miércoles, 24 febrero 2021
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Fundadores y fundamentales en la saga arenera

Hubo en la historia de La Arena varias épocas, cada una de ellas marcada por una generación de periodistas. La primera época, que arranca con la fundación y la figura ineludible de Raúl D’Atri, se continúa hasta 1948 cuando el entonces director decide cerrar el diario ante las dificultades de supervivencia que significaba la cuotificación del papel dispuesta ese año.

El comienzo tuvo la impronta fundacional que le dio D’Atri y su lúcida mirada sobre los problemas de su tiempo que abordaba desde estas páginas con esa rara mezcla de ensayista y polemista que marcó a fuego a La Arena.

D’Atri se apoyaba en el trabajo de un grupo de colaboradores entre quienes se contaba, tempranamente, José Villarreal, un entonces joven periodista cuyo retorno a las páginas se produjo casi cuarenta años después escribiendo la recordada columna que firmaba “Jotavé” y en las que desplegó su enorme capacidad de análisis y de trabajo periodístico.

La segunda época, que se inició en 1957 fue, junto a la reaparición, la oportunidad para que una nueva camada de jóvenes periodistas se incorporaran a la tarea cotidiana de continuar la saga arenera que ya representaban Omar Maraschini y León Nicanoff.

La redacción contó entonces con Raulito D’Atri y Saúl Santesteban, hijo y yerno respectivamente de Don Raúl que hicieron el relevo en la dirección como codirectores de La Arena. Eran años de debate intenso, de agitación política, de proscripción, de golpes militares que amenazaban a las democracias condicionadas. Fueron años también de cárcel para Don Raúl, Omar, León y Saúl que conocieron en plena “democracia” la persecución que el Plan Conintes emprendió contra todo aquél sospechado de “comunista”.

La Arena sufrió en esos años atentados a balazos en su sede e incendiarios contra el auto de su fundador. Raulito pagaría también alto precio unos años después cuando otra dictadura, más sangrienta, lo encarceló tres años sin juez ni proceso. Poco antes, una bomba había destruido el edificio de la calle 25 de Mayo.

Nueva generación.

De esta lúcida y laboriosa nueva generación de periodistas que se forjó en la adversidad y en los difíciles años más oscuros, surgió la impronta moderna de La Arena. Fueron ellos los que convirtieron a La Arena en un formato tabloide y adoptaron tempranamente la impresión offset (La Arena fue el segundo diario del país con ese sistema).

Fue, puede decirse, la generación que inició una forma de hacer periodismo que hasta hoy perdura. Trabajar al lado de ellos era hacerlo en un taller de forja, en una escuela de periodismo práctico que daba clases en cada mesa, en cada ronda de mate, en cada discusión y que luego se ponía en acción. Había que escribir, editorializar y descubrir el lado periodístico de cada tema como Saúl, o preguntar y repreguntar como el “maestro” del reportaje Jorge Roo, o entender el deporte con una mirada distinta como lo hacía Lito Maldonado, o poner la cuota de humor que le daba en su Mundo 76 el recordado Julio Alvarez Murguiondo, o desplegar todo un arsenal filosófico aplicado el periodismo y a la idea de una sociedad mejor como lo sostenía en cada línea el genio de Raulito.

Heredera.

Quienes tuvieron el privilegio de formarse al lado de esa fauna autóctona de escritores y polemistas empedernidos que poblaron la redacción de La Arena en esa etapa que se extendió por tres décadas largas, pudieron decir luego que conocieron, se formaron y compartieron el trabajo periodístico con la generación fundamental en la formación del carácter de los hombres y mujeres de prensa de La Arena y de muchos otros medios a los que migraron.

La tercera generación, que hoy tiene en sus manos la tarea de continuar la edición de La Arena, es heredera de esa tradición de periodistas comprometidos con una forma de hacer periodismo que ya tiene una nueva camada de jóvenes pidiendo pista y preparándose para ser el relevo de la saga arenera.