miércoles, 24 febrero 2021
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Recordando al “Gringo” Maraschini

UNA RADIOGRAFIA DE UN HOMBRE CLAVE DEL PERIODISMO LOCAL

Por Saúl Hugo Santesteban

Esta nota se publicó en el suplemento de La Arena del Centenario de Santa Rosa en 1992.

La nota era un homenaje al amigo, al periodista, al político, al estudioso, al orador, al polemista, al hombre dinámico y sensible que fuera Omar Maraschini. Cinco años después, al repasar la colección de La Arena, en la página de la edición de aquel día ubicamos esas líneas. Por el recuerdo de la emoción que sentimos al teclearla, por los quilates del destinatario de la evocación, entendimos que no podía estar ausente de este

cuadernillo del Centenario, dedicado al periodismo santarroseño.

A veinte años de su partida súbita, de vez en cuando, todavía lo creemos ver y oir en la redacción. Sentado en una silla-butaca que ya no está, frente a una vieja máquina de escribir Remington que, como su propia figura, se diluye en el primer parpadeo. Es una escena que solo vemos con los ojos cerrados, acompañada del repiqueteo sobre el teclado. Es un martilleo que va del piano al forte como cuando, allá lejos, sonreíamos al adivinar, guiados por el ruido de los tipos contra el rodillo, lo picante de una noticia, de una nota, de un comentario. Y reíamos también por anticipado, imaginando el escozor que causaría en el destinatario del mandoble omariano.

Fueron diez años de trabajar juntos en ese parto difícil de alumbrar, todos los días, una nueva edición de La Arena. El diario era entonces una sola sala en la que, todo a la vez y desafiando las leyes de tiempo y espacio, funcionaban la redacción, la administración, la recepción de avisos, el armado tipográfico con sus “burros”, sus mesas y sus “formas”. Había, también, lugar para la vieja planta impresora. Su estruendoso traqueteo del primer tiraje de las seis de la tarde se metía por los oídos y hacía vibrar la caja craneana de los que, esperando turno para utilizar las dos únicas máquinas de escribir existentes, nos movíamos entre sillas y escritorios gastados y descoloridos, esquivando ”galeras”, muebles y objetos impregnados de negra tinta. En esa mezcla de fierros y de gente, todo apretujado como en un bazar de turco, había una privilegiada: la linotipo. Ocupaba, solita, toda una pieza de tres por tres. Era la única, la vieja modelo 3. Cuando se paraba por una emplomada o porque alguna pieza se rompía, temblábamos todos. ¡Cuántas veces una rotura malogró una edición! Tantas como la caída de una “forma”, que empastelaba tipos y líneas de plomo.

Periodistas y más…

Omar Maraschini, como muy pocos de los que aún quedamos de esas jornadas, fue un protagonista de esa época heroica. De periodismos sin horario ni límite al esfuerzo. De madrugadas con media edición por hacer. Y terminada la faena, prolongarla en la charla, que procuraba la distensión, en algún bar cercano. Y del madrugón a la mañana para ponerse al tanto de lo que traía el nuevo día. Y la sorpresa de una larga nota, con oportunas bajadas de caña, traída, tecleada y corregida (por Omar) a las diez de la mañana, o antes.

Lo conocimos, más que todo, periodista. Pero vaya si fue eso y mucho más. Político de laboriosidad como pocos, de hacer todo de la nada, de mantener viva la llama de su partido Socialista, presente semanalmente en no menos de dos o tres sustanciosas declaraciones sobre el tema y el problema lugareño, o del país, o del mundo. Y, también, dar a luz, quincenalmente, a esa hoja combativa, ejemplo de valentía, de honestidad política, de coraje cívico que fuera “Germinal”. Recordamos aún aquel artículo fogoso. Se titulaba “Conintes manda, el califa Sobremonte huye…”. Se refería a la razzia que al morir el año 60, perpetrara el frondicismo en esta tranquila Pampa. Nos tocó estar, como tantos otros, del lado de adentro de las rejas. Y desde la prisión sentimos y nos reconfortó su batallar por nuestra libertad, sus choques con algún coronel que se creía dueño de vidas y libertades, su protesta enérgica ante los tribunales, su llameante artículo en estas columnas.

Vino, como se esperaba, la reacción, Y no casualmente, Omar fue apresado por la policía un viernes y su humanidad fue a parar a la “piojera” de la vieja Seccional Primera de Pellegrini y Escalante. El juez, naturalmente, ni se molestó en habilitar horario. Era bueno para el juez y su grupo que Omar pagara la osadía, encerrado hasta el lunes. Una jugarreta que se repitió muchas veces, como cuando dos años después denunciara el escandaloso negociado de la venta de los terrenos con ramificaciones en la policía y el gobierno provincial; y, en 1965, cuando puso al descubierto maniobras de contrabando y de robos de automotores que, también, involucraban a capitostes de gobiernos de turno.

Preso político

Tuvo una prisión más larga en abril de 1962. Arrancado de su hogar a la madrugada, recaló en la Federal acusado de “comunista”; él, que tenía una militancia más que clara, definida e inconfundible. Y él, como otros también acusados de “comunistas”, en la sede de la Federal recibió la visita solidaria de quien entonces conducía el partido Comunista en la provincia (su compañero de tareas, León Nicanoff). ¡Las irrazonabilidades de la represión…!

Lo trasladaron, esposado y en avión, a Buenos Aires junto a otros cuatro militantes políticos pampeanos (Raúl I. D’Atri, Sergio Lino, Virgilio Crespo y Omar Rentero). Desde Coordinación Federal, donde fue recluido con más de un centenar de presos políticos provincianos, nos escribió varias cartas personales, que se ingenió para hacernos llegar. Las publicamos sin poner ni quitar coma. No queríamos tener el privilegio excluyente de acceder a esos himnos a la libertad, a la justicia, al derecho, a la dignidad humana. Más de una vez, cuando nuestro espíritu quiso flaquear ante alguna adversidad, encontramos nuevo aliento en la lectura de esas memorables piezas.

Pero Omar no restringió su solidaridad a quienes pensaban como él o parecido a él. Estuvo al lado de los perseguidos de una larga época. Eran tiempos en que las luchas obreras, políticas y estudiantiles, tenían la respuesta de las rejas. Santa Rosa, en esos años, se convirtió en la isla de If de la Argentina. Aquí cayeron por centenas, por miles, gremialistas y dirigentes anarquistas, peronistas, comunistas, socialistas y de otras tendencias progresistas. Fueron tiempos en los que Maraschini trabajó de sol a sol y de luna a luna. Interesándose por los presos, consiguiéndoles abogados de su partido, el Socialista, redactando y haciéndoles firmar recursos de hábeas corpus que con la presencia de un juez federal de entonces que tenía personalidad y autoridad, permitieron la libertad de los confinados.

Recordamos que una tarde, cansado tal vez de esa tarea y de la total indiferencia que esa presencia de “compañeros” entre rejas tenía en los cuadros y los abogados de uno de los partidos, nos llamó y nos encargó: “Che, flaco, andá y tratá de ver a los abogados peronistas, a ver si alguno quiere por lo menos firmar un recurso”. Cumplimos el pedido, pero cuando entrevistamos al quinto abogado desistimos. La invariable respuesta que obtuvimos fue: “mirá, vos sabés, eso de los recursos es malquistarse con los jueces, que después te fallan en contra, y así vas perdiendo clientes…”. Siguió entonces Omar con sus recursos, que firmaban abogados compañeros de su partido. Cacho o Lito. Y era tiempo en que en la U4 había gente importante en el peronismo, como Miguel, Rucci, Framini y muchos otros, encerrados por su lucha gremial o política.

Debates

Jovial, alegre, dinámico, por momentos parecía irascible. Pero se recomponía enseguida y aceptaba que con el mismo ardor y vehemencia que él ponía, le contestara su interlocutor. ¡Si habremos tenido discusiones ásperas! Que terminaban pronto, y, aunque no lo dijera, podía apreciarse que en su interior agradecía ese debate, a veces para convencerse más firmemente en lo que sostenía, otras para poner alguna atenuación.

No había problema que se le planteara, general o personal, que no estuviera dispuesto a aliviarlo, a superarlo. Se jugó muchas veces por cuestiones en las que su única parte era la amistad o la simple pero hermosa solidaridad que sintió hacia quienes veía víctimas de una injusticia. Se fue de esta vida con causas aún pendientes por desacato, con querellas criminales que le plantearan los oportunistas y los deshonestos llegados a la función pública. Pero tuvo, también, un reconocimiento póstumo cuando en primera instancia, los que él acusara a través de La Arena en el célebre “affaire” de los terrenos, fueron condenados a largas penas de prisión, aunque esas condenas fueron después atenuadas en la última instancia al entrar las causas en sede político-tribunalicia.

En más de una ocasión nos vimos tentados a proponer que ese homenaje popular que toda La Pampa aún le debe, quedara materializado en la imposición de su nombre a una calle, una plaza, un paseo. Fue una tentación fugaz, que se disipó cuando tantos otros cultores de la nada alcanzaron ese mismo derecho en una nomenclatura urbana que está esperando una seria revisión.

Su nombre estará desde hoy en la sala donde trabajamos cotidianamente. Omar estaba antes allí. Uno lo recuerda, lo tiene presente y, tantas veces, se inspira en lo que él diría y él haría cuando tratamos de abordar un tema periodístico difícil. Pero somos muy pocos sus contemporáneos en esta brega de formar e informar. Hay mucha gente nueva que debe, que tiene que saber quién fue Omar. Ojalá con estas líneas los más jóvenes puedan saber un poquito de él.