópteros moviéndose, parecía una película bélica. Fue un impacto", comentó Juan Magno sobre la primera impresión.
El contacto con los isleños fue cordial pero frío. Se alojaron en la casa de un hombre que los recibió con amabilidad pero que, desde el primer saludo, les dejó en claro su pertenencia: "Fuimos a la casa de un kelper y cuando el hombre nos dio la mano de bienvenida infló el pecho con una remera que tenía la bandera inglesa estampada y las islas en el medio, como para marcar territorio. El trato siempre fue muy cordial, pero frío", describió a 1+1 Agustín Alonso, de 25 años.

"En el pueblo constantemente ves la bandera o slogans como ‘ingleses hasta el alma’. La verdad que sentís como una angustia porque estás en tu tierra pero caminás por ese pueblo que es tan diferente, que te mira con recelo. Es como que siempre te están ‘vigilanteando’ para ver qué hacés o adónde vas", añadió Alejo.
Tras las primeras horas de adaptación llegaron las experiencias más movilizantes, como la recorrida por el campo de batalla donde estuvo la Compañía B del Regimiento 7 de La Plata.
"Recorrimos las posiciones donde estuvo el regimiento de nuestros viejos. Fue impactante porque encontrás de todo: están los cañones, viejos zapatos, pertrechos. En el monte donde estuvo mi papá hubo tres muertos por inanición. El tema del hambre fue determinante, terrible, y estar ahí y pensar en todo lo que pasaron te moviliza y te conmueve", indicó Juan.

"El frío es imposible; queríamos sacar fotos o filmar y se nos congelaban los dedos. Y nosotros fuimos súper abrigados, alimentados, imaginate lo que vivieron los soldados, empapados, con ropa que no era la adecuada, con un hambre profundo, sin saber lo que iba a pasar… Realmente cuando estás ahí te das cuenta de lo inhumano que fue todo", reflexionó Agustín Alonso, que también recordó la primera noche de acampe. "Fue uno de los momentos más lindos. Comimos, tomamos bastante, hicimos una guitarreada, nos metimos al mar helado y tuvimos charlas donde todos sacaron cosas de adentro. En un momento buscamos el fierro más largo e izamos la bandera argentina y la verdad que sentimos que era nuestro territorio, que ese gesto representaba mucho".
Los jóvenes que viajaron tienen entre 19 y 26 años, la edad de muchos de los que fueron empujados a una guerra absurda, diseñada por una dictadura cívico-militar que cometió los peores abusos contra su propia tropa.

"Un momento que nos chocó fue encontrarnos con las cruces de los 123 cuerpos sin identificar en el cementerio de Darwin y que desde el Cecim se impulsa la causa para identificarlos. Nuestros viejos sienten que esos chicos están desaparecidos. Caminar por ese cementerio es durísimo, hay tumbas que tienen hasta cuatro nombres; y dice ‘Soldado solo conocido por Dios’, cuando no se sabe si los que están ahí creían en Dios o no", aseguró Martín.
¿Cómo vivieron los padres la experiencia?
"Ellos se sienten orgullosos -dijo Alejo-. Nosotros no heredamos una causa, la tomamos como propia, hasta quizá tengamos distintos puntos de vista, pero la esencia es la misma. Estaban muy contentos porque desde el primer viaje que hicieron a Malvinas querían estar ahí con sus hijos, era fundamental para ellos hacer el viaje; y como para todo padre lo más importante es poder transmitirles a sus hijos sus valores. Y está claro que se logró".