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​Caer y poder levantarse

PSICOLOGIA – LA ANGUSTIA DE UN MUNDO IMPREDECIBLE

Fuimos lo que otros escribieron en nosotros, y podríamos transitar la vida siendo portavoces de esos otros. O bien, podemos ver qué hacemos con ese texto, esas voces que nos habitan, para avanzar hacia ser nosotros mismos.

Ana Martín *

La angustia nos arrasa, convierte al tiempo en un presente continuo y a las decisiones en imperativos. Somos atravesados por afectos desmesurados, por una sensación de urgencia ante lo que se vive como peligro inminente. Se pierden las dimensiones de lo que entendemos como realidad compartida para hacer de nuestro mundo el imperio de lo fantasmagórico. Desorganizado y extremo, el cuerpo se vuelve anómico, pierde las regulaciones que construimos en nuestra manera de habitar el mundo, que ahora se ha vuelto impredecible.

​Lo escrito en nosotros.

No elegimos el lugar ni el tiempo en el que nacimos. Ni a nuestros padres, ni a la genética de la que somos portadores. Tampoco elegimos el sexo biológico, el ambiente socioeconómico, o las oportunidades que se nos brindan o de las que nos privan. Otros son los que nos sostuvieron, nos hablaron, nos condujeron. Nos apreciaron o nos depreciaron. Fuimos lo que otros escribieron en nosotros, y podríamos transitar la vida siendo portavoces de esos otros. O bien, podemos ver qué hacemos con ese texto, ese diagrama, esas voces que nos habitan, para avanzar hacia ser nosotros mismos.

Para ver qué hacemos con lo recibido, sea para reafirmarlo, arrojarlo o perforarlo. Cuando arbitro sobre lo recibido, tomo o dejo, subrayo o dejo desvanecer lo que otros hicieron conmigo, para ser una persona singular, con entonación propia, con trazo propio. Nadie sabe cómo debemos ser, pero sabemos que lo propio está por construir.

​Lo personal.

Si no pudiéramos innovar, elegir, la vida se volvería árida, con el peso de lo inmodificable, y daría lugar, antes o después, a reacciones como el resentimiento, la violencia más o menos contenida, a la depresión. Asumir la libertad es un trabajo sin cartografía que nos guíe, salvo nuestro sentir, o nuestras caídas, que dicen de lo que no hemos podido ver. Se pueden ver el accidente, el fracaso o la detención policial como una muestra de que hemos errado en un hacer que teme aventurarse en una búsqueda que podría alejarme de lo prefijado, de lo que otros esperan de mí. La caída puede ser iluminación, y puede ser leída como un síntoma de que hemos seguido derroteros ajenos.

Diego Maradona tuvo simpatía, encanto, y su maravilloso don para jugar al fútbol. Seguramente habrá mucho para decir de quien nos dejara hace poco, después de una vida que le permitió recibir honores de importantes personajes del mundo. Algo personal tuvo ese niño nacido en un barrio pobre para hacer ese camino tan deslumbrante como desordenado, desde la mirada convencional.

Como si en las convenciones pudiéramos encontrar nuestra verdad. O se pudiera encontrar allí algo de felicidad, que termina buscándose en la ruptura banal de los límites, en el consumo de sustancias, en transgresiones menores, como la de niñxs que desobedecen a sus padres. Sujetos al poder de los adultos, que burlan porque no los pueden superar. Como mujeres que depositaron en su pareja el gobierno de sus vidas, y quedaron a merced de las decisiones del otrx. Para ellxs, sólo quedan las transgresiones banales. No hay confort en andar perdido, conformándose con travesuras menores, de quienes no se atrevieron a tomarse en serio.

Tarde o temprano.

La sordera de Beethoven. El divorcio, la pérdida de un ser querido, el accidente que quebró la vida del deportista. El desamor o la traición del otrx. La pérdida de trabajo. La pandemia. Ahí puede aparecer la angustia que nos desgarra, frente a lo no anticipado. Porque se ha roto el libreto previo, y hay que ponerse a inventar. Cuando sobreviene el derrumbe de la vida prevista, y se sabe que ya nunca se volverá a ser como antes. El dolor humano y el riesgo de muerte nos igualan, y la cuestión ahora se va a debatir en otro terreno, en el de la propia capacidad para aceptar la realidad displacentera, hasta dramática, y ver cómo se sale de la conmoción. En medio del desastre, se podría ganar en sinceramiento.

Sin embargo, en medio de la tormenta, entre lo que se puede y posible, irán apareciendo algunos hilos para retomar. Quizás no los mismos que antes, pero aceptables y hasta interesantes, si somos flexibles para aceptar las nuevas condiciones. Habrá que poner en juego habilidades nuevas, quizás, que permitan que esa persona arrasada se reencuentre consigo misma. Para seguir siendo, pero de manera diferente.

La angustia y la verdad.

La verdad tiene que ver con la soledad que queda expuesta en la adversidad, cuando nos damos cuenta de que nadie está en el propio lugar. Nadie puede medir nuestro sufrimiento ni los recursos que cada unx dispone para seguir, para levantarse. Soledad que nos dice que somos únicxs, en nuestros talentos y en nuestros errores. En ese misterio que somos para nosotrxs podríamos encontrar los recursos para salir. Ese salir no significa que no habrá dolor, sino que el dolor puede conducirnos a otra verdad de nosotrxs mismos. Un lugar activo, más responsable de cada paso que damos. Para que esa vida que se salió de su cauce no se arruine, sino que se reconstruya sobre otras bases. Con menos prejuicios, con intereses nuevos, con decisiones demoradas que habiliten nuevos caminos. Escuchándonxs, atendiendo a las señales propias que indican el rumbo.

Lo que hacemos, somos.

Nos hacemos sujetxs cuando sabemos de nuestras propias sujeciones, convertidas en improntas que nos gobiernan. Revisarlas no es un trabajo confortable.

Todos conocemos a personas que han podido llevar vidas liberadas de situaciones dramáticas y que por esa misma razón, por estar demasiado protegidas, no pudieron salir de la postura de demanda hacia el otrx; no pudieron hacerse cargo de su propio poder. Un poder que parte, ante todo, de la convicción en la importancia de unx mismo.

Tras el enojo, y habiendo aceptado que las cosas cambiaron, se trata de superar la actitud de “no puedo”. Sabemos de nuestras llagas pero también de los pasos superadores que fuimos capaces de dar. De lo que nos hace felices. Apoyándonos en lo que vamos logrando, porque es desde ahí donde podemos afrontar lo adverso. Y habiendo asumido el privilegio de la búsqueda, que es tan imprevisible como infinita. Con el riesgo de errar, siempre.

Y entonces descubriremos que la libertad no reside en hacer trampa al amo, llámese padre, madre, policía o pareja. Tampoco en hacer los que nos viene en gana, sino que resulta de haber podido mirarnos con lucidez, y en la disposición a asumir la propia verdad y sus riesgos.

* Psicoanalista y escritora