miércoles, 16 octubre 2019
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Una mente en movimiento

Santiago Ricard Kin tiene 17 años y en poco tiempo ideó y fabricó una impresora 3D. Durante las largas horas en el taller, trabajó en cada detalle de una estructura que puede hacer distintos objetos en plástico.
«Desde el jardín de infantes ya me decía que cuando fuera grande quería ser tornero», recuerda José Luis sobre la clásica inquietud de la infancia, donde uno de los pasatiempos favoritos es jugar a «cuando sea grande». Es que el pequeño Santiago iba al taller de su padre a jugar, investigar, aprender, explorar y entretenerse. Como cualquier niño que juega a ser grande por un rato.
«Siempre me gustó hacer cosas, buscar qué podía hacer yo por mi cuenta y el año pasado se me ocurrió lo de la impresora 3D, era más que nada para darme un gusto y aprender a programar, a practicar con distintas cosas. Empecé en diciembre y tuve un parate entre el verano y el inicio de clases, pero después ya le dediqué mucho más tiempo y ahora está casi lista, solo me falta acomodar bien toda la parte electrónica», explica Santiago Ricard Kin, un adolescente de 17 años que cursa los últimos meses de su etapa secundaria en el Instituto Domingo Savio de Santa Rosa.
«Se pueden hacer muchas cosas en plástico, con calidad y con colores, un extrusor de la impresora va derritiendo el plástico y con tres movimientos vas formando la pieza que querés. La parte electrónica la compré en Buenos Aires, la estructura la hice toda yo excepto la chapa que la mandé a pedir. Fueron muchas horas de prueba y error, pero cuando veía que avanzaba y funcionaba me daba mucho impulso para seguir porque llega un momento en que ya la querés tener lista y en marcha para ver si responde».
Santiago habla en el taller de tornería de su padre José Luis, allí donde pasó incontables horas desde chico y en donde luce su creación, ya casi lista. Cuando las horas del colegio, sus clases de Inglés y los entrenamientos de handball en el club Médanos Verdes le dejan un espacio, se va rápido al galpón en el Parque Industrial y sigue trabajando en los detalles de una impresora que ofrece distintas posibilidades de invención.
«Lo que más trabajo da es el hecho de que quede todo exacto, no puede haber ningún desnivel ni nada que no sea al detalle. Mi papá me ayuda cuando se complica un poco y también Julio César Espinosa, que tiene su taller de electrónica acá al lado y siempre me dio su apoyo con ese tema del que él sabe muchísimo».
Santiago también reparte su tiempo en los planes del futuro en muy corto plazo: el año próximo emigrará a Buenos Aires para comenzar una carrera universitaria. «Voy a estudiar Ingeniería Biomédica, que entre otras cosas incluye las prótesis en la medicina, por eso la idea de hacer una impresora también fue para tener una base de programación y de la utilización de máquinas, está bueno porque así me voy metiendo en el tema y familiarizando con muchas cosas relacionadas a la carrera».
Santiago cuenta que la ingeniería biomédica se especializa, sobre todo, en el diseño y la fabricación de tecnologías y equipamientos sanitarios para uso médico «como las prótesis, dispositivos de diagnóstico y de terapia. También hay una parte muy interesante que es el cultivo de los tejidos. El otro día veía que ya se desarrolló el primer corazón con tejido humano hecho con tecnología 3D, que se hace sobre las células madre del paciente. Es muy interesante y hay mucho por trabajar y descubrir en la biomedicina así que eso me atrapa. Tengo muchas expectativas para cuando empiece la carrera».
Justamente esa carrera es considerada una de las que más proyección de futuro tiene y cuenta con una demanda muy grande ya que las profesiones basadas en el conocimiento científico están en pleno desarrollo y expansión. «Trabajar en la biomedicina te abre muchísimas posibilidades y eso es lo más interesante cuando pienso en mi futuro», se entusiasma el joven ‘inventor’.
¿Y qué fue lo que más te costó de tu impresora 3D?
«A mí me gusta mucho el hecho de armar y probar, puedo estar horas y horas, y por supuesto que hay cosas que me cuestan más que otras, pero lo más difícil fue ponerla en marcha y que cada pieza encaje al detalle. En eso hay que ser perfeccionista, no hay otra, por lo tanto te exige el máximo de esfuerzo y concentración porque si le errás en una cosita todo el resto del funcionamiento no es bueno».
Santiago también contó con la colaboración de un amigo «que es experto en computación y con él voy a programar, la intención es que me brinde unas ideas que me sirvan como base y después ya me largo solo hasta que la haga funcionar correctamente».
La impresora que creó Santiago requirió una inversión monetaria para comprar cada dispositivo, pero claramente el objetivo no es la búsqueda de un beneficio económico sino poder cumplir un desafío que siempre le interesó desde chico y que le servirá para cuando sea más grande.
«Está bueno poder hacer algo y que eso sirva, no importa la edad, el tema es dedicarle tiempo y no dejarse llevar por la frustración si algo no te sale o no funciona. Si le metés mucha prueba y error, estudiás, investigás, seguro te va a salir. En mi caso sé que todo este conocimiento y experiencia me va a servir, entonces la satisfacción es doble».