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Acuerdo que selló paz y gestó guerra

El centenario del Tratado de Versalles que puso fin a la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial lleva a interrogarnos por una paz que se sella y a la vez gesta una próxima batalla mundial. El autor del artículo explica los pormenores de este acuerdo.
Fabio Alonso *
El 28 de junio se cumplieron 100 años del Tratado de Versalles que formalmente puso fin a la Gran Guerra, al menos con Alemania, una de las potencias involucradas. La conferencia de paz que se celebró en París a pedido de los franceses, negoció trabajosamente las condiciones de la posguerra y se siguió como criterio la firma de un tratado por cada uno de los países vencidos: Saint-Germain con Austria, Trianón con Hungría, Sèvres con Turquía y Neuilly con Bulgaria, entre 1919 y 1920. En todos ellos está presente el reparto de Europa con la quiebra de los imperios (alemán, austro-húngaro, turco-otomano) y la creación de nuevos Estados. Los turcos rechazarían el tratado apelando a las armas y recién en julio de 1923 se firmó el tratado final en Lausana con los representantes de la nueva Turquía. De todos ellos, el más importante fue el de Versalles.

Qué hacer con Alemania.
Los artífices del tratado fueron el presidente del consejo de Francia, el primer ministro de Gran Bretaña y el presidente de Estados Unidos, con alguna participación menor de Italia. El gran dilema a resolver era sobre la situación de Alemania, en tanto que su poderío había quedado casi intacto, por lo cual continuaba siendo el país más poderoso de Europa continental. Francia, representada por Georges Clemenceau, aspiraba a debilitarla (humillarla, desarmarla, privarla de territorios e incluso afectar su unidad como Estado, ocuparla militarmente, rodearla de enemigos poderosos) para que dejase de constituir un riesgo, una suerte de aniquilamiento sin sostener otra posición que no sea desde el revanchismo.
Gran Bretaña fue partidaria de una solución que resultara aceptable para la mayoría de los alemanes, en el sentido de no pensar en una nueva guerra para modificar tal estado de cosas. Para Lloyd George, una Alemania estabilizada constituía además, la mejor defensa contra la expansión de la revolución bolchevique, desatada desde octubre de 1917 en Rusia. Sin embargo, inestable en sus convicciones ideológicas, buscó la rapiña colonial y el aniquilamiento de la competidora de su país en el continente, muy a pesar de las recomendaciones de uno de los integrantes de la delegación británica, el economista John M. Keynes, que se opuso a esa «paz cartaginesa» que causaría inflación incontrolable y deseo de revancha de la afectada.
Frente a estas dos posiciones, el presidente Woodrow Wilson trató de mantener sus principios contenidos en las catorce propuestas (que en no pocos casos demostraban su poco conocimiento de los problemas europeos) dadas a conocer a principios de 1919, aunque su convencimiento respecto a la culpabilidad de Alemania dio por resultado un comportamiento generalmente hostil. Una y otra vez fue arrastrado a las pretensiones que unas veces sostenían los franceses y otras los británicos; solamente se mantuvo firme en la decisión de constituir la Sociedad de las Naciones (organismo internacional que permitiera en forma pacífica resolver los conflictos entre los distintos países) que contó con el apoyo de Gran Bretaña.
Detrás de estas posiciones está presente una circunstancia significativa que marcará todo el proceso de paz: no solo los políticos sino también los ciudadanos de la mayor parte de los países creían firmemente que habían intervenido en una lucha defensiva y por lo tanto, era unánime el convencimiento de que el culpable del conflicto era otro.

Balance de guerra.
Por ser Europa el escenario principal de los acontecimientos bélicos, los destrozos fueron allí mayores. Las pérdidas humanas fueron enormes; entre militares y civiles, 12 millones de personas. Si a estas cifras sumamos el déficit de nacimientos, el número se duplica. En 1920 Europa tenía la misma cantidad de habitantes que al principio del conflicto.
El impacto económico fue desde miles de hectáreas inservibles para el cultivo hasta una notable caída de la producción. Pero también fueron muy serias las implicancias financieras. Los gobiernos abandonaron el sistema monetario del patrón oro y financiaron el déficit presupuestario con emisión, impuestos y deuda pública. El resultado final fue explosivo: fuerte inflación de precios y depreciación monetaria, obligando a políticas de ajustes en 1921.
Las clases dirigentes salieron mal paradas ante las masas que les atribuían las responsabilidades del deterioro de la situación general. El primer lustro de la década del veinte sería de múltiples tensiones sociales y de agitación revolucionaria.
El impacto también fue inmenso y hasta contradictorio en los aspectos morales e intelectuales. Si por un lado surge una corriente pacifista, por otro tiene lugar una crisis de valores que sustentaba la civilización occidental. La belle epoque quedaba en la nostalgia y el racionalismo de finales del siglo XIX dio paso a lo irracional y a la acción revolucionaria.

Imposición de la paz.
El extenso documento, con algo más de 400 artículos, puede ser sintetizado a partir de los principales asuntos que intentó resolver: cuestiones de fronteras, el destino de las colonias alemanas, el desarme y las reparaciones. Los dos primeros pueden agruparse como «cláusulas territoriales» y comprendieron: 76 mil km2 menos de territorio (13%), donde vivían 6,5 millones de habitantes (10% de su población); Francia recuperaba Alsacia y Lorena y se creaba el «Pasillo Polaco» (un corredor territorial que permitía a la restaurada Polonia una salida soberana al mar Báltico pero dejaba aislada a Prusia oriental del resto de Alemania por vía terrestre); al importante puerto de Danzig, con mayoría de habitantes de lengua alemana y que era reclamado por Polonia, se le otorgó el status de ciudad libre, con administración autónoma y bajo el control de la Sociedad de Naciones; la cuenca carbonífera del Sarre pasó a ser administrada por la Sociedad de las Naciones y explotada económicamente por Francia durante 15 años; y finalmente, Alemania perdió todas sus posesiones coloniales, repartidas bajo el formato de «mandatos» de la Sociedad de las Naciones entre Gran Bretaña y Francia (Bélgica y Japón se anexionaron territorios más pequeños).
Las cláusulas militares incluyeron una drástica limitación de la armada (el grueso fue confiscado y confinado en una base británica) y el ejército (no más de 100 mil efectivos, sin tanques, ni aviones, ni artillería pesada); desmilitarización de la Renania y la ocupación temporal de la orilla occidental del Rin, con retiro de las tropas aliadas en forma escalonada en plazos que concluirían en 1935. Con ello se procuró evitar tentaciones belicistas.
Las cláusulas económicas incluyeron la controversia alrededor de las reparaciones. Si bien se estableció en Versalles que Alemania debía pagar por las pérdidas materiales en ocasión de la guerra, se postergó para más adelante el monto, la forma de pago y el reparto del dinero entre los países vencedores. En la conferencia de Spa (julio de 1920) se decidieron los porcentajes (52% para Francia, 22% para Inglaterra, 10% para Italia, 8% para Bélgica, entre otros países) y en la conferencia de Londres (abril de 1921) se fijó la fabulosa cifra de 140 mil millones de marcos-oro, pagaderos en los próximos 25 años.
Hay otras cláusulas relevantes. En términos políticos, Alemania no se le permitió ingresar en la Sociedad de las Naciones y se le prohibió la unión con Austria (Anschluss) con quien compartía lazos étnicos y lingüísticos. Una cláusula que podríamos considerar de alcance moral, obligaba a Alemania a reconocer su responsabilidad por la guerra: fue su agresión la que desencadenó el conflicto (una falsedad histórica).
Como ratificación de este estado de cosas, en la tarde del 28 de junio de 1919, el mismo día en que fue asesinado el heredero al trono del imperio austro-húngaro, en Sarajevo, episodio considerado la mecha que encendió la guerra en 1914, y en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, los representantes alemanes firmaron el tratado; en el mismo lugar en que se había firmado la derrota de Francia en la guerra contra Prusia, en 1871, e iniciado el II Reich alemán.

Una valoración.
De acuerdo con lo expresado, se advierten las dificultades de preservar la paz. Las negociaciones fueron largas y en ellas no participaron los perdedores. Alemania se negó a firmar el documento preliminar por considerar que estaban dados los elementos para su hundimiento aunque debió terminar acatándolo. Los gobiernos aliados la declararon como causante y responsable de las pérdidas y los daños sufridos; debió devolver Alsacia y Lorena a Francia, perdió las minas del Sarre, cedió territorios a Bélgica, Dinamarca y Polonia, así como dio por perdidas todas sus colonias y su ejército se limitaría a 100 mil soldados.
El modo en que fue pensada la paz y las discusiones posteriores sobre las reparaciones generaron protestas de Alemania y disputas entre los mismos aliados que contribuyeron a envenenar las relaciones europeas y a afectar la situación interna de la recientemente creada República de Weimar, sucesora del imperio alemán. Sería un ingrediente para alimentar la propaganda del nacionalsocialismo alemán.
El Tratado de Versalles fue una solución que no funcionó bien puesto que dejó abiertos tres procesos: el paramilitarismo de la posguerra que se manifestó en una violencia política sin precedentes; un contexto en que de la misma guerra se fraguara la revolución rusa, fenómeno que atemorizará a las clases dirigentes europeas y suscitará esperanza en las desposeídas; y la aparición del fascismo.
De Versalles quedaron varias secuelas, que veinte años después desencadenarán un conflicto de una magnitud inimaginable, ampliamente superior a la Gran Guerra. Al final, la supremacía política dejó de estar en manos de Europa occidental: Estados Unidos y la Unión Soviética rivalizarían durante la Guerra Fría.

* Doctor en Historia (UNLPam)